Luz del mundo: selección de Tablas de ‘Abdu’l-Bahá

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Él es el Todoglorioso.

¡Oh verdaderos amigos! Las cartas que habéis escrito, las páginas que habéis redactado y los nombres que habéis mencionado se recibieron en la Tierra Santa; todas han sido leídas con atención y se ha constatado su agradable contenido.

Alabado sea Dios ya que, mediante la gracia y el favor de la Antigua Belleza —que mi vida sea ofrecida en aras de Sus amados—, bajo el estandarte de la Alianza se han reunido siervos que han perfumado el mundo con los suaves aromas esparcidos desde el jardín de sus corazones, y han inundado el dominio de los esplendores con la luz que irradian sus rostros. Son las manifestaciones de las múltiples bendiciones del Señor sempiterno y los exponentes de las señales y muestras del Gran Anuncio. Son los puntos de amanecer de las estrellas de la guía y las auroras de los misterios de la amorosa bondad, los dulces aromas de los rosedales de la Unidad Divina y las fragancias de las praderas de Unicidad, las montañas inamovibles de la Alianza y el Testamento, y los manantiales de las mansas aguas de la alegría y la certeza, los árboles fértiles del paraíso de la fe y las aves de santidad que vuelan por encima de los campos del entendimiento, las lámparas brillantes en la asamblea de los misterios divinos y las encarnaciones de la pureza en las reuniones de los virtuosos. Están bondadosamente asistidos por las huestes del Reino de Abhá y favorecidos con la asistencia de los ángeles del Concurso celestial.

¡Oh amados de la Belleza de Abhá! ¡Oh amigos del Señor Todopoderoso! Desatad vuestras lenguas para agradecer este don supremo y rendid alabanzas al Señor inigualable por haber sido escogidos para esta gracia y favor, y contados entre aquellos que han alcanzado las cimas de la servidumbre. Ceñíos los lomos del esfuerzo y entrad en el círculo de los ángeles del paraíso de la Unicidad, para que así, en las orillas del Más Grande Océano, podáis reunir a los peces que tienen sed de los mares del conocimiento divino y, en los campos de la unidad, atrapar a las gacelas que buscan las praderas de la realidad, de modo que, mediante la ayuda y generosidad infalibles del Señor, reunáis a todas las naciones al amparo de la Palabra de la Unicidad; para que las fragancias de Dios se esparzan por el Oriente y el Occidente y las fuerzas magnéticas del Todomisericordioso pongan al mundo del ser en movimiento; para que se pongan de manifiesto los misterios de este Ciclo santo, se revelen las señales de la Dispensación del Más Grande Nombre, sea fecundado el jardín del mundo y el vergel de la creación produzca frutos exquisitos; para que sea encendido el cirio de la Unidad Divina, las limitaciones contingentes sean consumidas con una sola llama del Fuego ardiente del Señor, brillen las luces de la guía y desaparezca por completo la oscuridad de la ignorancia y la ceguera.

Cuando Cristo remontó el vuelo hacia los dominios ilimitados, dejó tras de Sí once discípulos. A medida que estos, con ojos que ven y oídos que oyen, con lengua elocuente y determinación inquebrantable, se levantaron para magnificar la Palabra de Dios, progresaron hasta tal punto que cada uno de ellos se convirtió en un árbol «cuya raíz es firme y cuyas ramas están en el cielo, y da su fruto en cada época». Simón Cefas, que era la luna brillante en medio de esas estrellas de guía, no era en apariencia más que un pescador del Mar de Galilea. Y, con todo, puesto que se dispuso con resolución firme y máxima energía a esparcir las señales de Dios y a reunir a los virtuosos, la luz de su servidumbre brilló con tal resplandor en el horizonte de la existencia que incluso el Sol y la Luna se quedaron anonadados y, cual polillas, giraron alrededor de ese cirio resplandeciente.

Ahora, después de Su ascensión, la Antigua Belleza —que mi vida sea ofrecida por Su Más Grande Nombre— dejó tras de Sí unos cincuenta mil creyentes en este mundo pasajero. Los educó, a todos y cada uno de ellos, con los suaves aromas de la santidad, abrió ante ellos las puertas de múltiples bendiciones, los crio en el seno de Su amorosa bondad y les enseñó las lecciones del espíritu en la escuela de la percepción. ¿No sería lamentable si nos quedáramos sentados, desalentados, y permaneciéramos perdidos y abrumados, si prefiriéramos el camino del bienestar y el reposo, y buscáramos estar libres de preocupaciones? ¡Eso no es fidelidad! ¡Eso no es sinceridad! ¡Ese no es el camino de la guía!

Dentro de poco nuestros días llegarán a su fin, y las aves de los campos cantarán el cántico de la partida. Dentro de poco se apagará la lámpara de la salud, prevalecerá la oscuridad de la muerte y amanecerá la radiante mañana de la vida por venir. Así pues, esforcémonos con afán sincero por llegar al Reino celestial con rostros resplandecientes y, en el Dominio de la Gloria, ser admitidos en el círculo de quienes han permanecido firmes y constantes. Considerad el fuego de guía que prendieron once almas en las cimas del mundo cuando soportaron todo tipo de aflicciones y pruebas, y se levantaron con alma y corazón. Por tanto, si nosotros nos levantáramos como debiéramos, armados con las confirmaciones prometidas del Reino de Abhá, ¡qué esplendores se manifestarían y qué resultados se derivarían! Juro por la Belleza del Todo Alabado, por Su estandarte izado y por Su sombra protectora, que se prendería tal incendio en el corazón del mundo que derretiría las rocas y los terrones mismos de tierra.

¡Oh amigos, haced un portentoso esfuerzo! ¡Oh amados, levantaos y poneos en movimiento! No os ocupéis con los cuentos y los relatos de quienes titubean en la Alianza, pues no son más que sueños confusos y palabras ociosas e infantiles. ¡Hablad de los que son constantes y seguid el camino de los que se mantienen decididamente firmes!

Acata el deber de largos años de amor y cuenta el relato de felices tiempos pasados.