Luz del mundo: selección de Tablas de ‘Abdu’l-Bahá

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Él es Dios.

¡Oh siervo del único Dios verdadero! En ciclos pasados, aunque las señales del poder de Dios y la verdad de Su Causa eran claras y manifiestas, sin embargo, en apariencia las pruebas divinas eran severas y los ignorantes encontraron motivos para vacilar; pues el Sol de la Verdad brillaba desde detrás de tenues nubes, ya que, de acuerdo con los términos explícitos y decisivos del Texto Santo, el advenimiento del Prometido estaba supeditado a ciertas condiciones. Y como las personas corrientes, al interpretar esos Textos conforme a sus significados literales, los encontraron contrarios a su propio entendimiento, permanecieron velados y excluidos.

Por ejemplo, el advenimiento del Prometido Qá’im estaba condicionado a la aparición del Dajjál, de Sufyání, del estandarte invencible y de la espada desenvainada, y de una clara soberanía; a la presencia previa de los Siete Machos Cabríos y la huida de los dignatarios y líderes religiosos desde todos los rincones del mundo a la Kaaba; a la aparición de señales asombrosas, la victoria del Oriente sobre el Occidente, la sumisión de todos los pueblos, la matanza de los teólogos y el girar de las ruedas de los siete molinos con la sangre derramada de aquellos ignorantes.

Asimismo, en el Evangelio se exponen de manera explícita las condiciones del advenimiento del Prometido. Estas incluyen el oscurecimiento del Sol, el eclipse de la Luna, la caída de las estrellas, el temblor de la Tierra, la sacudida de las montañas, el llanto y lamento de las tribus de la Tierra, el advenimiento del Prometido sobre densas nubes, el descenso del concurso de los ángeles, el toque de trompeta, la llamada del clarín y cosas semejantes. Así pues, en apariencia, los que no llegaron a reconocerlo tenían una excusa.

De igual modo, el advenimiento de la Gran Resurrección estaba condicionado al temblor de la Tierra, el resurgimiento de las tumbas, la salida de los muertos de sus sepulcros, el oscurecimiento del Sol, la partición de la Luna, la dispersión de las estrellas, la reducción de las montañas a polvo, la reunión de las bestias, la hendidura de los cielos, la apertura del Camino Recto, el establecimiento de la Balanza, la congregación de los cuerpos, el flamear del fuego más profundo, la ornamentación del Paraíso y la aparición de las doncellas y jóvenes del cielo, los frutos selectos y las Doncellas del Cielo «a las que no habrá tocado hombre ni espíritu».

Con todo ello se quiere decir que la Resurrección estaba condicionada a la aparición de todas esas señales. El Báb —que mi vida sea sacrificada por Él— ha dicho que todos estos acontecimientos trascendentales, y la Gran Resurrección misma, sucedieron en menos de un abrir y cerrar de ojos y tuvieron lugar en un instante. Y, con todo, ni una sola alma los percibió ni comprendió su significado. No obstante, alabado sea Dios, en esta Más Grande Revelación no se han puesto condiciones, no se han establecido requisitos previos, no existen velos, ni hay excusa alguna para permanecer excluidos.

En primer lugar, debe tenerse en cuenta que el propio Báb —que mi vida sea sacrificada por Él— ha dicho, dirigiéndose al pilar más grande del Bayán: «Cuidado, cuidado, no sea que el Váḥid del Bayán o aquello que ha sido enviado en el Bayán te oculte de Él como por un velo». En otras palabras, presta atención durante el advenimiento de Aquel a Quien Dios manifestará, no vaya a ser que el Váḥid del Bayán mismo impida que Lo reconozcas, «puesto que, a Su vista, este Váḥid no es más que una creación». Es decir, el Váḥid del Bayán ha sido creado por Aquel a Quien Dios manifestará, y este Váḥid consiste en las dieciocho Letras del Viviente más el Báb mismo —que mi alma sea sacrificada por Él—, Quien es el decimonoveno. Además, Él le ha advertido que tenga cuidado de que las palabras mismas reveladas en el Bayán no le impidan reconocerlo. Es decir, debe cuidarse de decir que tales o cuales palabras del Bayán indican que Aquel a Quien Dios manifestará aparecerá dentro de dos mil años. ¿Sería posible establecer una ausencia de condiciones y requisitos previos en términos más inequívocos que estos? Por tanto, es evidente que en esta Más Grande Dispensación no hay motivo alguno para que nadie esté velado.

El Báb —que mi vida sea sacrificada por Él— ha confirmado que los acontecimientos de la Gran Resurrección, que debían tener lugar el día que se cuenta como «cincuenta mil años», ocurrieron en menos de un abrir y cerrar de ojos. Y, aun así, los seguidores del Bayán protestan y dicen: «¿Por qué no duró la escuela de Aquel a Quien Dios manifestará? ¿Por qué no se unió Él a los niños, ni estudió el alfabeto, ni aprendió el abjad?». ¡Observa cuán negligentes son, y cuán necios, cuán torpes y ciegos!

Considera, además, la manera en que el poder ilimitado de Dios ha aparecido y se ha manifestado en esta Dispensación divina. En el pasado, aquellos que estaban velados acusaban a las Manifestaciones divinas de locura e incapacidad. Uno decía: «No seguís sino a un hombre que está embrujado»; otro clamaba: «¿Se ha inventado una mentira sobre Dios o es acaso un poseso?»; y aún otros decían: «Cuando Te ven, no Te toman sino a burla: “¿Es este el que Dios ha enviado como Apóstol?”».

En los días de Cristo, la gente se quejaba, diciendo: «¡Oh, María! […] Tu padre no ha sido un hombre de mal ni tu madre una impúdica». Asimismo, en la Dispensación mosaica, el Faraón decía: «Ahora veo que él es vuestro maestro, el que os ha enseñado la magia». Y los líderes de las gentes menospreciaban a los Profetas y se mofaban de ellos, diciendo: «Vemos que solo te siguen los más bajos de nosotros, sin ninguna reflexión».

Sin embargo, en este Día señalado por Dios, en esta edad celestial y este siglo espiritual, nadie ha pronunciado palabras como esas. Todos los pueblos y linajes de la Tierra —ya fueran turcos, tayikos, europeos, africanos o americanos— han dado fe de la majestad y la gloria de la Manifestación de Dios. A lo sumo, han negado la verdad de Su Causa y de Su rango como Manifestación; eso es todo. Hoy, en todos los periódicos y publicaciones del mundo, las gentes civilizadas dan testimonio de la grandeza de la Bendita Belleza. Observa, pues, cómo la fuerza y el poder de la Palabra de Dios han penetrado en las arterias y los nervios mismos del cuerpo del mundo.

Incluso el pueblo del Bayán ha ganado cierta credibilidad a los ojos de los demás, gracias a la penetrante influencia de la Causa de Bahá’u’lláh, la difusión de los rayos del Reino de Abhá y la fuerza irresistible de la Palabra de Dios. Pues la gente nos mira como a miembros de la misma comunidad. Por ejemplo, cuando Mullá Hádíy-i-Dawlat-Ábádí estaba en la presencia del Lobo de Najaf, en Iṣfahán, subió al púlpito y, a fin de salvar su propia alma miserable — ¡que Dios me perdone!— se retractó por completo de su creencia en el Báb y Lo maldijo y Lo denigró. De esa forma se le perdonó la vida, y cuando vino a Teherán se convirtió en la encarnación de las palabras «son sordos, mudos y ciegos, y no rectificarán su error». Una vez que el poder penetrante de la Causa de Bahá’u’lláh hubo impregnado el mundo entero, y perfumado el Oriente e iluminado el Occidente; una vez que el gobierno hubo perdido la esperanza de exterminarla y la mayoría de las gentes anhelaba secretamente conocer la verdad del asunto, entonces ese individuo y sus parientes y familiares empezaron a hacerse valer ante los notables y los dignatarios de Teherán, y se dedicaron a propagar sus ociosas fantasías. Puesto que la mayoría de la gente nos consideraba parte de la misma comunidad, algunos de entre los buscadores aceptaron las pretensiones de esos individuos. Estos tendrían que haberse sentido agradecidos por ello, pero, en cambio, se opusieron y esparcieron un sinfín de calumnias contra el pueblo de Dios y los difamaron ante amigos y extraños. ¡Pronto se verán en el fracaso más palpable!

Además, es sabido por amigos y extraños por igual, e incluso por el pueblo mismo del Bayán, que tras el martirio del Báb, Mírzá Yaḥyá se atavió con el turbante de un derviche y, con un cuenco de mendigo en la mano y una zamarra de caminante a los hombros, huyó de Mázindarán, donde dejó a todos los amigos en grave peligro, mientras él mismo deambulaba de incógnito y bajo el mayor secretismo por las regiones de Mázindarán y Rasht. Cuando Bahá’u’lláh llegó finalmente a Bagdad en la plenitud de Su majestad y gloria, Mírzá Yaḥyá llegó también, pero en secreto y disfrazado. Y cuando la Bendita Belleza partió hacia Sulaymáníyyih, Yaḥyá trabajó y fue conocido como vendedor de calzado en Súqu’sh-Shuyúkh, Bagdad, Samávih y Basora. Luego, a su regreso a Bagdad a través de Najaf, tomó el nombre de Ḥájí-‘Alíy-i-Láṣ-Furúsh, es decir, el comerciante de sedas.

Ya no se oía mención alguna de la Fe, pero cuando la Bendita Belleza regresó y proclamó la Palabra de Dios, cuando tuvo lugar Su viaje a Constantinopla, cuando el llamamiento y la fama del Verdadero se difundieron por todas partes y no había ya lugar para el miedo o el peligro, entonces cada uno salió de detrás de los velos, encontró una nueva palestra e hizo alarde de sí mismo. Nadie dijo: ¡Oh valiente jinete de la palestra de Chipre, que has buscado la protección de los británicos! ¿Dónde has estado hasta ahora? ¿A qué agujero te habías arrastrado durante esos once años en Bagdad? Después del martirio del Báb —que mi vida sea sacrificada por Él—, ¿qué ayuda brindaste, qué constancia evidenciaste y qué firmeza mostraste ante los enemigos? ¿Qué acción emprendiste, salvo dirigir supuestas epístolas a los Siete Testigos, tales como Mullá Ja‘far, de Káshán, Siyyid Muḥammad-iMalíḥ, de Teherán, y otros, cada una de las cuales terminaba diciendo: «Envíanos a una joven doncella»? Alabado sea Dios, pues nadie de entre ellos envió jamás a ninguna. En una carta se decía: «Dios desea verte entre dos mil doncellas celestiales» y, así, el número de sus esposas aumentó al máximo. Entre ellas estaban Umm-i-Aḥmad de Shíráz, Badrí de Tafrísh, Ruqíyyih de Mázindarán y algunas más de Bagdad. A pesar de ello, y no contento con estas, desposó también a la honorable esposa del Báb, la hermana de Mullá Rajab-‘Alí, conocida como la Madre de los Fieles, con quien estaba prohibido casarse según la declaración explícita del Báb. Unos días más tarde, la entregó a Ḥájí Siyyid Muḥammad.

No se oyó ninguna otra mención: ningún llamamiento, ni rememoración o alabanza. La Causa del Más Exaltado, el Báb —que mi alma sea sacrificada por Él— fue borrada y eliminada. De no haber sido por el retorno de Kurdistán de la Bendita Belleza —que mi alma sea ofrecida en aras de Sus amados—, juro por Dios, más allá de Quien no hay otro, que no habría quedado rastro ni nombre de esta Causa. Tanto los amigos como los extraños dan fe de ello.

Y ahora —alabado sea Dios— ese individuo está viviendo en Chipre bajo la protección del gobierno británico, con la mayor comodidad y felicidad, mientras que sus desventurados discípulos de Teherán han sido instigados, mediante promesas vacías y métodos fútiles de adivinación, a promover daño y rebelión contra el gobierno. Les ha prometido que ocurrirá esto y lo otro y que, por medio de esos discípulos necios, se obtendrá el cetro y la corona. De esta manera se han visto todos atrapados en la red de sus propias artimañas. Esos desventurados han sido condenados a la miseria infinita y al fracaso eterno, mientras él vive sus días en la mayor comodidad y tranquilidad, sin miedo ni inquietud, sin temor a riesgo o a peligro.

En suma, la cuestión es que esos discípulos, que levantaron tal clamor en Teherán y tenían tanta seguridad en sus promesas, deberían haberle pedido que se dignara a ir a Teherán él mismo para actuar como un verdadero líder y dirigente, y emitir esas instigaciones y provocaciones desde allí. Las Manifestaciones de Dios y Sus Elegidos siempre han sido los primeros en realizar aquello que ordenan hacer a otros. Sin embargo, este individuo, mientras residía tranquilo y seguro en su retiro de Chipre, ha enviado a sus infortunados discípulos a los cañones y las horcas. Si alguien observara con mirada imparcial, este hecho por sí solo sería suficiente. La Gloria de las Glorias sea contigo.