Contestación a unas preguntas
84. Las buenas obras y sus requisitos espirituales
Pregunta: Aquellos que realizan buenas obras, que manifiestan buena voluntad hacia toda la humanidad, que tienen un carácter loable, que muestran amor y amabilidad hacia todas las personas, que cuidan de los pobres y trabajan en pro de la paz universal ¿qué necesidad tienen de las enseñanzas divinas, de las que creen que pueden prescindir perfectamente? ¿Cuál es la condición de estas personas?
Respuesta: Has de saber que semejantes maneras, palabras y acciones son loables y dignas de aprobación, y contribuyen a la gloria del mundo humano. Pero estas acciones de por sí no son suficientes: constituyen un cuerpo de la mayor belleza, pero carente de espíritu. Lo que conduce a la vida eterna, al honor perdurable, a la iluminación universal y a la salvación y éxito verdaderos es, ante todo, el conocimiento de Dios. Está claro que este conocimiento tiene precedencia sobre cualquier otro conocimiento y constituye la mayor virtud del mundo humano. Pues la comprensión de la realidad de las cosas otorga una ventaja material en el dominio del ser y contribuye al progreso de la civilización visible, pero el conocimiento de Dios es la causa del progreso y la atracción espirituales, la visión y percepción verdaderas, la exaltación de la humanidad, la aparición de la civilización divina, la rectificación de las costumbres y la iluminación de la consciencia.
En segundo lugar está el amor a Dios. Mediante el conocimiento de Dios, la luz de este amor se enciende en la lámpara del corazón, y sus rayos se difunden e iluminan el mundo y confieren a la persona la vida del Reino. Y, en verdad, el fruto de la existencia humana es el amor a Dios, que es el espíritu de vida y la gracia sempiterna. Si no fuese por el amor a Dios, el mundo contingente estaría sumido en la oscuridad. Si no fuese por el amor a Dios, los corazones humanos estarían despojados de vida y privados de las susceptibilidades de la conciencia. Si no fuese por el amor a Dios, las perfecciones del mundo humano desaparecerían por completo. Si no fuese por el amor a Dios, no existiría conexión real entre los corazones humanos. Si no fuese por el amor a Dios, se perdería la unión espiritual. Si no fuese por el amor a Dios, se extinguiría la unicidad de la humanidad. Si no fuese por el amor a Dios, Oriente y Occidente no se abrazarían como dos amantes. Si no fuese por el amor a Dios, la discordia y la división no se transmutarían en compañerismo. Si no fuese por el amor a Dios, el distanciamiento no dejaría paso a la unidad. Si no fuese por el amor a Dios, el extraño no llegaría a ser un amigo. En realidad, el amor en el mundo humano es un rayo del amor a Dios y un reflejo de la gracia de Su munificencia.
Está claro que las realidades humanas difieren unas de otras, que las opiniones y percepciones varían, y que esta divergencia de pensamientos, opiniones, interpretaciones y sentimientos entre las personas es un requisito esencial. Pues las diferencias de grado en la creación forman parte de los requisitos esenciales de la existencia, que toma innumerables formas. Por lo tanto, estamos necesitados de una fuerza universal que prevalezca sobre los pensamientos, opiniones y sentimientos de todos, que pueda anular estas divisiones y congregar a todas las almas bajo la influencia del principio de la unicidad de la humanidad. Y es claro y evidente que la mayor fuerza en el mundo humano es el amor a Dios. Reúne a pueblos diversos bajo la sombra del tabernáculo de la unicidad y fomenta el mayor amor y compañerismo entre pueblos y naciones hostiles y enfrentados.
Observa cuán numerosas fueron las diversas naciones, razas, clanes y tribus que, después de la venida de Cristo, se reunieron al amparo de Su Palabra mediante el poder del amor a Dios. Observa cómo se abolieron totalmente las diferencias y divisiones milenarias, cómo se disipó la falsa ilusión de la superioridad de raza y nación, cómo se alcanzó la unidad de las almas y los sentimientos, y cómo todos llegaron a ser cristianos de verdad y de espíritu.
La tercera virtud de la humanidad es la buena intención, que es la base de todas las buenas obras. Algunos buscadores de la verdad han mantenido que la intención es superior a la acción, ya que una buena intención es luz absoluta y está totalmente por encima de la menor traza de malevolencia, trama o engaño. Ahora bien, uno puede llevar a cabo una acción que parece ser virtuosa, pero que en realidad está instigada por el interés personal. Por ejemplo, un carnicero cría una oveja y la protege; pero esta buena acción del carnicero está motivada por la esperanza de un beneficio, y el resultado final de todo ese cuidado será el sacrificio de la pobre oveja. ¡Cuántas obras buenas y virtuosas están promovidas en realidad por el interés personal! Mas la intención pura está por encima de semejantes defectos.
En resumen, las buenas obras llegan a ser perfectas y completas solo después de adquirir el conocimiento de Dios, de manifestar el amor a Dios, y de lograr atractivos espirituales y buenas motivaciones. De otro modo, aunque las buenas obras son loables, si no brotan del conocimiento de Dios, del amor a Dios y de una intención sincera, serán imperfectas. Por ejemplo, la existencia humana debe abarcar todas las perfecciones para ser completa. La facultad de la vista es muy valorada y apreciada, pero debe tener la asistencia de la facultad del oído; el oído es muy valorado, pero necesita la ayuda de la facultad del habla; la facultad del habla es muy valorada, pero tiene que recibir la ayuda de la facultad de la razón, y así sucede con las demás facultades, órganos y miembros del ser humano. Cuando se combinan en conjunto todas estas facultades, sentidos, partes y órganos, se logra la perfección.
En el mundo de hoy nos encontramos con almas que desean sinceramente el bien de todos, que hacen todo lo que está en sus manos para ayudar a los pobres y socorrer a los oprimidos, y que están consagradas a la paz y el bienestar universales. Sin embargo, por perfectas que sean desde esta perspectiva, permanecen privadas del conocimiento de Dios y del amor a Él y, por tanto, son imperfectas.
Galeno, el médico, escribió en su comentario sobre el tratado de Platón acerca del arte de gobernar que las creencias religiosas ejercen una profunda influencia en la verdadera civilización; la prueba de ello es que «la mayoría de la gente no puede comprender una secuencia de argumentos lógicos, y por tanto tiene necesidad de alusiones simbólicas que anuncien las recompensas y los castigos del mundo venidero. La prueba de ello está en que hoy día vemos a unas gentes que se llaman cristianas, que creen en las recompensas y los castigos del mundo venidero y exhiben buenas obras como las de un verdadero filósofo. Así, todos vemos claramente que no le temen a la muerte y que, en virtud de su ardiente anhelo de justicia y equidad, han de considerarse verdaderos filósofos».
Observa, entonces, lo grandes que deben haber sido para Galeno —un filósofo y médico que no era cristiano— la sinceridad, la abnegación, los sentimientos espirituales, la intención pura y las buenas obras de los creyentes cristianos para dar testimonio de la moral y las perfecciones de esa gente y llamarlos filósofos verdaderos. Semejantes virtudes y cualidades no pueden lograrse solamente con buenas obras. Si la virtud significara únicamente que se obtiene y se ofrece algo bueno, entonces ¿por qué no elogiamos a esta lámpara encendida que alumbra la estancia, aunque su luz es, sin duda, algo bueno? El Sol nutre todas las cosas terrenales y fomenta su crecimiento y desarrollo con su calor y luz. ¿Qué bondad hay mayor que esta? No obstante, como este bien no emana de buenos motivos y del conocimiento de Dios y el amor a Él, no impresiona en lo más mínimo. Sin embargo, cuando alguien ofrece un vaso de agua a otro, se le muestra aprecio y gratitud. Una persona irreflexiva podría decir: «Este Sol que da luz al mundo y manifiesta esta gran munificencia ciertamente merece ser alabado y glorificado. Pues, ¿cómo hemos de elogiar a una persona por tan modesto regalo, y no darle gracias al Sol?» Pero si examináramos esto con el ojo de la verdad, veríamos que el modesto regalo ofrecido por esa persona nace de los impulsos de la conciencia y es, por tanto, digno de elogio, en tanto que la luz y el calor del Sol no se deben a esto y, por tanto, no meritan nuestra alabanza y gratitud. De igual manera, aunque deben ser elogiados quienes realizan buenas obras, si esas acciones no emanan del conocimiento de Dios y del amor a Él, son sin duda imperfectas.
Aparte de esto, si analizas la cuestión objetivamente verás que estas buenas obras de los no creyentes también tienen su origen en las enseñanzas divinas. Es decir, los Profetas de antaño exhortaron a los hombres a llevarlas a cabo, explicaron su utilidad y expusieron sus efectos positivos; luego, estas enseñanzas se diseminaron entre la humanidad y fueron llegando sucesivamente a las almas no creyentes e inclinando sus corazones hacia esas perfecciones; y cuando vieron que semejantes acciones eran loables y producían alegría y felicidad entre las gentes, también ellos las adoptaron. Por tanto, estas acciones nacen igualmente de las enseñanzas divinas. Mas, para darse cuenta de ello, se requiere cierto grado de imparcialidad, y no disputas y controversias.
Alabado sea Dios, pues has visitado Persia y has observado la amorosa bondad que, mediante las santificadas brisas de Bahá’u’lláh, han demostrado los persas a toda la humanidad. Anteriormente, si se cruzaban con un seguidor de otra religión, lo atacaban, le mostraban la mayor enemistad, odio y malevolencia, e incluso lo consideraban impuro. Quemaban el Evangelio y la Torá, y se lavaban las manos si se habían ensuciado por el contacto con esos libros. Sin embargo, ahora la mayoría de ellos leen e interpretan contenidos de esos dos libros en sus asambleas y reuniones —según lo requiera la ocasión— y exponen y elucidan sus significados y misterios íntimos. Muestran amabilidad hacia sus enemigos y tratan con tierno cuidado a lobos sanguinarios, como lo harían con las gacelas de las praderas del amor de Dios. Has visto su conducta y carácter, y has oído acerca de las costumbres que tenían los persas en épocas pasadas. ¿Acaso puede esta transformación en la moral y esta rectificación de sus palabras y conducta provenir de otra cosa que no sea el amor a Dios? ¡Por Dios que no! Si nos dispusiéramos a difundir semejante moral y conducta únicamente mediante el conocimiento y el saber, pasarían mil años y aún no se habrían establecido entre las masas.
En este día, gracias al amor a Dios, esto se ha logrado con la mayor facilidad. ¡Prestad atención, pues, vosotros que tenéis corazón comprensivo!
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