Contestación a unas preguntas
15. La verdadera felicidad
El honor y la gloria de cualquier cosa existente dependen de ciertas causas y condiciones.
La excelencia, el adorno y la perfección de la tierra consisten en esto: que, mediante la efusión de las lluvias primaverales, se vuelva verde y lozana; que broten las plantas; que crezcan las flores y las hierbas; que los árboles repletos de flores den abundante cosecha y produzcan frutos dulces y jugosos; que se engalanen los jardines; que se adornen los prados; que los llanos y las montañas se cubran de verde esmeralda, y que se embellezcan las campiñas y las glorietas, las aldeas y las ciudades. Esta es la felicidad del mundo mineral.
La cúspide de la gloria y perfección del mundo vegetal consiste en esto: que un árbol crezca erguido al costado de un arroyo de agua dulce, que corra una suave brisa y que el Sol le brinde calor; que un jardinero lo cuide y que, día a día, se desarrolle y dé frutos. Pero su verdadera felicidad consiste en progresar hacia los mundos animal y humano, y reemplazar lo que se ha consumido en los cuerpos de los animales y los hombres.
La gloria del mundo animal consiste en poseer facultades, miembros y órganos perfectos, y que se satisfagan todas sus necesidades. Esta es la cumbre de su gloria, de su honor y exaltación. Así, la felicidad suprema de un animal consiste en un prado verde y frondoso, un arroyo por donde corra el agua más dulce y un bosque lleno de vida. Si estas cosas se encuentran a su disposición, no puede imaginarse mayor felicidad para el animal. Por ejemplo, si un ave construyese su nido en un bosque verde y frondoso, a una altura agradable, sobre un árbol imponente y encima de una rama elevada, y tuviese a su disposición todas las semillas y el agua que necesitara, esto constituiría para él la felicidad perfecta.
Sin embargo, la verdadera felicidad del animal consiste en pasar del mundo animal al reino humano, como los seres microscópicos que, a través del aire y del agua, entran en el cuerpo humano, se asimilan y reemplazan lo que se ha consumido en él. Este es el máximo honor y la mayor felicidad del mundo animal, y no se concibe un honor mayor.
Por lo tanto, es claro y evidente que semejante holgura, comodidad y abundancia materiales son la cúspide de la felicidad para los minerales, las plantas y los animales. Y, realmente, ninguna riqueza, prosperidad, comodidad u holgura de nuestro mundo material se comparan a la riqueza de un ave, pues tiene toda la amplitud de los campos y las montañas como morada, todas las semillas y cosechas como riqueza y sustento, y todas las tierras, aldeas, prados, pastizales, bosques y páramos como posesiones. Así pues, ¿quién es más rico?: ¿esta ave o el más rico de los seres humanos? Pues por muchas semillas que esa ave reúna o regale, no disminuye su riqueza.
Luego está claro que el honor y la gloria del ser humano no residen solamente en los deleites materiales y beneficios terrenales. Esta felicidad material es completamente secundaria, mientras que la gloria de una persona reside principalmente en esas virtudes y logros que son los adornos de la realidad humana. Consisten en bendiciones divinas, dádivas celestiales, emociones profundas, el amor y el conocimiento de Dios, la educación de las gentes, las percepciones de la mente y los descubrimientos científicos. Consisten en la justicia y la equidad, la veracidad y la benevolencia, la valentía interior y la humanidad innata, la salvaguardia de los derechos de los demás y la preservación de la inviolabilidad de los pactos y los acuerdos. Consisten en la rectitud de conducta en todas las circunstancias, el amor a la verdad bajo todas las condiciones, la abnegación por el bien de todos, la bondad y la compasión para con todas las naciones, la obediencia a las enseñanzas de Dios, el servicio al Reino celestial, la guía de toda la humanidad y la educación de todas las razas y naciones. ¡Esta es la felicidad del mundo humano! ¡Esta es la gloria del ser humano en el mundo contingente! ¡Esta es la vida eterna y el honor celestial!
Sin embargo, estos dones solo se ponen de manifiesto en la realidad humana mediante un poder celestial y divino, y mediante las enseñanzas del cielo, pues requieren un poder sobrenatural. En el mundo de la naturaleza pueden también aparecer vestigios de estas perfecciones, pero son tan fugaces y efímeros como los rayos del Sol sobre una pared.
Dado que el Señor compasivo ha coronado al ser humano con tan brillante diadema, debemos esforzarnos para que sus gemas luminosas derramen su luz sobre todo el mundo.
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