Contestación a unas preguntas
9. Bahá’u’lláh
Bahá’u’lláh apareció en una época en que Persia estaba inmersa en la más oscura ignorancia y consumida por el fanatismo más ciego. Sin duda, habrás leído los relatos recogidos en la historiografía europea sobre la moral, los hábitos y el pensamiento de los persas en los últimos siglos, y no requieren repetición. Baste decir que Persia había caído a profundidades tan abismales que todos los viajeros extranjeros deploraban que un país, que antaño había ocupado la cumbre de la grandeza y la civilización, por aquel entonces hubiese caído en semejante degradación, desolación y ruina, y que su pueblo se hubiera reducido a la absoluta miseria.
Fue precisamente en esa época cuando apareció Bahá’u’lláh. Es bien sabido en toda Persia que nunca estudió en una escuela ni tuvo trato con los doctos ni los teólogos. Su padre era ministro de la corte, no un teólogo. Bahá’u’lláh pasó la primera parte de Su vida en medio de la mayor comodidad y dicha, y Sus compañeros y amigos eran persas de alto rango y no hombres doctos.
Tan pronto como el Báb reveló Su Causa, Bahá’u’lláh proclamó: «Este gran Hombre es el Señor de los justos, e incumbe a todos rendirle lealtad». Se dispuso a promover la Causa del Báb, aduciendo pruebas decisivas y argumentos concluyentes en favor de Su verdad. A pesar de que los teólogos de la nación habían obligado al gobierno persa a ejercer la más violenta oposición; a pesar de que todos habían emitido decretos que ordenaban la matanza, el saqueo, la persecución y la aniquilación de los seguidores del Báb; y, a pesar de que en todo el país la gente se había dispuesto a matarlos, quemarlos y saquearlos, e incluso a vejar a sus mujeres y a sus hijos; a pesar de todo ello, Bahá’u’lláh, con la mayor constancia y serenidad, Se dedicó a ensalzar la palabra del Báb. Tampoco intentó en ningún momento ocultarse, sino que Se relacionó abierta y visiblemente con Sus enemigos, Se ocupó en aducir pruebas y argumentos, y cobró fama por ensalzar la Palabra de Dios. Una y otra vez padeció intensas adversidades, y en todo momento Su vida estuvo en grave peligro.
Fue encadenado y arrojado a una mazmorra subterránea. Sus extensas propiedades ancestrales fueron totalmente saqueadas, fue exiliado cuatro veces de país en país, y finalmente vino a residir en la Más Grande Prisión.
Pese a todo esto, el llamamiento de Dios se elevaba incesantemente y se propagaba la fama de Su Causa. Tales eran el conocimiento, la erudición y las perfecciones que demostraba tener, que todos los persas estaban atónitos. Todos los eruditos —tanto amigos como enemigos— que llegaban a Su presencia en Teherán, Bagdad, Constantinopla, Adrianópolis y ‘Akká recibían respuestas completas y convincentes a todas sus preguntas. Todos reconocían enseguida que, en todas las perfecciones, era incomparable y único en el mundo entero.
A menudo ocurría en Bagdad que en Su bendita presencia se reunían teólogos musulmanes, judíos y cristianos, y hombres doctos de Europa. Cada uno hacía una pregunta distinta y, pese a sus diferentes creencias, recibían individualmente una respuesta tan completa y convincente que quedaban plenamente satisfechos. Incluso los teólogos persas residentes en Karbilá y Najaf escogieron a un hombre docto llamado Mullá Ḥasan ‘Amú y lo enviaron como su representante. Llegó a Su bendita presencia y planteó diversas preguntas por encargo de ellos, a las que Bahá’u’lláh respondió. Entonces, dijo: «Los teólogos reconocen plenamente el alcance de su conocimiento y de sus logros, y por todos es aceptado que usted no tiene par ni igual en campo alguno del saber. Además, es evidente que no ha estudiado jamás ni ha adquirido este saber. Pero los teólogos dicen que no les basta con esto y que no pueden reconocer la validez de su afirmación solamente en base a sus conocimientos y logros. Piden, por tanto, que produzca un milagro a fin de satisfacerlos y dar seguridad a sus corazones».
Bahá’u’lláh respondió: «Si bien no tienen derecho a pedir esto, ya que corresponde a Dios probar a Sus criaturas y no a estas probar a Dios, con todo, se acepta y se permite su solicitud en este caso. Pero la Causa de Dios no es un teatro en el que a cada hora se pueda ofrecer una nueva actuación ni presentar cada día una nueva demanda. Pues, de lo contrario, se convertiría en un juego de niños.
Así pues, que se reúnan los teólogos y elijan unánimemente un milagro, y que estipulen por escrito que una vez que se haya realizado, no albergarán duda alguna, sino que todos reconocerán y confesarán la verdad de esta Causa. Que sellen ese papel y Me lo traigan. Deben fijar como criterio para la verdad que, si se realiza, no les quedará duda alguna; y si no, se Nos declarará culpable de fraude».
Aquel erudito se levantó y respondió: «No hay nada más que decir». Besó la rodilla de Bahá’u’lláh, aunque no era creyente, y partió. Luego reunió a los teólogos y les transmitió el mensaje de Bahá’u’lláh. Consultaron entre sí y dijeron: «Este hombre es un mago; quizá realice algún encantamiento, y entonces no nos quedará otro recurso»; y, así, no osaron responder.
Sin embargo, Mullá Ḥasan ‘Amú dio parte de este hecho en muchos encuentros. Partió de Karbilá y se dirigió a Kirmánsháh y Teherán, donde a todos dio cuenta de este episodio de forma detallada, y habló del miedo y la inacción de los teólogos.
Con esto queremos decir que todos los adversarios de Bahá’u’lláh en Oriente reconocían Su grandeza, distinción, conocimiento y erudición y, pese a su enemistad, Lo llamaban «el renombrado Bahá’u’lláh».
En resumen, este grandísimo Luminar apareció súbitamente sobre el horizonte de Persia, y todo el pueblo de ese país, ya fueran ministros, teólogos o el pueblo en general, se alzaron contra Él con la animosidad más feroz, afirmando que estaba decidido a aniquilar y extinguir su religión, sus leyes, su nación y su imperio, al igual que se había dicho de Cristo. Con todo, Bahá’u’lláh, solo y sin ayuda, los resistió a todos sin desfallecer en lo más mínimo.
Al final dijeron: «Mientras este hombre esté en Persia, no habrá paz ni tranquilidad. Debe ser desterrado para que Persia encuentre sosiego nuevamente». Por tanto, sometieron a Bahá’u’lláh a severas dificultades, a fin de que Se viera forzado a pedir permiso para abandonar Persia, e imaginaron que con ello se extinguiría la lámpara de la Causa. Pero esta persecución produjo el efecto contrario: la Causa adquirió mayor prominencia y su llama se hizo más brillante. Hasta entonces se había difundido solamente dentro de Persia; esto hizo que se difundiera en otras regiones. Posteriormente dijeron: «Iráq está muy cerca de Persia; debemos enviarlo a tierras distantes». Así persistió el gobierno persa hasta que Bahá’u’lláh fue exiliado de Iráq a Constantinopla. Pero, de nuevo, vieron que no flaqueó en lo más mínimo, y dijeron: «Constantinopla es una encrucijada de diversos pueblos y naciones, y hay muchos persas allí». En consecuencia, tomaron otras medidas e hicieron que Lo exiliaran a Adrianópolis. Pero esa llama se hizo aún más intensa y la Causa adquirió más prominencia todavía. Finalmente, los persas dijeron: «Ninguno de estos lugares era un lugar de humillación. Debe enviársele a un sitio donde sea deshonrado y sometido a pruebas y persecuciones, y donde Su familia y Sus seguidores sufran las más penosas aflicciones». Así es que escogieron la ciudad penitenciaria de ‘Akká, reservada para rebeldes, asesinos, ladrones y asaltantes de caminos y, de esa forma, Le obligaron a relacionarse con esa gente. No obstante, el poder de Dios se puso de manifiesto, ya que esta prisión se convirtió en el medio de la promoción de Su Fe y la glorificación de Su Palabra. La grandeza de Bahá’u’lláh se hizo evidente cuando, desde semejante prisión y en tan humillantes condiciones, logró transformar por completo la condición de Persia, vencer a Sus enemigos y demostrar a todos la fuerza irresistible de Su Causa. Sus sagradas enseñanzas se difundieron y Su Causa se estableció firmemente.
En todas las provincias de Persia Sus enemigos se dispusieron, con el mayor odio, a apresar y matar, golpear, quemar y desarraigar a miles de familias, recurriendo a todo medio violento para extinguir Su Causa. A pesar de todo ello, Él promovió Su Causa y promulgó Sus enseñanzas desde esta prisión de homicidas, ladrones y salteadores de caminos, despertó a muchos de Sus enemigos más virulentos y los convirtió en creyentes firmes. Tal fue la influencia de Sus acciones que el propio gobierno persa despertó de su sueño y lamentó lo que habían causado las manos de los perversos teólogos.
Cuando Bahá’u’lláh llegó a esta prisión en la Tierra Santa, las almas perspicaces cayeron en cuenta de que se habían cumplido las profecías que Dios había expresado por boca de Sus Profetas dos o tres mil años antes, y que se habían hecho realidad Sus promesas, pues Él había revelado a algunos Profetas y anunciado a la Tierra Santa que el Señor de las Huestes se pondría de manifiesto en ella. Todas estas promesas se cumplieron y, de no haber sido por la oposición de Sus enemigos y Su destierro y exilio, es difícil imaginar cómo se habría marchado de Persia y cómo habría levantado Su carpa en esta tierra sagrada. La intención de Sus enemigos era que este encarcelamiento destruyera completamente y aniquilara Su Causa, pero Su presidio fue en cambio la mayor confirmación y el medio de su promoción. El llamamiento de Dios llegó a Oriente y Occidente, y los rayos del Sol de la Verdad iluminaron a todos los países. ¡Loado sea Dios! Aunque era un prisionero, Su carpa se levantó en el Monte Carmelo, y Él transitaba con la mayor majestad. Y quien entraba en Su presencia, ya fuese amigo o extraño, exclamaba: «¡Este no es un cautivo, sino un rey!»
En cuanto llegó a la prisión, dirigió una epístola a Napoleón a través del embajador de Francia que, resumidamente, decía: «Pregunta qué crimen hemos cometido para estar encerrados en esta prisión». Napoleón no dio respuesta. Luego se le hizo llegar una segunda epístola, contenida en la Sura del Templo que, en esencia, decía: «¡Oh Napoleón! Dado que no has prestado atención ni has respondido a Mi llamada, perderás tu dominio y serás reducido a la nada». Esta epístola fue enviada a Napoleón por correo, a cargo de César Catafago y, con pleno conocimiento de Sus compañeros de exilio, el texto de esta comunicación llegó rápidamente a toda Persia, puesto que el Libro del Templo se había enviado entonces a todos los rincones de ese país y en él se incluía esta comunicación. Esto ocurrió en el año 1869 y, como se había hecho circular esta Sura del Templo por toda Persia y la India, todos los creyentes la tenían en sus manos y esperaban el resultado de esta comunicación. No mucho después, en 1870, se encendió el fuego de la guerra entre Alemania y Francia y, si bien nadie preveía entonces el triunfo de Alemania, Napoleón sufrió una clamorosa derrota, se rindió a sus enemigos y vio su gloria trasformada en la más profunda humillación.
Asimismo se despacharon Tablas a otros reyes, entre ellas, una epístola a Su Majestad Náṣiri’d-Dín Sháh. En esa epístola Bahá’u’lláh decía: «Convócame a tu presencia y reúne a todos los teólogos, y pide pruebas y testimonios, para que se distinga la verdad del error». Su Majestad envió la epístola de Bahá’u’lláh a los teólogos y les asignó esta tarea, pero no se atrevieron a asumirla. Entonces pidió a siete de los más prestigiosos teólogos que respondieran a esa epístola. Al cabo de un tiempo, la devolvieron, diciendo: «Este hombre es un oponente de la Fe y un enemigo del Rey». Su Majestad, el sháh de Persia, se enojó mucho y dijo: «Esto es una cuestión de pruebas y testimonios, de verdad y de error. ¿Qué tiene que ver con la enemistad hacia el gobierno? Qué lamentable es que les hayamos mostrado tanto respeto a estos teólogos, y ni siquiera pueden responder a esta misiva».
En resumen, todo lo que estaba escrito en las Tablas dirigidas a los reyes ha sucedido. Basta con solo comparar su contenido con los acontecimientos que han tenido lugar desde 1870 para ver que todas las predicciones se han cumplido, con excepción de unas cuantas que quedan por manifestarse en el futuro.
Además, gentes extranjeras y no creyentes atribuían obras extraordinarias a Bahá’u’lláh. Algunos creían que era un santo, y algunos incluso escribieron relatos al respecto, como Siyyid Dávúdí, teólogo sunní de Bagdad, quien compuso un breve tratado en el que relataba, en algún contexto, ciertas proezas de Bahá’u’lláh. Aún hoy existen en todo el Oriente personas que no creen en Bahá’u’lláh como Manifestación de Dios, pero que Lo consideran un santo y Le atribuyen milagros.
Para resumir, ni una sola alma, ya fuese amigo o adversario, que llegara a la presencia de Bahá’u’lláh dejaba de reconocer y atestiguar Su grandeza. Aunque no llegara a ser creyente, siempre daba testimonio de Su grandeza. Tan pronto como alguien aparecía ante Él, el encuentro producía una impresión tal que, en muchos casos, le impedía pronunciar palabra alguna. Cuántas veces un enconado enemigo decidía en su corazón decir tal o cual cosa, o defender esto o aquello cuando llegara a Su presencia, pero quedaba atónito, confundido y reducido a un absoluto silencio.
Bahá’u’lláh nunca estudió árabe, no tuvo maestro ni tutor, ni tampoco asistió a escuela alguna. No obstante, Su elocuencia y fluidez en el árabe hablado, así como en Sus Tablas reveladas en dicha lengua, asombraban a los más elocuentes y consumados literatos árabes, y todos admitían que, en este campo, Sus logros no tenían par ni igual.
Si examinamos con cuidado el texto de la Torá, vemos que ninguna de las Manifestaciones de Dios jamás les dijo a los que Les negaban: «Estoy dispuesto a realizar cualquier milagro que deseéis, y Me someteré a cualquier prueba que propongáis». Sin embargo, en Su epístola al Sháh, Bahá’u’lláh dijo claramente: «Reúne a los teólogos y convócame a tu presencia, para que se establezca la prueba y el testimonio».
Durante cincuenta años Bahá’u’lláh resistió como una montaña a Sus enemigos. Todos intentaron aniquilarlo; todos Lo asediaron; mil veces tramaron crucificarlo y destruirlo; y, a lo largo de esos cincuenta años, estuvo en el mayor de los peligros.
En cuanto a Persia, que hasta el día de hoy permanece en un estado tan abyecto y ruinoso, cualquier persona sabia de dentro o fuera de sus fronteras y que conozca su realidad reconoce que su progreso, su prosperidad y su civilización dependen por completo de la promulgación de las enseñanzas y la diseminación de los principios de este glorioso Ser.
En el transcurso de Su santa vida, Cristo educó en realidad a solo once almas, la más grande de las cuales, Pedro, Le negó, sin embargo, tres veces cuando fue puesto a prueba. Pese a ello, ¡observa cómo, posteriormente, la Causa de Cristo se difundió por todo el mundo! En este día, Bahá’u’lláh ha educado a miles de almas que, amenazadas por la espada, han elevado al más alto cielo el llamamiento de «¡Oh Tú, la Gloria de las Glorias!», y cuyos semblantes han brillado como el oro en el crisol de las pruebas. ¡Deduce, entonces, de esto lo que sucederá en el futuro!
Pues bien, hemos de ser ecuánimes y reconocer qué gran Educador de la humanidad fue este Ser ilustre, qué señales más maravillosas ha manifestado, y qué fuerza y poder se han hecho realidad por medio de Él en el mundo de la existencia.
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