Luz del mundo: selección de Tablas de ‘Abdu’l-Bahá
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Él es el Todoglorioso, el Más Resplandeciente.
¡Oh tú que eres firme en la Alianza! Tu carta iba encabezada con las palabras: «¡Oh ‘Abdu’l-Bahá!». ¡Qué gran invocación! Pues hizo que mi corazón brincara de alegría y que mi alma se estremeciera de satisfacción. Las buenas nuevas me rodearon por todos lados, mis ojos se alegraron y todo mi ser inhaló las dulces fragancias de un jardín de rosas. Esta invocación, cual melodía del Concurso de lo alto, colmó el alma de ‘Abdu’l-Bahá de júbilo y arrobamiento.
¡Por Aquel que ha iluminado mi rostro con la luz de la servidumbre absoluta a Su Sagrado Umbral! Ninguna melodía puede llenar esta alma anhelante con tanto regocijo y éxtasis como la invocación «¡Oh ‘Abdu’l-Bahá»! Y no hay dulce canto entonado por las aves de los vergeles que pueda estremecer mi corazón con tanto deleite como la suave tonada de «¡Oh ‘Abdu’l-Bahá»! Esta melodía hace que mi corazón dé saltos de alegría y estas palabras maravillosas me llenan de gozoso arrobamiento, pero solo a condición de que este nombre no vaya acompañado de otros epítetos de elogio, ni emparejado a otros títulos. La denominación debe ser meramente «‘Abdu’l-Bahá», si ha de conferir infinita alegría a mi alma y a mi corazón. Esta es mi calificación y mi posición; este es mi título y mi honor; y esta es, en verdad, mi más elevada aspiración por toda la eternidad.
Has elogiado a los amados del Señor y has dicho que están plenamente ocupados con la oración y la alabanza, están tomando la Copa de la Alianza y, exultantes de júbilo en el banquete del Señor, están desatando sus lenguas en gratitud al Todomisericordioso. Ciertamente, así es como debe ser, pues en este día no hay otro sendero para los amigos ni otro testimonio para los puros de corazón.
Suplico e imploro a la gracia omnímoda del Más Generoso Señor que permita que los corazones de Sus amados lleguen a ser los depositarios de la inspiración divina y las auroras de las efusiones de Su ilimitada merced, de modo que, con la mayor armonía y camaradería, sean todos liberados del mundo de la vanagloria y del distanciamiento que conlleva, y se asocien unos con otros con perfecta humildad y sumisión. Que no se detecte la menor traza de egoísmo en su conducta y comportamiento, en sus palabras y acciones. La grandeza del ser humano reside en la humildad, y su gloria eterna consiste en la sumisión, el olvido de sí mismo y la servidumbre ante los siervos del Señor. Verdaderamente, este es el mayor logro en este Día resplandeciente.
Has preguntado sobre el santo versículo «Los asuntos que decreta bajan desde el cielo a la tierra y luego ascienden a Él en un día que equivale a mil años de los que contáis». Por este «día» se quiere decir el Día de la Gran Resurrección, el Día del Juicio, pues en ese Día aparecerán tales signos y acontecimientos, tales esplendores y sucesos, maravillas y prodigios, verdades y misterios, preceptos y escritos, que la revelación de esos esplendores y signos no se puede abarcar ni siquiera en cincuenta mil años. Además, los preceptos y las leyes, y los escritos, las enseñanzas y las numerosas bendiciones asociadas con ese Día, que no es otro que el «momento determinado de un día conocido», seguirán siendo válidos y vinculantes durante mil años, o más bien por quinientos mil años. Ese periodo de tiempo es una mera aproximación que alude a edades y siglos. Y en ese Día fijado, las efusiones de la gracia divina descenderán visiblemente del reino de la misericordia y el cielo de la unicidad. Y, como tales efusiones de gracia no pueden durar para siempre en este mundo inferior, esa luz gloriosa debe necesariamente regresar a la Estrella luminosa de la que provino, y esas lluvias misericordiosas que emanan de las abundantes efusiones del mar de la unicidad deben retornar, de nuevo, al Más Grande Océano.
Tal como has observado, en el día de la aparición del Punto del Corán —que mi alma sea sacrificada por Él— los esplendores de las múltiples mercedes de Dios brillaron en toda la creación, claros y manifiestos, a través de ese Sol luminoso, y durante mil años esa gracia celestial fue concedida a todas las tierras y regiones, y a las realidades de todas las cosas creadas. Y cuando esa Dispensación llegó a su fin, esos signos y esplendores retornaron al reino invisible.
Y luego amaneció un nuevo Día y resplandeció una luz maravillosa. Despuntó el Alba de la Unicidad y relució brillante el Sol del mundo. Se agitó el Más Grande Océano y sus olas ondeantes se elevaron hasta el Concurso de lo alto. Las nubes de la munificencia se acumularon y dejaron caer las lluvias de la misericordia. Apareció la luz de la verdad y se hizo manifiesto el camino de la guía. Se dio a conocer el glorioso testimonio, y el sendero del Señor Todomisericordioso se hizo claro y evidente. Mediante la gracia ilimitada de la Primavera Divina, el Paraíso de Abhá adornó el Más Exaltado Reino. Las mercedes, los esplendores, los misterios, las señales, los versículos y las pruebas de esta Luz asombrosa que ha izado sus estandartes en este Día jubiloso permanecerán en vigor durante quinientos mil años.
¡Por tu estimada vida! No tengo tiempo para escribir más; de lo contrario, habría escrito un comentario portentoso, un libro imponente, sobre este versículo santo. La gloria de Dios sea contigo.
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