Luz del mundo: selección de Tablas de ‘Abdu’l-Bahá

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¡Glorificado eres Tú, oh Señor mi Dios, mi Dueño y mi Gobernante! Tú me ves, víctima de cada tribulación, blanco de toda vara, expuesto a cada lanza. No transcurre un solo día en que no se desenvainen las espadas contra mí y se arrojen uno tras otro los dardos de la aflicción al pecho de este siervo Tuyo, que permanece pobre y desolado entre Tu creación. Y aun así, Tú ves cómo mi corazón se llena de alegría con los alientos de Tu santidad, cómo mi alma está arrobada con las señales de Tu unicidad, cómo mis ojos se consuelan con la contemplación de Tus luces y cómo se regocija mi espíritu con las suaves brisas que soplan desde las praderas de Tu amorosa bondad. Hago caso omiso a esas varas y lanzas, y no me perturba ninguna otra cosa. Más bien, me aferro al borde de la paciencia, me visto con la armadura de la súplica ferviente y, con las lágrimas que derramo noche y día, apago la llama devoradora encendida por las manos de los malhechores.

Asísteme con Tu gracia fortalecedora, oh mi Dios, para servirte entre los virtuosos. Ayúdame bondadosamente a prestar servicio a los piadosos y concede que pueda ofrecer mi alma en aras de los leales entre Tus siervos. Mediante Tus múltiples favores, permíteme, oh mi Señor, gozar de comunión íntima contigo, y ten misericordia de mí mediante Tu bondadosa gracia. Mantenme a salvo dentro de la fortaleza de Tu cuidado y Tu protección, y resguárdame de los ataques de los enemigos, ya sean lanzados en forma abierta o encubierta. Haz que exprese Tu alabanza entre Tus amados y permíteme ser un signo de misericordia entre las gentes. Ayúdame, oh Señor, a servir a Tus amados en todas las regiones. Tu eres, verdaderamente, el Generosísimo, el Todopoderoso y, verdaderamente, Tú eres el Compasivo, el Más Misericordioso.

¡Oh amigos leales de ‘Abdu’l-Bahá! En esta nueva primavera, el Astro luminoso brilló desde el punto vernal del ecuador, difundiendo su esplendor sobre el mundo y confiriendo mediante su luz y calor una nueva gracia y un poderoso espíritu a todas las regiones. Por medio de ese calor y esa luz, se generaron energía y vitalidad en las venas y los nervios del mundo, fue engendrada una nueva creación y se infundió en ella un espíritu nuevo. Al agotado esqueleto del mundo le fue conferida nueva vida y el cuerpo exánime de la existencia fue revivificado y dotado de bendiciones ilimitadas. Amaneció una maravillosa Dispensación, se engendró una nueva creación y se cumplió el versículo «y soplé en él Mi espíritu». El mundo del ser fue adornado y el universo fue iluminado con la aurora de esa Luz manifiesta. Aparecieron señales de vida y crecimiento en todas las cosas creadas y se hicieron visibles grandes avances en todos los seres.

Aquellos que juzgan con equidad reconocen que el siglo XIX fue la era de la luz y el orgullo de todas las edades. Las señales de progreso se hicieron evidentes en cada faceta de la existencia, de tal modo que equivalió a otros cien. De hecho, los logros de ese siglo por sí solo fueron mayores que los de los cincuenta siglos que lo precedieron. Es decir, si reunierais las obras, los inventos y las maravillas de los cinco mil años anteriores, no tendrían ninguna comparación con los de esta era celestial y este siglo divino. Las hazañas y los descubrimientos de esos cincuenta siglos, sus ciencias e invenciones, sus logros y maravillas, no pueden compararse con los de este único siglo.

¡Ved, pues, cómo las señales de la revelación del Sol de la Verdad están presentes y manifiestas en todas las cosas creadas! Y, aun así, los ignorantes y los desatentos están sumidos en un letargo interminable. Permanecen totalmente inconscientes de la causa de este crecimiento y desarrollo, y de la fuente de este progreso inconmensurable. No saben de este Astro cuya aurora ha marcado el comienzo de esta primavera divina, ni de las nubes cuyas efusiones han producido estos favores ilimitados. Ven el movimiento, pero no reflexionan sobre su fuerza motriz. Reconocen la belleza frondosa de la estación vernal, pero desatienden por completo las infinitas efusiones de gracia en la primavera espiritual. Ven el polvo que se levanta, pero no distinguen al jinete que cabalga veloz. Observan las imponentes velas, pero no perciben el embate de los vientos que impulsan el navío. Escuchan la Canción celestial, pero permanecen ajenos al Ruiseñor Místico. Observan el oleaje, pero son ciegos al océano ilimitado. Se deleitan con frutos frescos y exquisitos, pero desconocen el Árbol de los misterios. Perciben el fulgor de la lámpara, pero son inconscientes de la deslumbrante luz de su interior. En cualquier caso, nuestra esperanza es que las gentes despierten de su letargo, se embriaguen con este vino selecto y, mediante su energía, cobren conciencia.

¡Oh amigos de Dios! Vosotros estáis verdaderamente intoxicados con el vino de la fidelidad; vosotros sois en verdad las huestes victoriosas del Concurso de lo alto. Os habéis dispersado por todas partes y estáis asistidos por el poder de la Palabra de Dios, que todo lo penetra. Vosotros sois el medio para la vivificación de las gentes del mundo y estáis a la cabeza de las filas de Sus verdaderos amantes. Sois los guías que conducen al camino de la salvación, y vuestros corazones están unidos a Sus claras muestras y señales.

¡Oh amigos! Alabado sea Dios, por cuanto el estandarte de la Unidad Divina ha sido izado en todos los países y la melodía del Reino de Abhá se ha elevado en todos los lugares. El Serafín santo del Concurso de lo alto está exclamando «¡Yá Bahá’u’l-Abhá!» en el corazón mismo del mundo y la energía de la Palabra de Dios está insuflando verdadera vida en el cuerpo de la existencia.

Por lo tanto, oh amigos leales, os incumbe a todos sumaros a ‘Abdu’l-Bahá en abnegación y servicio a la Causa de Dios y en servidumbre a Su Umbral divino. Si recibís ayuda para alcanzar esta bendición suprema, en poco tiempo el mundo entero será beneficiario de los radiantes esplendores de Dios, y la tan deseada unicidad de la humanidad será revelada con suma belleza y encanto en el corazón mismo del mundo. ¡Este es el más caro deseo de ‘Abdu’l-Bahá! ¡Este es el mayor anhelo de los que son leales! La Gloria de las Glorias sea con vosotros.