Luz del mundo: selección de Tablas de ‘Abdu’l-Bahá

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Él es Dios.

¡Oh vástago de un querido amigo! Tu carta se recibió en Alejandría. Hacía tiempo que no se tenían noticias, por lo que trajo felicidad y alegría.

Durante cuarenta y tres años, ‘Abdu’l-Bahá estuvo prisionero en la ciudad de ‘Akká, y durante ese tiempo dirigió los asuntos de tal manera que hasta los extraños reconocían que, en todas las condiciones, estaban en consonancia con el beneplácito del Señor inigualable. Su amor, afecto, cuidado y consideración por cada alma eran tales que todos los pueblos y linajes se maravillaban por ello; todos y cada uno mostraban sumo respeto y veneración.

En los comienzos, el decreto del inicuo soberano era sumamente severo y sometió a Bahá’u’lláh a un cautiverio tan estricto que incluso yo tenía negado el acceso a Su bendita Presencia. Es más, la Antigua Belleza había de estar confinado, solo y abandonado, y permanecer bajo estrecha vigilancia día y noche. A pesar de ello, la conducta de ‘Abdu’l-Bahá fue tal que finalmente el pabellón de la Bendita Belleza fue elevado sobre el Monte Carmelo con la máxima potestad y majestad, y Su bendita Persona fue a residir fuera de la ciudadela de ‘Akká y vivió con gran poderío y honor en la única mansión de esa región, completamente aislado de todos los demás.

De hecho, el gobernador de ‘Akká me persiguió sin descanso durante cinco años, implorando permiso para alcanzar Su santa Presencia, pero la Bendita Belleza no daba Su conformidad para que lo hiciera. Un día, este siervo se puso en camino para visitar a Bahá’u’lláh, y comenzó a andar desde ‘Akká hacia la Mansión. Todos los funcionarios e incluso el propio gobernador me acompañaron a pie. Se daba el caso de que el gobernador, Abáẓih Páshá, era un hombre robusto y corpulento. Empezó a sudar profusamente conforme caminábamos, y en ese estado se encontraba cuando llegamos a la Mansión. La Bendita Belleza —que mi vida sea ofrecida en aras de Sus amados— ni siquiera Se dignó a preguntar por ellos.

Hubo un tiempo en que otro gobernador se alzó con hostilidad en contra de nosotros y se puso del lado de la comisión del gobierno. Ese gobernador instigó a una persona a enviar secretamente un documento que contenía extrañas alegaciones contra nosotros a la corte real, la cual devolvió después el documento y ordenó una investigación. Seguidamente, el gobernador y la delegación redactaron un informe en términos muy duros, poniendo de manifiesto una gran enemistad y odio hacia nosotros. Sin embargo, este siervo ignoró al gobernador y a la delegación. A tal punto llegaba nuestra influencia, como es sabido por amigos y extraños por igual.

Ahora nuestros supuestos amigos han llevado la situación a tal punto que debemos ser tolerantes incluso con un funcionario de rango inferior. Han llevado su adulación a tales extremos que se ha hecho necesario que malgastemos todo nuestro tiempo y empleemos día y noche refutando sus calumnias. Estos amigos están constantemente buscando todos los medios a su alcance para lanzar graves difamaciones contra ‘Abdu’l-Bahá, para que quizás sea expulsado de la ciudad de ‘Akká y puedan así obtener una extensa palestra en la que espolear sus corceles.

Sin embargo, yo mismo, por mi propia voluntad, he emprendido un viaje a esta tierra y he dejado la palestra en sus manos, para que se haga patente que, incluso en mi ausencia, no son ni jamás serán capaces de dar un paso, por insignificante que sea, excepto para lisonjear a una persona u otra. Aunque el ruiseñor abandonara el rosedal, el cuervo y la corneja seguirían sin adquirir encanto alguno.

En resumen, ahora estamos ocupados en el servicio al Umbral Sagrado en este país, y abrigamos la esperanza de que este viaje dé frutos y que podamos avanzar y esforzarnos en el campo de la servidumbre. Orad fervientemente y suplicad con lágrimas a Su Reino de santidad para que, sumiso ante el Umbral de Bahá, este siervo sea absuelto de la vergüenza, aunque sea levemente. Por ventura, Dios mediante, pueda ser ayudado bondadosamente a obtener una gota del océano de la servidumbre, pues hasta ahora no ha conseguido otra cosa que pesares. Si es el beneplácito de Dios, quizás le sean concedidas la ayuda y la confirmación del Reino de Abhá en los días por venir, y se cumpla esta gran esperanza, aunque sea en pequeña medida.

Alabado sea Dios, ya que tú, hijo de una persona favorecida en el Umbral del Señor, te sientes atraído al Reino de Abhá. Si tus negocios te traen de viaje por estas regiones, quizás podamos vernos tranquilamente en este extenso territorio.

Has escrito sobre las reuniones de los amigos que se celebran cada domingo para leer los versículos sagrados y recitar oraciones. Esto ha producido inmensa alegría y regocijo a mi corazón.

Transmite mis saludos de Abhá a tu madre, la humilde y muy favorecida sierva de Dios, y a tus hermanos. Transmite asimismo mis afectuosos saludos a Jináb-i-’Abdu’l-Mihdí —con él sea la Gloria de Dios, el Más Glorioso—. Comunícale mi cariñoso afecto y dile de mi parte: «El clamor y el tumulto que ha levantado ese hombre furtivo tiene menos importancia que el zumbido de una mosca. Tú bien conoces la causa principal de la vergüenza y la humillación que ha escogido para sí mismo. Que aquellos que le precedieron en siglos pasados le sirvan de lección. Mas, ¡qué pena, qué pena! ¡Cómo les han cegado los velos de la tiranía! Dentro de poco se verán condenados al fracaso absoluto. Sin duda, esta es la verdad, y más allá de la verdad no hay otra cosa más que lamentable error».

Esa persona ya vio cómo los cabecillas destacados del pasado cayeron en la ruina a consecuencia de su desviación, y el estado de fracaso absoluto al que fueron reducidos. A pesar de ello, no se corrigió; continúa persiguiendo esas vanas acciones. Después del advenimiento del Espíritu, aparecieron individuos como Arrio, que tenía un millón de seguidores. Estas personas luego desaparecieron sin dejar rastro, y no queda de ellas señal alguna. La gloria de Dios sea contigo.