Contestación a unas preguntas

7. Muḥammad

Ahora, en cuanto a Muḥammad, la gente de Europa y América han oído ciertas historias acerca del Profeta a las que han dado crédito, aun cuando los que proporcionaron esos relatos ―muchos de los cuales pertenecían a las filas del clero cristiano― eran, o bien ignorantes, o malintencionados. Asimismo, algunos musulmanes ignorantes transmitieron historias infundadas acerca de Muḥammad que, a su parecer, redundaban en Su gloria. Así, algunos musulmanes ignorantes hicieron de Su poligamia objeto de su mayor alabanza, y la consideraron una señal de Sus extraordinarios poderes, por cuanto esas almas inconscientes estimaban que la multiplicidad de esposas era algo milagroso. Los relatos de los historiadores europeos se apoyan en su mayoría en los dichos de semejantes seres ignorantes.

Por ejemplo, un necio le contó en una ocasión a un sacerdote cristiano que la prueba de la verdadera grandeza reside en una valentía incomparable y en el derramamiento de sangre, ¡y que en un solo día los seguidores de Muḥammad habían decapitado a cien hombres en el campo de batalla! Esto hizo deducir al sacerdote que la prueba de la religión de Muḥammad consistía en la matanza, lo cual no es más que una vana imaginación. Al contrario, las expediciones militares de Muḥammad fueron siempre de carácter defensivo. Prueba clara de ello es que, durante trece años, tanto Él como Sus compañeros soportaron en La Meca las persecuciones más intensas y fueron constantemente el blanco de los dardos del odio. Algunos de Sus compañeros fueron matados y despojados de sus bienes; otros abandonaron su tierra nativa y huyeron a lugares extranjeros. El propio Muḥammad fue sometido a las persecuciones más severas y, cuando Sus enemigos decidieron darle muerte, se vio obligado a huir de La Meca en medio de la noche y emigrar a Medina. Aun así, Sus enemigos no cedieron, sino que persiguieron a los musulmanes por todo el camino hasta Medina y Abisinia.

Esas tribus árabes eran extremadamente bárbaras y rapaces, y, en comparación con ellos, los fieros nativos de América eran el Platón de la época, pues no sepultaban vivas a sus hijas como hacían esos árabes, alegando que era un acto de honor y enorgulleciéndose de ello. Así, muchos hombres amenazaban a sus mujeres, diciendo: «Si das a luz una hija, te mataré». Incluso en el día de hoy los árabes temen tener hijas.

Además, un hombre podía desposarse con mil mujeres, y la mayoría de los maridos tenían en su casa más de diez mujeres. Cuando esas tribus entraban en guerra entre sí, los vencedores tomaban cautivas a las mujeres y a los niños de los vencidos, los consideraban esclavos y comerciaban con su compraventa.

Si moría un hombre y dejaba diez esposas, los hijos de estas mujeres se precipitaban sobre las madres y, en cuanto uno de ellos lanzaba su manto sobre la cabeza de una de sus madrastras y la declaraba de su legítima propiedad, la desdichada mujer pasaba a ser cautiva y esclava de su hijastro y este podía hacer con ella lo que quisiera. Podía matarla o encerrarla en un foso, o pegarle, maldecirla y atormentarla día tras día hasta que finalmente pereciera. De acuerdo con las costumbres de los árabes, en todo ello era libre de hacer lo que quisiera. El rencor y los celos, el odio y la enemistad que debió haber existido entre las esposas de un hombre y sus respectivos hijos están perfectamente claros y no requieren mayor comentario. ¡Imagina, pues, cómo debió haber sido la vida de esas agraviadas mujeres!

Además, esas tribus árabes subsistían del pillaje y el robo entre sí, de modo que estaban permanentemente ocupados en pelear y guerrear, matándose unos a otros, saqueándose los bienes unos a otros y apropiándose de las mujeres y los niños para venderlos a extraños. Cuántas veces ocurría que los hijos e hijas de un príncipe vivían un día de lujo y comodidad, y al anochecer se veían reducidos a la máxima humillación, miseria y esclavitud. Ayer eran príncipes; hoy, cautivos. Ayer eran honorables damas; hoy, esclavas.

Muḥammad fue enviado en el entorno de semejantes tribus. Durante trece años padeció a manos de ellas toda tribulación imaginable, hasta que, finalmente, huyó de la ciudad y emigró a Medina. Aun así, lejos de desistir, ese pueblo unió fuerzas, formó un ejército y se lanzó al ataque con el fin de exterminar a todo hombre, mujer y niño de entre Sus seguidores. Fue en tales circunstancias y en contra de semejante gente que Muḥammad se vio forzado a recurrir a las armas. Esta es la pura verdad: no nos mueve el apego fanático, ni tratamos de hacer una ciega defensa, sino que examinamos y relatamos las cuestiones con imparcialidad. Asimismo, debes considerar con equidad lo siguiente: Si Cristo mismo se hubiese encontrado en circunstancias similares y entre semejantes tribus bárbaras y anárquicas; si durante trece años Él y Sus discípulos hubieran soportado pacientemente toda clase de crueldades a manos de ellas; si, debido a esta opresión, se hubiesen visto forzados a dejar su patria y marcharse al desierto; y si esas tribus desenfrenadas todavía insistieran en perseguirlos con el objetivo de matar despiadadamente a los hombres, saquear sus bienes y apoderarse de sus mujeres e hijos, ¿cómo habría procedido Cristo con ellos? Si esta opresión hubiera estado dirigida hacia Él solamente, los habría perdonado, y semejante acto de perdón habría sido muy aceptable y digno de alabanza; pero si hubiese visto que asesinos crueles y sanguinarios intentaban matar, saquear y atormentar a numerosas almas indefensas, y tomar cautivos a mujeres y niños, con seguridad habría defendido a los oprimidos y habría detenido la mano del opresor.

Por lo tanto ¿qué reproche se Le puede hacer a Muḥammad? ¿Es, acaso, que no se hubiera entregado, junto con Sus seguidores y sus mujeres e hijos, a la merced de esas tribus anárquicas? Además, librar a esas tribus de su sed de sangre fue el mayor don, y ponerles freno y restringirlos, pura munificencia. Es como una persona que tiene en la mano un vaso con veneno y está a punto de beberlo. Un amigo bondadoso ciertamente rompería el vaso y se lo impediría. Sin duda, si Cristo Se hubiese encontrado en circunstancias similares, no hay duda de que habría librado a esos hombres, mujeres y niños de las garras de esos lobos voraces, mediante un poder conquistador ilimitado.

Muḥammad jamás luchó contra los cristianos; al contrario, los trató con consideración y les otorgó plena libertad. En Najrán vivía una comunidad de cristianos, que estaban bajo Su cuidado y protección. Muḥammad decía: «Si alguien viola sus derechos, Yo mismo seré su enemigo y lo culparé ante Dios». En los edictos que promulgó, se establece claramente que la vida, los bienes y la honra de judíos y cristianos están bajo la protección de Dios; que un marido musulmán no puede impedirle a su esposa cristiana ir a la iglesia, ni obligarla a llevar velo; que si ella fallece debe entregar sus restos al cuidado de un sacerdote; y que, si los cristianos deseaban construir una iglesia, los musulmanes debían apoyarlos. Además, en tiempo de guerra entre el islam y sus enemigos, los cristianos estaban exentos de luchar, a menos que voluntariamente deseasen sumarse y ayudar a los musulmanes en batalla, en vista de la protección de que disfrutaban. En compensación por esa exención, debían pagar anualmente una pequeña suma. En resumen, hay siete extensos edictos sobre estos temas, y hasta el día de hoy perduran copias de los mismos en Jerusalén. Esta es la verdad misma y no una mera afirmación mía: el edicto del segundo Califa está todavía bajo la custodia del Patriarca ortodoxo de Jerusalén, y la cuestión está fuera de toda duda. No obstante, después de un tiempo, brotó el rencor y la envidia entre musulmanes y cristianos, al cometerse transgresiones por ambas partes.

Más allá de esta verdad, todo lo que digan musulmanes, cristianos u otros es pura invención y proviene del fanatismo, la ignorancia o una intensa hostilidad. Por ejemplo, los musulmanes aseveran que Muḥammad partió la Luna en dos y cayó en la montaña de la Meca. ¡Imaginan que la Luna es un cuerpo pequeño que Muḥammad dividió en dos, y que lanzó una parte a una montaña y la otra parte a otra montaña! Estas historias son fruto de puro fanatismo. Asimismo, los relatos que proporcionan los clérigos cristianos y las acusaciones que lanzan son siempre exagerados y, a menudo, carentes de fundamento.

En resumen, Muḥammad apareció en el desierto de Ḥijáz, en la península arábiga, que era un yermo estéril y sin árboles: arenoso, desolado en extremo y excesivamente caluroso en algunos lugares como La Meca y Medina. Sus habitantes eran nómadas, tenían la moral y las costumbres de los pueblos del desierto, y carecían totalmente de conocimiento e instrucción. El mismo Muḥammad era iletrado, y el Corán se escribió originalmente en paletillas de ovejas y en hojas de palmera. ¡De esto puedes deducir las condiciones en que se hallaba el pueblo al que fue enviado Muḥammad!

El primer reproche que Él les hizo fue: «¿Por qué rechazáis la Torá y el Evangelio, y por qué rehusáis creer en Cristo y en Moisés?» Esta declaración les dolió mucho, pues preguntaron: «¿Qué debe decirse entonces de nuestros padres y antepasados, que no creían en la Torá ni el Evangelio?» Él respondió: «Ellos se habían extraviado, y os incumbe repudiar a los que no creen en la Torá ni en el Evangelio, aunque sean vuestros propios antepasados».

En semejante país y entre tribus tan bárbaras, un Hombre iletrado trajo un Libro en el que se exponen, de la manera más perfecta y elocuente, los atributos y perfecciones de Dios, la condición profética de Sus Mensajeros, los preceptos de Su religión y ciertas esferas del conocimiento y cuestiones relacionadas con el saber humano.

Por ejemplo, como sabes, antes de las observaciones del renombrado astrónomo de épocas posteriores, es decir, desde los primeros siglos hasta el siglo quince de la era cristiana, todos los matemáticos del mundo sostenían unánimemente la centralidad de la Tierra y el movimiento del Sol. Este astrónomo moderno fue quien originó la nueva teoría que postulaba el movimiento de la Tierra y la inmovilidad del Sol. Hasta ese momento, todos los matemáticos y filósofos del mundo seguían el sistema de Ptolomeo y al que pronunciase una palabra en contra se le consideraba ignorante. Es cierto que, hacia el final de su vida, Pitágoras y Platón concibieron que el movimiento anual del Sol en torno al zodíaco no proviniera del propio Sol sino del movimiento de la Tierra alrededor de este, pero esta teoría se olvidó por completo y todos los matemáticos aceptaron universalmente la teoría de Ptolomeo. Sin embargo, en el Corán se revelaron varios versículos que contradecían el sistema ptolemaico. Uno de ellos ―«El sol se mueve en un lugar fijo propio»― alude a la inmovilidad del Sol y a su movimiento en torno a un eje. Asimismo, en otro versículo ―«Y cada uno navega en su propio cielo»―, se especifica el movimiento del Sol, la Luna, la Tierra y otros cuerpos celestes. Cuando el Corán se difundió al exterior, todos los matemáticos se burlaron y atribuyeron esta noción a la ignorancia. Incluso los teólogos musulmanes, viendo que estos versículos eran contrarios al sistema ptolemaico, se vieron obligados a interpretarlos figuradamente, ya que este era aceptado como un hecho incontrovertible y, sin embargo, el Corán lo contradecía explícitamente.

No fue hasta el siglo quince de la era cristiana, casi novecientos años después de Muḥammad, cuando un matemático famoso llevó a cabo nuevas observaciones, se inventó el telescopio, se hicieron descubrimientos importantes, se demostró que la Tierra giraba y el Sol estaba fijo, y se descubrió asimismo que este se movía en torno a un eje. Entonces se hizo evidente que el texto explícito del Corán era totalmente acorde con la realidad y que el sistema ptolemaico era pura imaginación.

En resumen, multitud de pueblos del Oriente fueron educados al amparo de la Fe de Muḥammad a lo largo de trece siglos. Durante la Edad Media, mientras Europa estaba sumida en lo más profundo de la barbarie, los árabes superaban a todas las demás naciones del mundo en ciencias y oficios, en matemáticas, civilización, administración y en otras artes. El Educador y Primer Motor de las tribus de la península arábiga y el Fundador de la civilización de perfecciones humanas en medio de esos clanes rivales fue un Hombre iletrado, Muḥammad. ¿Fue este Hombre ilustre un Educador universal o no? Seamos imparciales.