Luz del mundo: selección de Tablas de ‘Abdu’l-Bahá
28
Él es Dios.
¡Oh queridos amigos de ‘Abdu’l-Bahá! Después de visitar el Umbral Sagrado y el Centro alrededor del cual gira en adoración el Concurso de lo alto, Jináb-i-Fárúqí vino a quedarse con ‘Abdu’l-Bahá y fue su compañero durante unos días. Se encontraba en un estado de súplica al Reino de Abhá y de ferviente adoración al Concurso de lo alto. Recordaba a los amigos de Dios, uno por uno, y con el corazón dolorido y los ojos llenos de lágrimas pedía que se escribiera una carta especial dirigida a cada uno de ellos.
Pero ‘Abdu’l-Bahá no tiene un momento de calma ni un instante de descanso; no tiene tiempo libre en absoluto. Aunque dividiera su tiempo en minutos y fracciones, y dedicara cada uno de ellos a comunicarse y mantener correspondencia con un grupo distinto, aun así sería incapaz de realizarlo. ¡Alabado sea Dios! Los creyentes de Oriente y Occidente están creciendo como las olas del mar, y se requiere por lo menos diez contingentes de secretarios para contestar sus cartas de manera adecuada. En consecuencia, por desgracia, no es posible satisfacer plenamente el deseo de todos y cada uno de los peregrinos. Por consiguiente, me siento avergonzado y lleno de turbación y rubor, y me pregunto con qué lengua puedo expresar mi disculpa a Jináb-i-Fárúqí. No he encontrado otro recurso que escribir una carta detallada a todos los amigos, de manera colectiva, para que puedan hacerse copias de ella y entregarse a cada uno de los creyentes. No hay más remedio que conformarse. Hay un proverbio bien conocido que dice: «La parte da testimonio del todo, y la gota habla del estanque».
Y ahora, en estos días en los que el Fuego ardiente del Señor ha incendiado al mundo, cuando la luz de Su gloria resplandeciente ha iluminado a Oriente y Occidente, cuando la influencia penetrante de Su Palabra ha deslumbrado a todas las mentes y la Causa de Dios ha adquirido tal predominio que no deja lugar para el peligro ni razón para temer, los querellantes han aprovechado la oportunidad para entrar a la palestra. Aquellos que hasta ahora habían permanecido callados en su rincón del olvido, aquellos murciélagos asustados que, desde los púlpitos de Iṣfahán y Teherán, renegaron de su fe en el Báb ―que mi vida sea sacrificada por Él―, han salido ahora a toda prisa para reivindicar su supremacía. Furtivamente, han convencido de sus demandas a unos cuantos negligentes y han esparcido las semillas de la duda. Ahora están acosando a una y a otra persona con el máximo sigilo, ya sea para desviarla del camino recto o para perjudicarla de alguna otra forma.
Tanto amigos como extraños saben que, durante los días de peligro, el cabecilla de esas gentes recorría la región vestido de derviche y deambulaba, cuenco en mano, mendigando «limosnas por amor a Dios». Tras el episodio de Ṣádiq y Náṣiri’d-Dín Sháh, abandonó a los creyentes del distrito de Núr a la amenaza de la espada y las cadenas, y huyó de inmediato a esconderse en Mázindarán y Gílán. Se ató un cordón alrededor de la cabeza, se vistió de derviche y, bajo el nombre de «Darvísh-’Alí», vagó por las llanuras y montañas hasta que la Bendita Belleza fue desterrada a Iraq. Entonces siguió a Bahá’u’lláh hasta Bagdad y se puso al amparo de Su protección, aunque todavía en la clandestinidad y miserablemente temeroso de todos.
Posteriormente, la Bendita Belleza partió hacia el Kurdistán. Los primeros creyentes de Iraq y Persia saben todos muy bien que, durante la ausencia del Más Grande Nombre, Mírzá Yaḥyá deambuló, disfrazado, por las regiones de Súqu’sh-Shuyúkh y Basora, bajo el nombre de Ḥájí ‘Alí. Llevaba consigo algunas zapatillas árabes y, por ese motivo, se le conoció como Ḥájí ‘Alí, el vendedor de zapatos. Más adelante, se dirigió a Najaf, compró algunas sedas y se le conoció como el comerciante de sedas. Incluso se vestía con atuendos árabes y dejó de usar su nombre persa. Durante los dos años de ausencia de la Bendita Belleza, la Causa de Dios quedó sin nombre ni fama.
Después del martirio del Báb, y durante la ausencia del Deseado, esa persona impúdica emprendió una acción tan vergonzosa que hubiera sido repugnante incluso para el consabido Ghayúr de Bagdad. Es decir, tras el martirio del Báb, se desposó con la esposa del Exaltado, la Madre de los Fieles, matrimonio que, de acuerdo con Su declaración explícita, les había sido prohibido a todos. Y, por si esa deshonra no fuera suficiente, cuando no resultó de su agrado, ofreció a esa honorable dama —la hermana de Mullá Rajab-’Alí y esposa del Báb― a Siyyid Muḥammad-i-Iṣfahání. Tal era el alcance de sus empeños, su alarde de dominio, poder y fama: ocuparse día y noche en multiplicar el número de sus esposas. Incluso hizo traer a la hermana de su propia esposa, Ruqíyyih Khánum, de Mázindarán, y la desposó también, con lo cual estuvo «casado con dos hermanas al mismo tiempo». También tomó como esposa a la hermana de Mírzá Naṣru’lláh-i-Tafrishí. La madre de Mírzá Aḥmad se contaba, asimismo, entre sus esposas legítimas, y también contrajo matrimonio con la hija de un árabe, con lo cual transgredió los límites impuestos por el texto inequívoco del Bayán. Estos son sus numerosos matrimonios en Bagdad solamente y no incluyen los de Teherán y Mázindarán. Si investigáis el asunto, se os hará clara y evidente la verdad de este poema: «Fue una verdadera calamidad, ese cazador que pasó por nuestra arboleda». No nos explayaremos más sobre este tema. La cuestión es, simplemente, que ese «parangón de castidad» llevó a cabo actos que son contrarios al Texto explícito revelado por el Señor Misericordioso, y pasó sus días y sus noches en esas vanas ocupaciones.
¡Dios bendito! ¿De qué forma ayudó a la Fe durante ese tiempo? ¿Cómo sirvió a la Causa del Más Exaltado? ¿Hay alguien que pueda afirmar que él le haya enseñado la Fe? ¿Acaso pudo guiar a una sola alma durante sus cuarenta años en Chipre? Al contrario: fue incapaz de educar siquiera a sus propios hijos. ¿Puede concebirse mayor incapacidad que esta? «Invocan, en vez de a Dios, a lo que ni les daña ni les beneficia. ¡Qué pésimo patrono y qué pésimo compañero!».
Cuando la Bendita Belleza regresó del Kurdistán, solo permanecía en Persia un pequeño grupo de creyentes, y los que estaban en Iraq se encontraban desanimados y habían caído en la apatía. No se oía ni un murmullo en ninguna parte, ni un solo sonido. Los creyentes que había todavía presentes se hallaban en las profundidades del recelo, el temor y el abatimiento. No obstante, cuando llegó a Bagdad, el Más Grande Nombre abrió las puertas de par en par y emitió un llamamiento universal. Se elevó el llamado de Dios y la fama de Su Causa fue difundida por doquier. Día y noche, los dirigentes y los sabios de entre todas las gentes llegaban a Su santa presencia. El flujo de preguntas y respuestas era constante, y todos y cada uno daban testimonio de la suficiencia de Sus contestaciones.
Como resultado, el temor y el espanto hizo que Náṣiri’d-Dín Sháh se volviera impaciente e inquieto. Recurrió a toda medida y escribió una carta de su propio puño y letra al sultán ‘Abdu’l-’Azíz, pidiendo el exilio de la Bendita Belleza más lejos de Bagdad. Argumentaba que Persia se encontraba en peligro, que el gobierno estaba sumamente alarmado y que, a la postre, ambos gobiernos se verían perjudicados. En consecuencia, ‘Abdu’l-’Azíz dictó su decreto para la partida de la Bendita Belleza. No obstante, a pesar de estar sometido al destierro y al exilio, Bahá’u’lláh Se trasladó con sumo dominio al jardín de Najíb Páshá donde, por espacio de doce días, la Causa de Dios fue exaltada a tal grado que el gobernador, Námiq Páshá, todos los altos oficiales del ejército y de la provincia, los dignatarios religiosos del país y las personas destacadas de la nación vinieron día y noche a visitarlo. Y todo ello a pesar del hecho de que, en apariencia, Él era un exiliado. No obstante, la penetrante influencia de la Causa de Dios, la sublimidad de Su Palabra y la difusión de las fragancias divinas fueron tales que esos pocos días transcurrieron en medio de un intenso júbilo y deleite, y se inauguró la Festividad del Riḍván. Después, Bahá’u’lláh partió con suma majestad, y todas las gentes de Iraq dan fe y testimonio de ello.
Por el contrario, ese «dechado de castidad», vestido de derviche y acompañado por un árabe llamado Ẓáhir, consideró en una época trasladarse a la India y, en otra, viajar a las regiones de Egipto. Finalmente envió un mensaje que decía: «Tengo miedo de quedarme aquí después de vuestra partida, así que iré a Mosul cuanto antes y esperaré allí vuestra llegada». En esos días se rumoreaba que la Bendita Belleza y el grupo de Sus seguidores iban a ser entregados a las autoridades persas en Karkúk, una ciudad situada entre Mosul y Bagdad, cerca de la frontera con Persia. Por eso dijo que se uniría a nosotros en Mosul, porque suponía que lo que fuera a ocurrir tendría lugar antes de nuestra llegada a esa ciudad.
Cuando llegamos a Mosul, se alzó una carpa en las orillas del Tigris, donde los dignatarios de la ciudad, los funcionarios y otras personas acudían a Su bendita presencia por decenas. Una noche, el susodicho árabe, Ẓáhir, llegó y dijo que el individuo en cuestión se alojaba en una posada fuera de la ciudad y deseaba encontrarse con alguien. Mi tío, Mírzá Músá, fue a verlo a media noche. Mírzá Yaḥyá preguntó por su propia familia y se le informó que se encontraban entre los compañeros y que tenían su propia carpa, y que él podía unírseles si lo deseaba. Respondió: «No me parece en absoluto aconsejable hacer eso, pero hay una caravana que partirá al mismo tiempo que la vuestra y yo estaré entre ese grupo». De esta manera llegó a Díyár-Bakr, con un cordón negro atado alrededor de la cabeza y un cuenco de mendigo en la mano, asociándose únicamente con los árabes y los turcos de la caravana. En Díyár-Bakr envió un mensaje, diciendo: «Pasaré las noches con mi familia y volveré a mi caravana por las mañanas». Y así lo hizo. Debido a que Ḥájí Siyyid Muḥammad lo conocía de antes, lo reconoció al verlo y lo visitó, diciendo que era un derviche persa y un conocido de él. Pero como los demás amigos no habían visto a Mírzá Yaḥyá con anterioridad, no lo reconocieron al principio.
Y así fue, hasta que surgió un desacuerdo entre él y Siyyid Muḥammad. En esa coyuntura, el «dechado de castidad» fue a ver a los creyentes que todavía están con nosotros y se quejó de Siyyid Muḥammad. Cuando Siyyid Muḥammad llegó a la presencia de Bahá’u’lláh, dijo: «No estoy de acuerdo con él sobre una cuestión en concreto. Dice que un Espejo siempre derrama luz, y yo digo que es posible que un Espejo se nuble; reluce mientras está dirigido hacia el Sol, pero en el momento en que se vuelve en otra dirección, se oscurece». La Bendita Belleza reprendió al Siyyid y le dijo: «¿Por qué disputas y peleas, y causas conflicto en la compañía de los amigos?».
Más adelante, la comitiva de Bahá’u’lláh llegó con suma dignidad a la Sede del Trono Real, y Él obró con gloria suprema. El Más Grande Nombre no se reunió con ninguno de los ministros ni representantes, ni les prestó la menor atención.
Esta biblioteca bahá'í es una iniciativa promovida y guiada por la Asamblea Espiritual Nacional de los bahá'ís de España.
Si tienes cualquier comentario puedes ponerte en contacto con nosotros rellenando .
Para saber más de la fe bahá'í en el mundo puedes visitar https://www.bahai.org/es/.
Si quieres saber más sobre la fe bahá'í en tu país, puedes encontrar una lista de páginas web de comunidades nacionales https://www.bahai.org/es/national-communities/.
Buscar en este libro
Escribe una palabra para buscar en este libro.