Luz del mundo: selección de Tablas de ‘Abdu’l-Bahá

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Él es Dios.

¡Oh Bashír-i-Iláhí! Tu carta era como un tesoro de poemas en glorificación y alabanza de la Bendita Belleza. Ha producido suma alegría y felicidad. Cada palabra de tu carta es un símbolo de música jubilosa: una palabra es la lira y el laúd; otra, los salmos de la Casa de David. Una palabra es la pandereta y el arpa; otra, pura poesía y canción. Es una sinfonía perfecta que hace que los oyentes retocen de arrobamiento y felicidad. Desde la distancia, tú tocas la melodía, y aquí Sus amantes se extasían de alegría.

Alabado sea Dios, pues tu carta evocaba la fragancia del almizcle y tus palabras eran dulces como la miel. Daba testimonio de la unidad y la armonía entre los amigos, que están todos y cada uno ocupados con entusiasmo y fervor, con unidad y concordia, en exaltar la Palabra de Dios, difundir Sus aromas y enseñar Su Causa, sin sentirse abrumados por la tristeza.

Se han recibido las cuatro páginas con la bendita caligrafía del Báb —que mi vida sea sacrificada por Él— que has presentado a ‘Abdu’l-Bahá como obsequio. Debido a ello, las paredes mismas resonaron con el himno de «¡Oh, dichosos, dichosos somos!», mientras ‘Abdu’l-Bahá escuchaba desde un rincón esas dulces melodías. ¡Bien hecho! ¡Bien hecho, por haber alegrado nuestros corazones con tan preciado regalo!

En cuanto a tu estancia en el Murgh-Maḥallih de Shimírán para un cambio de aires, ese es, ciertamente, un regalo divino. Ese lugar no es el hogar de meras aves, sino el nido del Fénix de Oriente y la morada del Ave mística del Monte sagrado. Pues allí, en esa campiña pura y santificada, la Bendita Belleza —que mi vida sea sacrificada por Sus amados— Se alojó durante todo un verano. Allí residió en el jardín de Ḥájí-Báqir, compuesto por tres bancales con vistas a un lago. Eso fue durante los primeros días de la Causa, cuando ese distrito se convirtió en el trono del Señor del Reino. Se levantó una gran plataforma de piedra en medio del lago, con una carpa en el centro y jardines por todo el alrededor. Allí se reunían unos ciento cincuenta amigos, y por las noches se elevaban himnos de alabanza al Concurso de lo alto. En verdad, esos eran tiempos maravillosos. La Bendita Belleza solía mencionar con frecuencia ese lugar.

Y ahora, da gracias a Dios por haberte conferido semejante morada, donde, en compañía de los amigos, te has ocupado en alabar y recordar al Señor incomparable, cantando con plena satisfacción y causando dicha y alegría a Sus amados. La Gloria de las Glorias sea contigo.