Luz del mundo: selección de Tablas de ‘Abdu’l-Bahá

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¡Oh Señor, mi Dios! Tú ves cómo el hijo de Maḥmúd ha sido sobrecogido por el temor y la consternación a manos de enemigos hostiles. Toda la inmensidad del mundo se le vino encima, pues le sobrevinieron múltiples calamidades y las adversidades se volvieron cada vez más duras. A tal punto se apoderó de él la oscuridad de la tiranía y la injusticia, de la crueldad y la iniquidad, que, incapaz de soportar la embestida de esas pruebas y tribulaciones, abandonó finalmente su casa y su hogar, y emigró a la Tierra Santa.

¡Oh Dios! Persia se ha convertido en la palestra de las huestes de la aflicción y la tiranía. La animosidad entre grupos rivales ha avivado las llamas de la injusticia y la rebelión en todo el país. No se encuentra a nadie ahí cuyo pecho no esté hendido por los dardos, cuyo corazón no esté herido por las lanzas. No hay nadie ahí cuyo cuerpo no haya caído sobre el polvo de la infamia y la degradación, debido a la creciente intensidad de la discordia y la contienda, y lo que las manos de los conspiradores malvados han llevado a cabo. Algunos tienden a lo correcto, otros se vuelven atrás, y aun otros se causan humillación y retribución a sí mismos. La gente se ha dividido y la congregación de los que estaban envueltos en velos se ha dispersado por no haber prestado oído a Su terminante decreto, y, sordos a cualquier consejo, se han arrojado a las profundidades del mar de la duda.

¡Oh Señor! Las tribulaciones han rodeado a todas las gentes. No hay nadie que pueda disiparlas salvo Tú y nadie que perdone nuestros pecados sino Tú mismo. Te imploro que resguardes a Tus amados y protejas a Tus escogidos del remolino de polvo que ha envuelto esa tierra. Te imploro, especialmente, que protejas a este devoto siervo Tuyo, Ja’far, que Te ha estado invocando fervientemente y suplicando con lágrimas ante Tu Rostro. Es indigente y ha puesto toda su fe y confianza en Ti. ¡Oh Señor! Alíviale de sus males y no dejes que se ahogue en el abismo más profundo de las tribulaciones ni en el océano insondable de las aflicciones. Confiérele Tus múltiples dones, descubre ante él Tus misterios ocultos y guárdalo de toda aflicción y pena, dentro de la fortaleza de Tu infalible protección. ¡Oh Dios! Ábrele las puertas de la alegría y la felicidad en esta maravillosa edad para que las verdades de Tu Causa desciendan en torrentes desde él sobre toda alma fervorosa y agradecida. ¡Oh Señor! Haz que su único objetivo, su solo propósito, sea difundir Tus dulces aromas entre la humanidad y esparcir Tu luz por todo el mundo. ¡Oh mi Señor compasivo! Tú eres, en verdad, el Dios de bondad, el Todopoderoso, el Todoglorioso, Quien siempre perdona.

¡Oh querido amigo! Tu carta, llena de suspiros de pena, se leyó con sumo pesar. Ciertamente, has afrontado serias dificultades y has sobrellevado adversidades extremas. Pero este año de grandes calamidades ha envuelto a toda Persia; es más, ha abarcado a todo el mundo. Como dice el poeta: «No hay espina que no haya sido teñida de carmesí con la sangre de los mártires».

‘Abdu’l-Bahá ha sido también tu socio y compañero a este respecto. En París, mientras que, por un lado, cada una de las almas nobles trajo alegría a nuestros corazones, por otro, surgieron grandes dificultades como resultado de los ataques de personas mezquinas. En Londres, algunos sacerdotes lanzaron tales agravios contra nosotros que es imposible describirlos. Si leyeras el Churchman, sabrías las cosas que han acontecido. Pero ‘Abdu’l-Bahá no presta atención alguna a ninguna tribulación, dificultad o adversidad. Al contrario, en ocasiones considera la adversidad como una dádiva misma. Durante cuarenta años, la ciudad prisión de ‘Akká fue para él un paraíso celestial, y veía los primeros días de ese encarcelamiento —que fueron los más duros— como un jardín de rosas.

Tú también debes ser mi compañero y no abandonar la palestra ante las aflicciones y las calamidades. No solo debes evitar quejarte, sino que, al contrario, debes ser agradecido. Un día, en Bagdad, la Bendita Belleza —que mi alma sea ofrecida en aras de Sus siervos— recitó este poema, dirigiéndose a nosotros:

O bien no hables más del amor, o conténtate con lo que ha sido ordenado. Así lo ha decretado Mi mandato, y así es Mi ley y Mi camino.

En ese instante, ‘Abdu’l-Bahá comprendió lo que se esperaba de él.

Y ahora, mediante Sus infinitos favores, espero que vuelvan de nuevo días dulces como la miel. No te apenes, ni te entristezcas, ni te lamentes. «Renuncia a toda queja y apacienta la grey». Mi deseo para ti es que, mediante el favor de la Bendita Belleza, alcances serenidad de corazón y de alma. La Gloria de las Glorias sea contigo.