Luz del mundo: selección de Tablas de ‘Abdu’l-Bahá

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Él es el Todoglorioso.

¡Glorificado eres, oh Dios! La menor de las señales de Tu Reino está, en todas las condiciones, muy por encima de cualquier descripción y alabanza; y cada una de las realidades de Tu dominio se encuentra más allá de los más elevados elogios de las gentes del mundo; pues la esencia misma del recuerdo está completamente alejada de Aquel que es recordado y la realidad íntima de toda alabanza permanece velada de Aquel que es alabado. Las señales de Tu dominio, en su esencia misma, están inmensurablemente por encima de la estimación de los exponentes de la alabanza y más allá de la comprensión de quienes están dotados de entendimiento. Los sabios más eminentes han reconocido su fracaso a este respecto y han admitido que sus mentes solo pueden concebir aquello que está dentro de la medida de la capacidad humana y es acorde a la potencia de las aves del pensamiento mortal en su vuelo hacia las alturas del conocimiento.

¡Oh mi Dios! Con tan clara y evidente impotencia, tan obvia y manifiesta pobreza a la hora de reconocer la menor de las señales de Tu dominio en el mundo de la creación, ¿cómo puedo desatar mi lengua para hacer mención de Tus atributos y proclamar Tus virtudes? ¿Cómo puedo expresar Tu alabanza y celebrar Tu gloria en Tu presencia? ¿Cómo puedo ensalzar las evidencias del ser y las realidades de la existencia que se encuentran en el mundo de las alusiones y en el dominio de la creación?

No tengo otro recurso que proclamar: «¡Bendito y santificado eres Tú! ¡Inmensurablemente elevado, exaltado y glorificado eres Tú!», e implorar perdón por esta falta y transgresión mía, que me ha llenado de vergüenza ante Tus amados. Pues proclamar Tu santidad y sacralidad equivale a aventurarse a describirte y, como tal, es una clara transgresión, un error vergonzoso y palpable.

¡Oh Señor! ¡Oh Señor! Te imploro por las Manos de Tu Causa, las Auroras de Tu recuerdo y los Puntos de Amanecer de Tu mandamiento, y por la caída de las estrellas y los candentes meteoros que llueven sobre aquellos que niegan Tu Causa manifiesta y se desvían de Tu recto Sendero, que asistas a Tus amados que son firmes en Tu Alianza y Testamento y constantes en Tu amor y Tu recuerdo. Ayúdales a alcanzar todo el bien que has ordenado en Tu Reino todoglorioso. Tú eres, en verdad, el Poderoso, el Potente.

Hemos leído lo que escribió Jináb-i-Ismu’lláh. Preguntaba sobre las provisiones para el viaje al Reino divino y el sustento espiritual para el mundo venidero. Como bien sabes, en este día, esas provisiones consisten en ayudar a las almas débiles a volverse firmes y constantes en la Alianza, difundir las fragancias divinas, proteger el baluarte de la Causa de Dios y preservar los rasgos distintivos de Su religión. Pues en el Reino de Abhá no hay mayor don que este, y entre el Concurso de lo alto no hay ofrenda más maravillosa. Por lo tanto, te incumbe esforzarte al máximo, día y noche, por llevar a cabo esta importante tarea, de modo que no se produzca ninguna brecha en la unidad de la Palabra de Dios y no surjan divisiones en esta poderosa Alianza y este vinculante Testamento. ¡Ay de aquellos cuyos pies resbalen y cuyos corazones vacilen!

La mayor aspiración y el deseo más elevado de este siervo siempre ha sido que todos nos reunamos al abrigo de la Palabra de la Unicidad, olvidados por completo de toda vana imaginación; que no busquemos más que Su Semblante, no persigamos otra cosa que Su morada y comulguemos solo con Él. Ojalá podamos, en verdad, sacrificar nuestras vidas completamente por Él, entregarnos en Su sendero y esforzarnos por esparcir por doquier los dulces aromas del Amado.

Durante muchos años, Bahá’u’lláh alimentó a estos siervos en el seno de Su amorosa bondad, y nos formó y educó mediante Su compasión e indefectible generosidad. Igual que un Maestro tierno y amoroso, nos enseñó ―a Sus hijos― los requisitos de la cortesía. En la escuela de Dios, nos instruyó para que, tras la ascensión de Su radiante Belleza, nos levantáramos a seguir el ejemplo de los fieles y nos esforzáramos por servir a la Causa de Dios y glorificar Su Palabra. Nos prometió Sus confirmaciones y nos dio la certeza de Su ayuda, diciendo: «En verdad, os vemos desde Nuestro dominio de gloria, y ayudaremos a quienquiera que se levante por el triunfo de Nuestra Causa con las huestes del Concurso de lo Alto y una compañía de Nuestros ángeles predilectos».

Alabanzas y gracias sean dadas al Señor incomparable, Quien ha cumplido Sus promesas y ha hecho efectivo todo lo que había predicho. Ha allanado todo camino abrupto y accidentado y ha alisado todo sendero pedregoso. Ha abierto los portales de la victoria y nos ha agraciado con los suaves perfumes del Espíritu Santo. Las huestes de Su Reino todo glorioso han arremetido y las incontables legiones de Su Compañía de lo alto han descendido con sus espadas desenvainadas. Ha dispersado los ejércitos de Sus adversarios y ha vencido a las legiones de Sus enemigos. Asimismo, ha manifestado las señales de Su poder en todas partes del mundo y ha revelado Su poderosa Causa en todos los países. Las melodías de Su santidad han resonado en Europa, y las señales y muestras de Su Revelación se han hecho visibles a búlgaros y eslavos. En América, Su lámpara ha derramado su luz sobre la noche oscura y ha guiado a las almas de todos los lugares. La fama de Su majestad se ha difundido por todos los rincones de Persia, y Sus siervos en Teherán han llegado a ser realmente venerados a un grado que no tiene comparación con tiempos pasados.

En estos días, en la Gran Ciudad, Él ha frustrado a los defensores del Malvado y ha expuesto sus maldades ante todos. Ha extinguido por completo ese fuego y ha borrado de la memoria sus embustes. De hecho, la reunión de los peores malhechores y más fieros calumniadores de la Bendita Belleza en ese notable lugar, sus esfuerzos incesantes por llevar a la ruina a la Causa de Dios por todos los medios, y su recurso a toda suerte de murmuraciones e intrigas supuso un grave peligro para la Causa y provocó un doloroso agravio contra los amados de Dios. Se habían comprometido firmemente, todos y cada uno de ellos, a sumir a esta tierra en el caos. Por intermedio de Jamálu’d-Dín-i-Afghání, se habían infiltrado en todos los círculos ministeriales. Con el apoyo de esa persona, incluso habían obtenido acceso a la casa real. El yerno de Yaḥyá llegó a ser el secretario personal de Jamálu’d-Dín, y Shaykh Aḥmad se encontraba entre los miembros permanentes de su círculo. Profirieron toda calumnia posible y emplearon toda medida posible para derribar el Edificio Divino y perjudicar a estos exiliados.

Depositando toda nuestra confianza en Dios, nos asimos a la cuerda de la resignación y, con corazones santificados, nos aferramos tenazmente a la paciencia. Finalmente, emergió una mano del Reino invisible y rasgó los velos de la hipocresía y la decepción de esa banda de difamadores. Sus maldades se hicieron patentes, y su sedición, claramente manifiesta. Su sarta de iniquidades fue puesta al descubierto, y fueron afligidos con la retribución que tal comportamiento conlleva. Cayeron en manos de la justicia y fueron enviados a Persia. Tened cuidado, no sea que la gente corriente malinterprete este asunto.

La cuestión es que, después de Su ascensión, la Antigua Belleza ayudó bondadosamente a Su bendita Causa cien veces más y otorgó confirmaciones divinas a estos desamparados. ¡Toda alabanza y gloria, toda honra y reverencia sean para semejante Señor!

En breve, el mayor anhelo de este siervo es alcanzar esta sublime aspiración, que es servir a la Causa de Dios. Jamás he acariciado un deseo propio, ni considero que tengo existencia alguna ante las señales de Su Unicidad. Pero aspiro a salvaguardar el baluarte inexpugnable de Su refulgente Causa. Me intranquiliza cualquier corrupción del Texto, cualquier interpretación falsa, toda discordia y división, no sea que dentro de mil años surjan esas cuestiones de nuevo y causen una brecha en la verdadera Fe de Dios. Pues semejante condición destruiría los cimientos mismos y derribaría por completo la base del Edificio Divino. Todos y cada uno de nosotros quedaríamos despojados y desesperanzados, proscritos y condenados. Tan grande sería la dispersión de la reunión de los amigos y la desbandada de la compañía de los creyentes que cada uno de ellos estaría perdido y olvidado en el desierto de la perdición. Nada quedaría del Templo de la Causa de Dios más que un nombre insignificante en las historias comunes. Por lo tanto, debemos emplear todas nuestras energías en mantener inexpugnable el baluarte de la Causa, y sus cimientos, intactos.

Has escrito acerca de la celebración de reuniones con motivo del Día de la Alianza. No puede concebirse nada más grande, más potente ni más trascendental que la Alianza de Dios y Su Testamento. Jamás ha ocurrido cosa igual en las Dispensaciones del pasado; es decir, que se haya revelado de manera tan clara un texto explícito, en lenguaje tan inequívoco, como el del Libro Más Sagrado, un cuarto de siglo antes de la ascensión de su Autor; que la Antigua Belleza haya cultivado y educado a todos Sus amados mediante esta gracia divina; que después haya establecido firmemente, con Su Sublime Pluma, esta poderosa Alianza con ellos; y que haya mencionado esta Alianza en todos Sus Libros y Sus Tablas, alentando y alabando a aquellos que se atienen firmemente a ella y rechazando a aquellos que la violan. ¿Por qué medio puede asegurarse aquel que deje de aferrarse a esta firme cuerda y a este poderoso vínculo? Todas las cadenas y ligaduras del mundo serían incapaces de sujetarlo.

Si fuera tu deseo facilitar los medios para asegurar una adhesión más firme a la Alianza, recopila las palabras y los versículos que han sido revelados en todas las Tablas divinas sobre el tema de la Alianza y el Testamento y, después de leer el Libro de la Alianza en esa reunión, recita esos versículos, para que se haga evidente el rango de quienes son firmes y el de quienes titubean. Este asunto tiene más importancia que todos los demás.