Días de conmemoración
12 - Húr-i-‘Ujáb (Tabla de la Maravillosa Doncella)
La sagrada Belleza resplandeció desde detrás del velo —¡qué cosa más prodigiosa, qué prodigiosa de veras!—
Y mirad: la llama del éxtasis hizo desfallecer a todas las almas. ¡Qué prodigioso es esto, qué prodigioso de veras!
Se elevaron y remontaron el vuelo hacia el pabellón bendito, junto al trono del dosel celestial. ¡Qué prodigioso misterio, qué prodigioso de veras!
Di: La Doncella de la Eternidad retiró el velo de Su rostro —¡exaltada sea, en verdad, Su prodigiosa belleza!—
Y derramó sus luminosos rayos sobre la tierra y el cielo. ¡Qué luz más prodigiosa, qué prodigiosa de veras!
Lanzó un destello de mirada, penetrante cual estrella fugaz —¡qué prodigiosa mirada la Suya, qué prodigiosa de veras!—
Una mirada que consumía en sus llamas todo nombre y todo título. ¡Qué prodigiosa hazaña, qué prodigiosa de veras!
Volvió la vista hacia los moradores del dominio del polvo —¡qué prodigiosa vista la Suya, qué prodigiosa de veras!—
Y entonces se estremeció y falleció la creación entera. ¡Qué muerte más asombrosa, qué asombrosa de veras!
Dejó, luego, caer un bucle azabache, un ornamento del espíritu en la tenebrosa noche —¡qué imagen más prodigiosa, qué prodigiosa de veras!—
Del que se percibían las perfumadas brisas del espíritu. ¡Qué prodigiosa fragancia, qué prodigiosa de veras!
En la mano derecha portaba el vino rubí, y en la izquierda, una porción de finísimos manjares. ¡Qué merced más prodigiosa, qué prodigiosa de veras!
Con manos teñidas de carmesí por la sangre de Sus fervientes amantes —¡qué prodigioso es esto, qué prodigioso de veras!—
Escanció en cálices y copas el vino de la vida. ¡Qué sorbo más prodigioso, qué prodigioso de veras!
Con arpa y laúd cantaba loores a Su Bienamado —¡qué canto más prodigioso, qué prodigioso de veras!—
Con lo cual los corazones se derritieron en llamas abrasadoras. ¡Qué amor más prodigioso, qué prodigioso de veras!
De Su belleza sustentadora otorgó una infinita porción —¡qué prodigiosa porción, qué prodigiosa de veras!—
Y con Su espada de encanto hirió el cuello de Sus amantes. ¡Qué golpe más prodigioso, qué prodigioso de veras!
En cuanto sonrió, destellaron Sus dientes perlados. ¡Qué perlas más prodigiosas, qué prodigiosas de veras!
Entonces gimieron y lloraron los corazones de los que saben —¡qué piedad más prodigiosa, qué prodigiosa de veras!—
Mas quienes dudan y se envanecen negaron Su verdad —¡qué negación más asombrosa, qué asombrosa de veras!—
Y, al oír esto, Se encaminó apesadumbrada a Su morada. ¡Qué asombroso pesar el Suyo, qué asombroso de veras!
Retornó al lugar del que venía. ¡Qué airosa caminaba! ¡Qué decreto más asombroso, qué asombroso de veras!
Lanzó un grito de angustia que todo lo redujo a polvo —¡qué asombrosa pena la Suya, qué asombrosa de veras!—
Y de Sus labios brotaron estas palabras de aviso y reproche —¡qué efusión más asombrosa, qué asombrosa de veras!—
«¿Por qué Me negáis, oh gentes del Libro?». ¡Qué asombroso es esto, qué asombroso de veras!
«¿Pretendéis ser los guiados y los amados del Señor?». ¡Por Dios! ¡Qué mentira más asombrosa, qué asombrosa de veras!
«¡Oh amigos míos!», dijo, «no volveremos de nuevo» —¡qué retorno más prodigioso, qué prodigioso de veras!—
«Sino que ocultaremos los secretos de Dios en Sus Libros y Escrituras», tal como ha ordenado el Munífico y el Poderoso de veras.
«Y no Me hallaréis hasta que aparezca el Prometido en el Día del Juicio». ¡Por Mi vida! ¡Qué humillación más asombrosa, qué asombrosa de veras!
Buscar en este libro
Escribe una palabra para buscar en este libro.