19 de marzo de 2025
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Una nueva concepción de la familia comienza con una nueva concepción del matrimonio. Bahá’u’lláh señala que el matrimonio no es solo «la llave de la perpetuación de la vida para los pueblos del mundo», sino «el instrumento inescrutable para el cumplimiento de su destino».
Para los bahá’ís, el matrimonio no es solo un vínculo físico, sino también espiritual, con implicaciones para la vida en este mundo y en el venidero. El matrimonio bahá’í, explica ‘Abdu’l-Bahá, «es el compromiso de ambas partes, y su unión mutua es de mente y corazón», para que «puedan mejorar la vida espiritual el uno del otro», y para que «vivan juntos en la camaradería más estrecha» y «que sean como una sola alma». En el matrimonio bahá’í, dos almas aprenden a ayudarse mutuamente para alcanzar su doble propósito moral: desarrollar sus potencialidades inherentes que Dios les ha dado y contribuir a una civilización en continuo progreso. La relación que la pareja establece desde el momento de su ceremonia nupcial afectará, a través del espacio y el tiempo, a la creación de innumerables relaciones nuevas entre otras personas que pueden remodelar vidas y comunidades de manera constructiva.
La perspectiva bahá’í sobre el matrimonio trasciende las dicotomías que surgen de las perspectivas permisivas y retrógradas preponderantes en la sociedad. En el matrimonio bahá’í, el amor, la igualdad, la intimidad, la fidelidad, las relaciones sexuales, la procreación y la crianza de los hijos se integran y su interconexión se fortalece, erigiéndose en una fortaleza para el bienestar tanto personal como social. Las prácticas sociales permisivas socavan el matrimonio y la familia al disgregar estos aspectos esenciales para el florecimiento humano, mientras que las prácticas retrógradas hacen demasiado hincapié o distorsionan uno u otro de estos aspectos para oprimir a los miembros de la familia. Adherirse a las Enseñanzas ayuda a resolver estos problemas. Queda mucho por aprender en los diversos entornos culturales de todo el mundo sobre las implicaciones de todos los aspectos del matrimonio bahá’í que se encuentran en las Enseñanzas. Por ejemplo, el principio de la igualdad entre mujeres y hombres es fundamental para el desarrollo de un nuevo patrón de vida matrimonial bahá’í. A medida que este principio se aplica entre la esposa y el esposo dentro del matrimonio, la relación se fortalece y prospera, y las niñas y los niños se crían con una nueva comprensión de la igualdad y de su expresión práctica. Así, las ramificaciones de este principio se irán extendiendo gradualmente a las generaciones futuras y contribuirán al avance de la mujer hasta que se haga realidad la expectativa de ‘Abdu’l-Bahá de que las mujeres «participen en forma plena y en un pie de igualdad en los asuntos del mundo».
El matrimonio crea la familia. Y las relaciones sanas que deben unir a los miembros de una familia bahá’í se basan en la justicia y la reciprocidad. Cada miembro debe recibir los derechos que le corresponden; cada uno debe cumplir con las responsabilidades que le incumben. «De acuerdo con las enseñanzas de Bahá’u’lláh, ya que la familia es una unidad humana, debe ser educada según las reglas de santidad», explica ‘Abdu’l-Bahá. «La integridad del lazo familiar debe tenerse en cuenta constantemente y los derechos de sus miembros individuales no deben ser transgredidos». Estas relaciones sanas entre los miembros de la familia requieren ser cultivadas conscientemente.
En la familia bahá’í, los cónyuges son compañeros verdaderos; ninguno está subordinado al otro. Juntos navegan por los desafíos de la vida, ya sean de carácter espiritual, material o social, mediante la oración, el estudio, la consulta y la reflexión sobre la acción. Consideremos, por ejemplo, las decisiones relacionadas con la educación de los hijos. Los Escritos bahá’ís reconocen a la madre como la primera educadora del niño y defienden sus prerrogativas en este sentido. Como señala ‘Abdu’l-Bahá, «en verdad son las madres quienes determinan la felicidad, la futura grandeza, la cortesía, el saber, el buen juicio, el entendimiento y la fe de sus pequeños». Sin embargo, el padre también es responsable de su educación y crianza, y no puede renunciar a un deber tan vital dejándolo solo en manos de la madre. Y aunque el padre tiene la obligación consecuente de mantener a la familia económicamente para apoyar a la madre en este papel y asegurarse de que no se vea perjudicada por ello, esto no significa que los papeles estén establecidos de manera rígida. Con base en su comprensión de las Enseñanzas, la pareja determina la mejor manera de gestionar los asuntos familiares en respuesta a las distintas circunstancias personales y sociales. Cada etapa de la vida matrimonial presentará los desafíos y oportunidades correspondientes que la pareja debe esforzarse por abordar, de manera cooperativa y efectiva, al tiempo que garantiza el progreso espiritual, intelectual y profesional de la esposa y el esposo.
En el entorno de apoyo de la familia, los padres guían cuidadosamente a sus hijos para que aprendan a vivir una vida con sentido y propósito, de devoción, virtud y servicio. Con este fin, mediante su ejemplo y el patrón de su vida cotidiana y sus interacciones, así como mediante innumerables conversaciones, los padres cultivan amorosamente en sus hijos una serie de cualidades, actitudes, hábitos y capacidades de complejidad creciente, adaptando sus métodos y enfoques a través de cada etapa del desarrollo del niño, desde la infancia hasta la madurez. Desde una edad temprana, los niños aprenden a volverse hacia Dios y a amarlo, a orar y recitar la Palabra de Dios cada día, a considerarse almas nobles que se esfuerzan por desarrollar cualidades espirituales, a preferir a los demás antes que a sí mismos y a reflejar dichas cualidades en relaciones de afecto y cooperación. A medida que progresan, aprenden a habituarse a las dificultades, a practicar la autodisciplina y la responsabilidad, a olvidarse de sí mismos y a adquirir conocimiento de las artes y las ciencias. Y a medida que se van desenvolviendo cada vez más en el mundo por sí mismos, aprenden a desarrollar una actitud de servicio, a difundir y aplicar las enseñanzas divinas, a resolver diferencias y participar en consultas, a permanecer firmes en la Alianza, a esforzarse por el mejoramiento del mundo y a volverse hacia aquellas cosas que conducen al honor perdurable. Los Escritos bahá’ís ofrecen a los padres una fuente inagotable de percepciones para cultivar estas y otras muchas actitudes, destrezas y habilidades vitales, y el instituto de capacitación proporciona un apoyo fundamental a la familia mejorando la comprensión y las capacidades de todos sus miembros. También pueden existir otros recursos disponibles para ayudar en la educación material, social y espiritual de los jóvenes, de los que la familia puede aprovecharse: escuelas, vida comunitaria, proyectos de servicio y otros. Sin embargo, la responsabilidad primordial de garantizar la educación adecuada y completa de los hijos recae en los padres.
Con el paso del tiempo, las relaciones entre los miembros de la familia evolucionan y adoptan diferentes formas. Los lazos de amor y unidad entre hermanos, cultivados con esmero, ofrecen apoyo y aliento durante toda la vida, y sirven de baluarte contra los celos mezquinos y las divisiones que pueden surgir en la vida de una familia. Es evidente que los derechos y responsabilidades de los hijos adultos no son los mismos que cuando eran más jóvenes. Los padres deben ser sensibles a estos cambios a medida que preparan a sus hijos para la madurez, fomentando cuidadosamente la autonomía y la responsabilidad de la próxima generación a medida que crecen. Los jóvenes continúan respetando y honrando a sus padres a lo largo de su vida, pero a medida que maduran, deben hacerse cargo de sus propias vidas y decisiones. Con el tiempo, las obligaciones cambian, y las circunstancias pueden exigir cada vez más a un hijo que ayude a sus padres a medida que envejecen.
Las relaciones de la familia nuclear están entrelazadas en círculos de relaciones cada vez más amplios, comenzando por la familia extensa. Los abuelos, las tías, los tíos y los primos brindan cuidados y apoyo que ayudan a cumplir con el propósito y las responsabilidades de la familia. Las características de estas relaciones familiares también se extienden a sus compañeros bahá’ís y otros amigos, que pueden ayudar a una familia de diversas maneras. En la estrecha red social forjada en una comunidad vibrante, las personas mayores ofrecen profundización, consejos sabios y un ejemplo distintivo. Otros participan como tías y tíos espirituales para compartir el afecto y la preocupación por el progreso de los jóvenes y proporcionar apoyo para reforzar las labores y elevadas aspiraciones de los padres. Los jóvenes actúan como hermanos y hermanas mayores que, de muchas maneras, ayudan e inspiran a quienes son más jóvenes que ellos. De esta manera, el sentido de unidad, de amor, cuidados, confianza y solidaridad que se cultivan inicialmente en la familia comienzan a tejerse en el entramado de las relaciones de la comunidad.
La atención a los asuntos económicos es un aspecto esencial de una vida familiar coherente y próspera, y de la participación de la familia en una comunidad en crecimiento. La consulta entre la esposa y el esposo, y con los hijos según corresponda, llegará a determinar cómo se equilibrará esta preocupación material con los muchos otros aspectos y obligaciones de la vida familiar. La gestión sabia y atenta de la economía familiar debe tener en cuenta muchas consideraciones, entre ellas cómo se gana, se gasta y se ahorra el dinero, cómo se mantiene la educación y el bienestar de los hijos, cuánto se destina a los Fondos de la Fe o al apoyo de los asuntos comunitarios y cómo cumplir con la obligación del Ḥuqúqu’lláh. Al responder a estas y otras preguntas similares, la familia proporciona un espacio para aprender sobre la generosidad, la responsabilidad, la diferencia entre necesidades y deseos, y la gestión de los medios materiales.
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