Luz del mundo: selección de Tablas de ‘Abdu’l-Bahá
3
Dios es el Todoglorioso.
¡Oh verdaderos amigos y amados de Dios! El Cirio brilla resplandeciente y el siglo de la Belleza de Abhá es como un rosedal en flor. Ha despuntado el alba del Reino de Abhá y los astros del Concurso celestial resplandecen luminosos. Soplan las suaves brisas de las praderas del Señor y se difunden las dulces fragancias de los jardines de la santidad. Se elevan por doquier los acordes celestiales del Reino de la gloria y el llamamiento de la Compañía de lo alto llega a los oídos de todo ser humilde. El Sol de la generosidad divina ha salido con todo su esplendor y el Astro de la gracia de Dios vierte su resplandor sobre todas las regiones. Las innumerables dádivas del Más Grande Nombre ―que mi vida sea ofrendada por Sus amados― lo abarcan todo, y la mesa del banquete del Señor está extendida por toda la tierra. Ciertamente, estas bendiciones os rodean por todos lados.
Contemplad, pues, qué diadema de munificencia adorna vuestras cabezas y qué manto real atavía vuestros seres. Considerad qué ojos de misericordia velan por vosotros y qué miradas de merced están puestas en vosotros. Por lo tanto, no os entristezcáis por la crueldad de las gentes del mundo ni os apenéis por las implacables pruebas, pues todas ellas os sobrevienen en el sendero de la Antigua Belleza; todo ello lo sufrís por amor al Más Grande Nombre. Estas tribulaciones son generosos dones y estas aflicciones no son sino múltiples dádivas. Este cautiverio es realeza, y esta prisión, un noble palacio. Esta acusación y condena es alabanza y elogio, y esta cadena, un collar de soberanía que abarca el mundo entero. Estos cepos y grilletes son el adorno de los pies de todo afortunado, estas ataduras y cadenas son la más elevada esperanza del pueblo de la gloria, y estas cuchillas y espadas, el máximo deseo de los amantes de la Belleza resplandeciente.
Piensa en cómo el sagrado pecho del Exaltado ―que mi vida sea sacrificada por Él― fue convertido en el blanco de cien mil balas, y cómo el cuerpo santo de Quddús —que mi vida sea ofrendada por él― fue despedazado. Piensa en el suplicio de las cadenas y los grilletes que pesaron sobre el bendito cuello del Más Grande Nombre ―que mi alma sea sacrificada por Sus amados― y cómo fue llevado en esa condición, con la cabeza descubierta y los pies descalzos, por todo el camino desde Níyávarán a Teherán. Muchas pruebas recayeron sobre esa Sagrada Belleza durante casi cincuenta años, pruebas ante cuya mención tiembla la pluma. La primera fue el exilio de Persia; la segunda, el destierro de Iraq a la capital otomana; el tercero, el exilio desde esa ciudad a la Turquía europea y Bulgaria; y la cuarta, el destierro de la Belleza del Más Misericordioso a las profundidades de la Más Grande Prisión. Durante ese período Le acaecieron también un sinfín de otras tribulaciones desde dentro y desde fuera.
Trae al recuerdo, asimismo, al Bábu’l-Báb ―que las almas de los favorecidos del Señor sean ofrendadas por él— y considera qué pruebas y tribulaciones sufrió ese cirio luminoso y astro radiante, y qué calamidades padeció en el sendero de Dios. Considera cómo, en el fuerte de la adversidad, bebió finalmente la copa rebosante del martirio, y los agravios que fueron infligidos sobre sus parientes.
Recuerda también a esas otras almas benditas que eran como lámparas encendidas para este mundo, como estrellas brillantes entre los hijos de los hombres, como rayos resplandecientes y astros luminosos. Todos y cada uno de ellos se sacrificaron y brillaron con intensidad en el camino de la Bendita Belleza. Sufrieron cautiverio y padecieron severa persecución, saqueo y expoliación, y fueron encerrados en prisiones y mazmorras hasta que, con la sumisión más absoluta, bebieron finalmente el sorbo del martirio.
Por tanto, es claro y evidente que las pruebas soportadas en el sendero del Amigo son el deseo ardiente de quienes están cerca de Él, que las penalidades sufridas por amor al Señor son el único anhelo de los moradores de los dominios de lo alto. Aunque en apariencia son veneno, en realidad son pura miel. Y, aunque amargas a los labios de quienes vacilan, son dulces como el azúcar para quienes se mantienen firmes. Por lo tanto, en gratitud por semejante merced, en agradecimiento por las aflicciones y pruebas que habéis padecido en el sendero del Amado incomparable, os incumbe levantaros con tal entusiasmo y fervor que deslumbren las mentes de todos los que habitan la Tierra. La gloria de Dios sea con todos y cada uno de vosotros, oh amados del Señor.
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