Días de conmemoración

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Él es el Rey Soberano, el Santísimo.

¡Alabado seas, oh Señor mi Dios! Este es ese Día de entre Tus Días y esa Hora de entre Tus benditas Horas que has reservado para Tu propio Ser, has relacionado con Tu propia Existencia, y cuyo rango has elevado para que perdure Tu Nombre y se haga manifiesta Tu soberanía. Tú has hecho que este Día sea el origen de todos los días, por cuanto has hecho descender sobre él las revelaciones del Trono de Tu majestad y las señales de Tu trascendente favor. Lo has creado de nuevo, ahora, en la forma más excelente en este antiguo Templo, para que en este Día, y mediante su gracia, todos los moradores de la tierra y del cielo sean resucitados y, sin que nadie lo sepa ni lo advierta, sean llamados a rendir cuentas respecto de Tu Ser. Acaso se completen en él Tus bendiciones sagradas y celestiales y Tus dádivas divinas y gloriosas, para que atestiguen la creación de todas las cosas en el Día de Tu presencia, y la aparición de Tus días, y el amanecer del Sol de Tu belleza.

Al hacer mención de esta insigne hora y merced suprema, del éxtasis del anhelo por Ti, del predominio de Tu amor conquistador y del arrobo de Tu santo embeleso, oí la llamada de uno de Tus siervos que ha creído en Ti y en Tus signos, ha renunciado a todas las cosas, se ha vuelto hacia el Semblante de Tu belleza y se ha apresurado a recorrer todas las regiones hasta llegar al aposento de Tu reposo. Finalmente, ha comparecido ante Tu puerta y, de pie ante la luz de Tu perdurable santidad que ha brillado sobre el horizonte de Tu unicidad y la aurora de Tu eternidad, ansía ascender a las alturas de Tu presencia y de la reunión contigo y habitar en la sede de Tu cercanía, dentro de Tu sagrado Recinto. Permite, pues, oh mi Dios, que la paloma del anhelo se remonte dentro de su corazón, y que los mares de Tu amor se agiten dentro de lo más íntimo de su ser, y que las incomparables señales de Tu recuerdo fluyan de su lengua, y que las gemas de Tu alabanza broten de su espíritu. Acércalo cada vez más, oh mi Señor, para que pueda resguardar en lo más recóndito de su corazón esta brillantísima luz y este tesoro oculto, y así morar con Tu Siervo en Tu muy exaltado horizonte y todoglorioso reino.

En verdad, Tú habitas ahora en Tu morada eterna y contemplas a este espíritu carmesí y oyes esta dulcísima melodía en el mismísimo corazón de la Esencia Divina, el centro del Reino de los misterios. Poderoso eres para hacer lo que deseas. Tú, en verdad, eres el Exaltado, el Omnipotente, el Todoglorioso, Quien subsiste por Sí mismo.