Luz del mundo: selección de Tablas de ‘Abdu’l-Bahá

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Él es Dios.

¡Oh siervo de Bahá! ¿Qué habrá de contar mi pluma? ¿Qué discurriré? Desde los primeros días de la Causa, la Antigua Belleza, el Más Grande Nombre ―que mi vida sea ofrecida en aras de Sus amados― sentó los cimientos de la Alianza y el Testamento sobre una base firme, inamovible e inexpugnable, e hizo de este noble edificio de la Alianza el palacio del Todomisericordioso.

Quien juzgue con un poco de equidad reconocerá que, desde los albores del mundo hasta esta Dispensación divina, nunca antes se ha establecido semejante Alianza y Testamento en las cumbres de los dominios de lo alto o en el corazón mismo del Reino de Abhá. Desde la primera aparición del Fuego resplandeciente en el Sinaí hasta la puesta del Sol luminoso de la Belleza Exaltada, no se ha revelado Texto Sagrado alguno que, ya sea explícita o implícitamente, no haya hecho mención de esta Alianza Eterna y este Antiguo Testamento, no haya alabado y encomiado a quienes se han asido firmemente a ella, y no haya censurado y advertido a aquellos que vacilan y la violan.

Luego Bahá’u’lláh, con Su propia Pluma y trazando con Su propia mano palabras gloriosas en páginas blancas como la nieve, hizo una Alianza con todas las cosas creadas, visibles e invisibles, y la llamó «El Libro de Mi Alianza», y puso en él por escrito estas palabras: «La Voluntad del Testador divino es esta…». ¡Hay que ser justo en el juicio! Fijaos con qué cuidado procedió la Bendita Belleza. Incluso en el Kitáb-i-Aqdas, que ha abrogado a todos los demás Libros sagrados, Él ha expuesto este tema en lenguaje lúcido y explícito, y no mediante alusiones o términos simbólicos, y lo ha detallado, en numerosas ocasiones, con suma autoridad y fuerza. Por lo cual, vergüenza debe darles a aquellos necios a causa de quienes se nos ha convertido en el blanco de vanas fantasías y ociosas imaginaciones; es más, hemos sido atravesados por las lanzas y los dardos de sus dudas.

Sin embargo, has de saber esto: la lámpara de Dios se encenderá y Su estrella brillante resplandecerá sobre la asamblea de la humanidad. Las olas de Su océano se levantarán y rugirá el leviatán del mar celestial. El pájaro cantor del rosedal de Bahá gorjeará con feliz embeleso y el ruiseñor del jardín del Señor trinará su canción eterna. El oído atento, en sintonía con el canto del ruiseñor, escuchará entonces el llamado divino que proclama: «¡Glorificado sea el Señor! ¡Este es el cantor de Mi paraíso! ¡Este es el ruiseñor de Mi rosedal! ¡Este es el cirio de Mis mundos!». La gloria de Dios sea contigo.