Contestación a unas preguntas

10. Pruebas racionales y argumentos tradicionales provenientes de las escrituras sagradas

Hoy, en esta reunión, hablemos un poco sobre pruebas. Si hubieras venido a este bendito lugar en los días de la manifestación de esa esplendorosa Luz, si hubieras entrado en la corte de Su presencia y contemplado Su luminoso semblante, habrías reconocido que Sus palabras y Su belleza no requerían de ninguna otra prueba. ¡Cuán numerosas fueron las almas que, al llegar a Su presencia, llegaron a ser creyentes confirmados en el acto, sin que hiciera falta ninguna otra prueba! Incluso aquellos que estaban inmersos en la negación y el odio más profundo, al conocer a Bahá’u’lláh daban testimonio de Su grandeza, diciendo: «Este es, en efecto, un hombre distinguido, pero ¡qué lamentable que sostenga tal afirmación! Ya que todo lo demás que dijera sería aceptable».

Ahora, como ya se ha puesto ese Luminar de la verdad, todos necesitan pruebas, y es así que nos hemos ocupado en presentar pruebas racionales. Mencionemos otra más, y esta innegable prueba debería ser de por sí suficiente para cualquier alma imparcial: que este Ser ilustre formuló Su Causa estando dentro de la Más Grande Prisión, desde donde resplandeció Su luz, Su fama envolvió el globo y la palabra de Su gloria llegó tanto a Oriente como a Occidente. Hasta hoy nunca había pasado tal cosa, si se examina el asunto con imparcialidad. Pero existen ciertas almas que, aunque oyeran todas las pruebas del mundo, no juzgarían de manera imparcial. No pudieron resistírsele gobiernos ni pueblos con todo su poder, en tanto que Él, solo y sin ayuda, agraviado y encarcelado, llevó a cabo todo cuanto Se había propuesto.

No mencionaré los milagros de Bahá’u’lláh, pues el oyente podría decir que son meras tradiciones que podrían ser o no verdaderas. Lo mismo ocurre también con el Evangelio, donde los relatos sobre los milagros de Cristo nos han llegado a través de los Apóstoles y no de otros observadores, y los judíos los niegan. No obstante, si mencionara las hazañas sobrenaturales de Bahá’u’lláh, son numerosas e inequívocamente reconocidas en Oriente, incluso por algunos no creyentes. Mas estos relatos no constituyen prueba ni testimonio decisivo para todos, pues quien los oiga podría decir que no son realmente verdad, puesto que los seguidores de otras confesiones también relatan milagros de sus dirigentes. Por ejemplo, los hinduistas narran ciertos milagros de Brahma. ¿Cómo hemos de saber si aquellos son falsos y estos son verdaderos? Si estos son relatos verbales, aquellos también lo son; si estos son fehacientes para muchos, lo mismo se puede decir de aquellos. Por consiguiente, tales relatos no constituyen prueba suficiente. Sin duda, un milagro puede ser prueba para un testigo ocular, pero aun así podría no estar seguro de si lo que vio fue un verdadero milagro o simple hechicería. De hecho, a ciertos magos se les han atribuido hazañas extraordinarias.

En resumen, lo que queremos decir es que de Bahá’u’lláh aparecieron muchas cosas maravillosas, pero no las narramos, pues no solamente no constituyen prueba ni testimonio para toda la humanidad, sino que ni siquiera son una prueba concluyente para quienes las presenciaron, quienes podrían atribuirlas a la magia.

Además, la mayoría de los milagros atribuidos a los Profetas tienen un significado interior. Por ejemplo, en el Evangelio está escrito que tras el martirio de Cristo cayó la oscuridad, la tierra tembló, el Templo se partió en dos y los muertos salieron de sus tumbas. Si esto hubiese sucedido físicamente, habría sido algo prodigioso. Semejante acontecimiento sin duda habría sido anotado en las crónicas de la época y habría consternado los corazones. Como mínimo, los soldados habrían bajado a Cristo de la cruz, o bien habrían huido. Pero como estos sucesos no se han consignado en ninguna historia, es evidente que no deben entenderse literalmente, sino en conformidad con su significado interior. Nuestra intención no es negar nada, sino simplemente decir que todos estos relatos no constituyen una prueba concluyente, y que tienen un significado interior; nada más.

Por consiguiente, reunidos aquí hoy, nos referiremos a explicaciones de argumentos tradicionales extraídos de las sagradas escrituras, pues todo aquello de lo que hemos hablado hasta ahora han sido argumentos racionales.

Puesto que este es el estado de la búsqueda de la verdad y la obtención del conocimiento de lo real —ese estado en que el sediento anhela el agua de la vida y el pez vehemente llega al mar, en que el alma enferma busca al médico verdadero y recibe curación divina, en que la caravana perdida encuentra el camino de la verdad y el barco que navega sin rumbo alcanza las orillas de la salvación— el buscador debe estar, por tanto, dotado de ciertos atributos. Primero, debe ser imparcial y estar desprendido de todo, menos de Dios. Su corazón debe estar totalmente dirigido hacia el Horizonte Supremo, y libre de la atadura a deseos vanos y egoístas, pues estos son obstáculos en el camino. Además, debe soportar toda clase de tribulación, encarnar la máxima pureza y santidad, y renunciar al amor o el odio hacia todas las gentes del mundo, no sea que su amor por una cosa le impida investigar otra, o su odio hacia algo le impida percibir su verdad. Esta es la condición de la búsqueda, y el buscador debe estar dotado de estas cualidades y atributos; es decir, mientras no alcance esta condición, le será imposible obtener el conocimiento del Sol de la Verdad.

Volvamos a nuestro tema. Todos los pueblos del mundo esperan dos Manifestaciones, que deben ser contemporáneas. Es lo que se les ha prometido a todos. En la Torá, a los judíos se les promete el Señor de las Huestes y el Mesías. En el Evangelio se predice el regreso de Cristo y Elías. En la religión de Muḥammad, está la promesa del Mahdí y del Mesías. Lo mismo es valedero para los seguidores de Zoroastro y otros, pero extendernos sobre el tema prolongaría nuestro discurso. Nuestra intención es señalar que a todos se les ha prometido el advenimiento de dos Manifestaciones sucesivas. Se ha profetizado que, mediante estas dos Manifestaciones, la tierra se convertirá en otra tierra; se renovará toda la existencia; el mundo contingente será vestido con el ropaje de una nueva vida; la justicia y la rectitud envolverán el planeta; desaparecerán el odio y la enemistad; todo cuanto es motivo de división entre los pueblos, las razas y naciones será anulado, y se promoverá lo que asegure la unidad, la armonía y la concordia. Los negligentes despertarán de su sueño; los ciegos verán; los sordos oirán; los mudos hablarán; los enfermos serán curados; los muertos serán vivificados, y la guerra dará paso a la paz. La enemistad se transmutará en amor; se eliminarán las causas fundamentales del conflicto y la contienda; la humanidad alcanzará la verdadera felicidad; esta tierra será un espejo del Reino celestial, el mundo inferior se convertirá en el trono del dominio de lo alto. Todas las naciones serán una sola nación; todas las religiones serán una sola religión; toda la humanidad será una sola familia y un solo linaje; todas las regiones de la Tierra serán como una sola; se borrarán y extinguirán los prejuicios raciales, nacionales, personales, lingüísticos y políticos, y todos alcanzarán la vida sempiterna al amparo del Señor de las Huestes.

Ahora, el advenimiento de estas dos Manifestaciones debe demostrarse con referencia a las escrituras sagradas y por inferencia de los dichos de los Profetas. Nuestra intención hoy es ofrecer argumentos extraídos de las escrituras sagradas, puesto que hace algunos días se presentaron aquí argumentos racionales que establecían la verdad de estas dos Manifestaciones.

El Libro de Daniel fija en setenta semanas el período entre la reconstrucción de Jerusalén y el martirio de Cristo, pues el sacrificio termina y el altar se destruye mediante el martirio de Cristo. Así, esta profecía se refiere al advenimiento de Cristo.

Esas setenta semanas comienzan con la restauración y reconstrucción de Jerusalén, respecto a las cuales tres reyes emitieron cuatro edictos. El primero fue de Ciro en el año 536 A.C., y se consigna en el primer capítulo del Libro de Esdras. El segundo edicto sobre la reconstrucción de Jerusalén fue emitido por Darío de Persia en 519 A.C., y se consigna en el sexto capítulo de Esdras. El tercero lo dictó Artajerjes en el séptimo año de su reinado, es decir, en 457 A.C., y esto se consigna en el séptimo capítulo de Esdras. El cuarto edicto fue emitido por Artajerjes en 444 A.C., y está consignado en el segundo capítulo de Nehemías.

A lo que Daniel se refería era el tercer edicto, que fue publicado en el año 457 A.C. Setenta semanas corresponden a 490 días. Conforme al texto bíblico, cada día es un año, pues en la Torá se dice: «El día del Señor es un año». En consecuencia, 490 días son 490 años. El tercer edicto de Artajerjes fue promulgado 457 años antes del nacimiento de Cristo, y Cristo tenía treinta y tres años de edad en el momento de Su martirio y ascensión. Treinta y tres años sumados a 457 son 490, que es el tiempo anunciado por Daniel para el advenimiento de Jesucristo.

Sin embargo, en Daniel 9, 25, esto se expresa de otra manera, es decir, como siete semanas y sesenta y dos semanas, lo que en apariencia difiere de la primera aseveración. Muchos no han sabido qué hacer para reconciliar estas dos afirmaciones. ¿Cómo es que se hace referencia a setenta semanas en un sitio y a sesenta y dos y siete semanas en otro? Estas dos afirmaciones no concuerdan.

En realidad, Daniel se refiere a dos fechas distintas. Una comienza con el edicto que emitió Artajerjes para que Esdras reconstruyera Jerusalén, y corresponde a las setenta semanas que concluyeron con la ascensión de Cristo, cuando con Su martirio culminaron el sacrificio y la ofrenda. La segunda, mencionada en Daniel 9, 26, se inicia al completarse la reconstrucción de Jerusalén, que ocurre sesenta y dos semanas antes de la ascensión de Cristo. La reconstrucción de Jerusalén tardó siete semanas, que equivalen a cuarenta y nueve años. Sumando siete semanas a sesenta y dos semanas resultan sesenta y nueve semanas, y en la última semana tuvo lugar la ascensión de Cristo. Esto completa las setenta semanas y no queda contradicción alguna.

Ahora que se ha probado el advenimiento de Cristo con las profecías de Daniel, establezcamos el advenimiento de Bahá’u’lláh y del Báb. Hasta aquí solo hemos ofrecido argumentos racionales; ahora, acudamos a argumentos tradicionales.

En Daniel 8,13 consta: «Entonces oí a un santo que hablaba; y otro de los santos preguntó a aquel que hablaba: ¿Hasta cuándo durará la visión del continuo sacrificio, y la prevaricación asoladora entregando el santuario y el ejército para ser pisoteados? Y él dijo: Hasta dos mil trescientas tardes y mañanas; luego el santuario será purificado», hasta que dice «en el tiempo del fin será la visión». Es decir, ¿cuánto durará esta desgracia, esta ruina, esta humillación y degradación? ¿O cuándo despuntará la mañana de la Revelación? Entonces dijo: «dos mil trescientos días: entonces el santuario será purificado». En resumen, la cuestión es que fija un período de 2300 años, ya que, conforme al texto de la Torá, cada día es un año. Por lo tanto, a partir de la fecha del edicto de Artajerjes para la reconstrucción de Jerusalén hasta el día del nacimiento de Jesucristo, hay 456 años, y desde el nacimiento de Jesucristo hasta el día del advenimiento del Báb hay 1844 años, y si a este número se le suman 456 años da 2300 años. Es decir, el cumplimiento de la visión de Daniel tuvo lugar el año 1844 D.C. y este es el año del advenimiento del Báb. ¡Examina el texto del Libro de Daniel y observa lo claramente que fija el año de Su venida! En realidad, no podría haber mejor profecía que esta para una Manifestación.

En Mateo 24, 3, Jesucristo señala claramente que lo que Daniel quiso decir con esta profecía era la fecha del advenimiento, y este es el versículo: «Estando luego sentado en el monte de los Olivos, se acercaron a Él en privado sus discípulos, y Le dijeron: Dinos cuándo sucederá eso, y cuál será la señal de Tu venida y del fin del mundo?» Entre las palabras que pronunció en respuesta están las siguientes: «Cuando veáis, pues, la abominación de la desolación, anunciada por el profeta Daniel, erigida en el Lugar Santo (el que lea, que entienda)». Así, los remitió al capítulo octavo del Libro de Daniel, dando a entender que quien lo lea conseguirá saber cuándo será ese momento. ¡Observa con qué claridad se ha precisado la venida del Báb en la Torá y en el Evangelio!

Establezcamos ahora, a partir de la Torá, la fecha del advenimiento de Bahá’u’lláh. Esta fecha se calcula en años lunares partiendo de la revelación de la misión y la emigración de Muḥammad. Pues en la religión de Muḥammad se usa el calendario lunar, y todas las disposiciones sobre las observancias religiosas se han expresado en los términos de ese calendario.

En Daniel 12, 6 se dice: «Uno de ellos dijo al hombre vestido de lino que estaba sobre las aguas del río: “¿Cuándo será el cumplimiento de estas maravillas?”. Y oí al hombre vestido de lino, que estaba sobre las aguas del río, jurar, levantando al cielo la mano derecha y la izquierda, por Aquel que vive eternamente: “Un tiempo, tiempos y medio tiempo, y todas estas cosas se cumplirán cuando termine el quebrantamiento de la fuerza del Pueblo santo”».

Como ya he explicado el significado de «día», no se requiere mayor comentario, pero permítaseme decir brevemente que cada día del Padre es equivalente a un año, y cada año consta de doce meses. Luego, tres años y medio equivalen a cuarenta y dos meses; cuarenta y dos meses son 1260 días, y en la Biblia cada día corresponde a un año. Y es precisamente en el año 1260 contado desde la emigración de Muḥammad, según el calendario musulmán, cuando reveló Su misión el Báb, el Heraldo de Bahá’u’lláh.

Después, en los versículos 11 y 12, se dice: «Contando desde el momento en que sea abolido el sacrificio perpetuo e instalada la abominación de la desolación: mil doscientos noventa días. Dichoso aquel que sepa esperar y alcance mil trescientos treinta y cinco días».

Este cálculo lunar parte del día de la proclamación de la posición profética de Muḥammad en la tierra de Ḥijáz; y eso fue tres años después de la revelación de Su misión ya que, al comienzo, la posición profética de Muḥammad estuvo oculta, y nadie sabía de ella salvo Khadíjih e Ibn-i-Nawfal, hasta que fue anunciada públicamente tres años más tarde. Y fue en el año 1290 después de la proclamación de la misión de Muḥammad cuando Bahá’u’lláh anunció Su Revelación.