Luz del mundo: selección de Tablas de ‘Abdu’l-Bahá

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Él es Dios.

¡Oh dos siervas de Bahá! La Antigua Belleza, el Más Grande Nombre —que mi vida, mi alma y lo más hondo de mi ser sean ofrecidos en aras de Sus restos sagrados— estuvo sobrecargado de sufrimientos a cada aliento. En una época, fue cautivo de implacables crueldades, en otra, el blanco de los dardos de la aflicción. En una época, fue un errante en las planicies de Badasht y, en otra, sufrió las adversidades de Níyálá. Hubo un momento en que estuvo sujeto a cadenas y grilletes, y atribulado por grandes sufrimientos en Ámul; hubo otro en que tuvo por compañeros a Sus enemigos más infames y crueles. Durante el día, estuvo asediado por la pena y la tristeza en Karbilá; por la noche, yacía en los brazos de la aflicción, en el campo de la adversidad. Un día, encadenado, descalzo y con la cabeza descubierta, fue conducido desde Shimírán hasta Teherán. Allí permaneció encarcelado durante cuatro meses bajo el peso de hierros y grilletes, y amenazado a cada instante con espadas y saetas. En otra época, fue exiliado a Iraq; y aún en otra, recorrió los páramos del Kurdistán, donde las aves del aire y las bestias del campo eran Su única compañía. Durante largos años, estuvo asediado desde todos lados por el ataque de Sus enemigos en Bagdad, y rodeado por las dificultades y calamidades más terribles. Cada día trajo consigo una nueva adversidad, y cada anochecer, una penosa calamidad. No descansó ni un solo momento; no encontró reposo ni un solo segundo. Entonces fue exiliado a la Gran Ciudad y atravesado por los dardos de la burda calumnia. Hombres de elevado rango y prestigio se levantaron, todos y cada uno, para denigrarlo, mientras los gobernantes de las naciones procuraban Su extinción. Por lo cual, Lo desterraron a la Tierra del Misterio, donde Lo sumergieron en terribles adversidades y nefastas tribulaciones.

Entonces, aquel a quien Él había criado desde su tierna infancia en Su propio regazo y con amorosa bondad, aquel sobre quien había derramado en cada momento Su tierno cuidado, se alzó contra Él con odio desenfrenado y Lo atacó como un tropel de calamidades. Mírzá Yaḥyá intentó incluso derramar la sangre sagrada de la Antigua Belleza y, como una víbora venenosa, punzó el cuerpo bendito de Bahá’u’lláh. Luego empezó a gemir y a dolerse, y elevó el llanto de los oprimidos diciendo ser una víctima inocente y alegando que había sido gravemente perjudicado. Se lamentó y gimoteó, suspiró y se quejó. Y, al igual que los hermanos envidiosos, arrojó al José del Egipto de la Existencia a las profundidades de un pozo oscuro. Entonces elevó un clamor lastimero, sollozó y lloró, y puso de manifiesto el versículo «Al anochecer se presentaron ante su padre llorando». Luego empezó a asociarse con los que se habían distanciado y se convirtió en hombre de confianza de los enemigos. Acusó a la Belleza Incomparable de haber cometido maldad y sedición, e hizo circular panfletos de textos falsificados entre los maliciosos. Todo ello con el fin de extinguir el cirio de la Compañía de lo alto, relegar al olvido las Enseñanzas celestiales, convertir en noche la Mañana de la Unicidad divina y hacer que se pusiera el Sol de la Verdad, que fueran anulados los versículos de la guía, y malograda la mesa del banquete de la Alianza Eterna.

Así llegó el encarcelamiento en la Más Grande Prisión y sobrevino la cruel adversidad. El Agraviado de los mundos cayó presa de los perversos y fue víctima de nuevas pruebas y aflicciones a cada momento. Se cerraron todas las puertas y se obstruyeron todos los caminos. Como lluvias incesantes, los dardos de la tiranía descendieron sobre Él desde todas las regiones y las huestes terrenales desenvainaron las espadas de la iniquidad ante Su luminoso y etéreo Ser. En resumen, a cada momento fue acosado por la crueldad de un adversario caprichoso, y a cada instante, afligido y oprimido por un nuevo pesar, hasta que finalmente Su Semblante fue velado del horizonte del mundo y resplandeció en el firmamento de Aquel que no ocupa lugar. Y ahora, desde el horizonte de ese Reino, contempla cómo las huestes de este mundo inferior han lanzado su ataque sobre Su siervo solitario y una marea creciente de tribulaciones ha sumergido a Su esclavo desamparado. Juro por Su exaltada Esencia que los ojos del Concurso de lo alto lloran con gran llanto, y el lamento de los moradores del Reino de Abhá ha conmovido a las realidades de la tierra y del cielo. Pues las pruebas que han afligido a este siervo son innumerables, como vosotras mismas sabéis y dais fe.

No dejéis que vuestros corazones se entristezcan por esta calamidad, ni que se apenen debido a esta aflicción que ha sobrevenido. Fijad vuestros corazones en la misericordia y la amorosa bondad de la Belleza de Abhá ―que mi vida, mi alma y lo más hondo de mi ser sean ofrecidos en aras de Sus amados―. Alegraos con Sus buenas nuevas y regocijaos con Sus múltiples favores. El océano de Sus favores es ilimitado y las dulces fragancias de Su generosidad se difunden por doquier. El ojo de Su tierna misericordia vigila a todos y Su gracia desbordante es conferida a todos, especialmente a vosotras que sois remanentes del Rey de los Mártires y víctimas de la opresión en el sendero del Todopoderoso. La mirada de Su amorosa bondad se dirige especialmente hacia vosotras y el resplandor de Su especial generosidad se derrama sobre vosotras. Por lo tanto, dad gracias al Amado por haber sido favorecidas con estas bendiciones y haber sido receptoras de semejante misericordia. La gloria de Dios sea con vosotras, oh descendientes del Rey de los Mártires.