Contestación a unas preguntas

11. Comentario sobre el capítulo undécimo del Apocalipsis de Juan

En Apocalipsis 11, 1-2 se dice: «Luego me fue dada una caña de medir parecida a una vara, diciéndome: «Levántate y mide el Santuario de Dios y el altar, y a los que adoran en él. El patio exterior del Santuario, déjalo aparte, no lo midas, porque ha sido entregado a los gentiles, que pisotearán la Ciudad Santa 42 meses».

Esta caña simboliza al Hombre Perfecto, y la razón de que se equipare con una caña es que, cuando se ha vaciado y está totalmente libre de su médula, es capaz de producir excelentes melodías. Por otra parte, estos cantos y tonadas no provienen de la caña misma, sino del músico que sopla en ella. De igual manera, el corazón santificado de ese bendito Ser está libre y vacío de todo salvo de Dios, es reacio a cualquier inclinación egoísta y está exento de ella, y está íntimamente relacionado con el hálito del Espíritu Divino. Lo que expresa no proviene de Él mismo, sino del Músico Ideal y de la revelación divina. De ahí que se compare con una caña, y esa caña es como una vara, es decir, es el socorro de los débiles y un apoyo para el cuerpo del mundo. Es la vara del Pastor Verdadero, con la que guarda a Su rebaño y lo conduce por las praderas del Reino.

Luego se dice que el ángel se dirigió a él, diciendo: «Levántate y mide el Santuario de Dios y el altar, y a los que adoran en él», es decir, pesa y mide. Medir es determinar la cantidad de una cosa. Así, el ángel dijo: Pesa el Sanctasanctórum, y el altar, y a los que adoran en él; es decir, investiga cuál es su verdadera condición; descubre su rango y posición, sus logros, sus perfecciones, su conducta y sus atributos, e infórmate de los misterios de aquellas almas santas que ocupan el Sanctasanctórum, la posición de la pureza y la santidad.

«Pero el patio que está fuera del templo déjalo aparte, y no lo midas, porque ha sido entregado a los gentiles». Cuando Jerusalén fue conquistada al comienzo del s. VII de la era cristiana, el Santo de los Santos —es decir, el edificio que había erigido Salomón— fue preservado externamente, pero su patio exterior fue tomado y entregado a los gentiles.

«… pisotearán la Ciudad Santa 42 meses», es decir, los gentiles tomarán y subyugarán Jerusalén durante cuarenta y dos meses, lo que es igual a 1260 días o, considerando que cada día equivale a un año, 1260 años, que es la duración de la Dispensación coránica. Pues, según el texto de la Biblia, cada día es un año, tal como se dice en Ezequiel 4, 6: «llevarás la culpa de la casa de Judá durante cuarenta días. Yo te he impuesto un día por año».

Esta es una profecía acerca de la duración de la Dispensación del islam, cuando Jerusalén fue pisoteada, lo cual significa que fue deshonrada, mientras que el Sanctasanctórum se mantuvo protegido, resguardado y honrado. Ese estado de cosas continuó hasta el año 1260. Estos 1260 años constituyen una profecía acerca de la venida del Báb, la «Puerta» que conducía a Bahá’u’lláh, que tuvo lugar en el año 1260 de la Hégira. Habiéndose cumplido el período de 1260 años, la Ciudad Santa de Jerusalén está comenzando a prosperar y florecer nuevamente. Cualquiera que hubiese visto Jerusalén hace sesenta años, y que la vea nuevamente ahora, reconocerá cómo ha venido a prosperar y florecer, y cómo ha recuperado su honra.

Este es el sentido manifiesto de esos versículos del Apocalipsis de Juan, pero también tienen una interpretación interna y un significado simbólico, que es el siguiente. La religión de Dios consta de dos partes: una es la base misma y pertenece al dominio espiritual; es decir, trata de verdades espirituales y cualidades divinas. Esta parte no sufre cambio ni alteración: es el Sanctasanctórum, que constituye la esencia de la religión de Adán, Noé, Abraham, Moisés, Cristo, Muḥammad, el Báb y Bahá’u’lláh, y que perdurará a lo largo de todas las Dispensaciones proféticas. Jamás será abrogada, puesto que consiste en verdades espirituales y no materiales. Es fe, conocimiento, certidumbre, justicia, piedad, magnanimidad, confiabilidad, amor a Dios y caridad. Es misericordia con los pobres, ayuda a los oprimidos, generosidad para con los menesterosos y estímulo para los caídos. Es pureza, desprendimiento, humildad, tolerancia, paciencia y constancia. Estas son cualidades divinas. Estos mandamientos no serán jamás abrogados, sino que permanecerán vigentes y válidos por toda la eternidad. Estas virtudes humanas se renuevan en cada Dispensación; pues, al término de cada Dispensación, la ley espiritual de Dios, que consiste en las virtudes humanas, desaparece en su substancia y persiste solamente en su forma.

Así pues, al término de la Dispensación mosaica, que coincidió con el advenimiento de Cristo, la verdadera religión de Dios desapareció de entre los judíos, dejando tras de sí una forma sin espíritu. Ya no existía el Sanctasanctórum, pero el atrio exterior del Templo —que significa la forma externa de la religión— cayó en manos de los gentiles. De la misma manera, el corazón mismo de la religión de Cristo, que consiste en las virtudes humanas más elevadas, ya no existe, pero su forma externa ha quedado en manos de los sacerdotes y los monjes. Asimismo, la base de la religión de Muḥammad ya no existe, pero su forma externa permanece en manos de los teólogos musulmanes.

Sin embargo, esas bases de la religión de Dios que son espirituales y consisten en virtudes humanas nunca están sujetas a abrogación, sino que son eternas y permanentes, y se renuevan en cada Dispensación profética.

La segunda parte de la religión de Dios, que concierne al mundo material y tiene que ver con cosas como el ayuno, la oración, el culto, el matrimonio, el divorcio, la manumisión, normas legales, transacciones, penas y castigos por homicidio, asalto, robo y lesión, se cambia y modifica en cada Dispensación profética y puede ser abrogada, ya que las normas, transacciones, castigos y otras leyes están obligadas a cambiar según las exigencias de la época.

En síntesis, lo que se quiere decir con el término «Santo de los Santos» es esa ley espiritual que nunca puede ser cambiada ni abrogada, mientras que la «Ciudad Santa» es la ley material que, efectivamente, puede abrogarse; y esta ley material —la Ciudad Santa— había de ser pisoteada durante 1260 años.

«Pero haré que mis dos testigos profeticen durante 1260 días, cubiertos de sayal». Con estos dos testigos se da a entender Muḥammad, el Mensajero de Dios, y ‘Alí, hijo de Abú-Ṭálib. En el Corán se dice que Dios Se dirigió a Muḥammad, y Le dijo: «Te hemos enviado como un testigo, un anunciador y un amonestador», es decir, Te hemos establecido como un Ser que da testimonio, que difunde las buenas nuevas de lo que ha de venir y que advierte sobre la ira de Dios. Un «testigo» es aquel por cuya declaración se comprueban las cuestiones. Los mandamientos de estos dos testigos debían seguirse durante 1260 días, que corresponden a un año cada día. Ahora bien, Muḥammad era la raíz y ‘Alí, la rama, al igual que Moisés y Josué. Se dice que iban «cubiertos de sayal», lo que significa que parecían llevar no un ropaje nuevo, sino uno viejo. En otras palabras, al inicio no tendrían apariencia de ser importantes a los ojos de otras gentes, y su Causa no parecería nueva. Pues los principios espirituales de la religión de Muḥammad corresponden a los de Cristo según el Evangelio, y Sus mandamientos materiales corresponden en su mayoría a los de la Torá. Esto es lo que simboliza el ropaje antiguo.

«Ellos son los dos olivos y los dos candeleros que están en pie delante del Señor de la tierra». Estas dos Almas se han comparado con olivos, ya que en esa época todas las lámparas se encendían en la noche con aceite de oliva. En otras palabras, de estas dos Almas aparecerá el aceite de la sabiduría divina —que es causa de la iluminación del mundo— y mediante ellas brillarán y resplandecerán las luces de Dios. Asimismo, se han equiparado a candeleros. El candelero es el sitio de la luz y el lugar de donde proviene. De la misma manera, la luz de la guía irradiaba de esos Semblantes luminosos.

«Están en pie delante del Señor», es decir, se han dispuesto a servirle y educan a Sus criaturas. Por ejemplo, de tal manera educaron a las tribus bárbaras del desierto de la península arábiga que hicieron que alcanzaran las más elevadas cumbres de la civilización humana de la época y difundieran por todo el mundo su fama y renombre.

«Si alguien pretendiera hacerles mal, saldría fuego de su boca y devoraría a sus enemigos». Esto significa que ningún alma podría resistirse a su poder. Es decir, si alguien tratase de subvertir sus enseñanzas o su ley, sería rendido y vencido en virtud de esa ley que, breve o íntegramente, procedía de su boca. En otras palabras, emitirían un mandamiento que destruiría a cualquier enemigo que intentara dañarles u oponerse a ellos. Y así ocurrió, pues todos sus opositores fueron vencidos, dispersados y destruidos, y estos dos testigos fueron ayudados materialmente por el poder de Dios.

«Estos tienen poder de cerrar el cielo para que no llueva en los días en que profeticen…». Esto significa que regirían soberanamente en esa época. En otras palabras, la ley y las enseñanzas de Muḥammad y la presentación y los comentarios de ‘Alí son gracia celestial. Si desearan conceder esta gracia, estaría en su poder hacerlo, y si su deseo fuera otro, no caería la lluvia, queriéndose decir aquí con «lluvia» la efusión de gracia.

«Tienen también poder sobre las aguas para convertirlas en sangre…». Esto significa que la condición profética de Muḥammad era similar a la de Moisés, y el poder de ‘Alí era como el de Josué. Es decir, estaba en su poder, si así lo hubiesen querido, transformar las aguas del Nilo en sangre para los egipcios y los negadores; o, dicho de otra manera, convertir lo que era la fuente de su vida en causa de su muerte, a consecuencia de su ignorancia y orgullo. Así, la soberanía, la riqueza y el poder del Faraón y de su pueblo, que eran la fuente de la vida de esa nación, debido a su oposición, negación y orgullo, se convirtieron en la causa misma de su muerte, ruina, destrucción, degradación y miseria. De ahí que estos dos testigos tienen poder para destruir naciones.

«… y poder herir la tierra con toda clase de plagas, todas las veces que quieran». Esto significa que también estarían dotados de poder y ascendiente material, para educar a los obradores de iniquidad y las personificaciones de la opresión y la tiranía. Pues Dios había concedido a estos dos testigos un poder manifiesto y una fuerza oculta, y así es como reformaron y educaron a los perversos, sanguinarios e inicuos árabes del desierto, que eran como lobos y bestias voraces.

«Pero cuando hayan terminado de dar testimonio…», es decir, cuando hayan llevado a cabo lo que se les había ordenado, y hayan entregado el mensaje divino y promovido la religión de Dios, y esparcido por doquier Sus enseñanzas celestiales, a fin de que se manifiesten los signos de vida espiritual en las almas de los hombres, se irradie la luz de las virtudes humanas y esas tribus del desierto logren un progreso considerable,

«[…] la bestia que surja del abismo les hará la guerra, los vencerá y los matará». Esta bestia se refiere a los omeyas, quienes asediaron a estos testigos desde la sima del error. Y, de hecho, sucedió que los omeyas asediaron la religión de Muḥammad y la verdad de ‘Alí, que consisten en el amor de Dios.

«La bestia les hizo la guerra a los dos testigos». Con esto se quiere decir una guerra espiritual, que significa que la bestia actuaría oponiéndose completamente a las enseñanzas, la conducta y el carácter de estos dos testigos, a tal punto que las virtudes y perfecciones que, gracias a su poder, se habían difundido entre los pueblos y naciones, desaparecerían totalmente y pasarían a predominar las cualidades animales y los deseos carnales. En consecuencia, esta bestia libraría la guerra contra ellos y ganaría en ascendiente, lo cual significa que la oscuridad del error propagado por esta bestia prevalecería en todo el mundo y daría muerte a aquellos dos testigos; es decir, extinguiría la vida espiritual de entre las gentes, eliminaría sus leyes y enseñanzas divinas y pisotearía la religión de Dios, para dejar tras de sí nada más que un cuerpo muerto y sin alma.

«Y sus cuerpos muertos yacerán en la calle de la gran ciudad, que espiritualmente se llama Sodoma y Egipto, allí donde también fue crucificado nuestro Señor». Con «sus cuerpos» se quiere decir la religión de Dios, y con «la calle», exposición a la mirada pública. «Sodoma y Egipto, allí donde también fue crucificado nuestro Señor» se refiere a Siria y, especialmente, a Jerusalén, pues los Omeyas tenían su sede de poder en ese país y fue aquí donde primero desaparecieron la religión de Dios y las enseñanzas divinas, dejando tras sí nada más que un cuerpo sin alma. «Sus cuerpos» se refiere a la religión de Dios que permaneció como un cuerpo muerto y sin alma.

«Y gente de todos los pueblos, tribus, lenguas y naciones, contemplarán sus cadáveres por tres días y medio, y no permitirán que sus cadáveres sean sepultados». Como ya se ha explicado, en la terminología de las sagradas escrituras tres días y medio significan tres años y medio, y tres años y medio representan cuarenta y dos meses, y cuarenta y dos meses son 1260 días. Puesto que, según el texto explícito de la Biblia, cada día equivale a un año, esto significa que a lo largo de 1260 años, que es la duración de la Dispensación coránica, las naciones, tribus y pueblos verían sus cuerpos, es decir, tendrían la religión de Dios ante sus ojos, pero no actuarían en conformidad con ella. Aun así, no dejarían que esos cuerpos, que simbolizan la religión de Dios, fuesen sepultados. Es decir, se aferrarían a su forma externa y no permitirían que desapareciese totalmente de entre ellos ni dejarían que el cuerpo fuese destruido ni aniquilado completamente. Más bien, abandonarían su realidad, mientras que, exteriormente, mantenían su nombre y su recuerdo.

Lo que se da a entender aquí son las razas, pueblos y naciones que se habían reunido bajo la sombra del Corán. Estos son los que no permitirían que la Causa y la religión de Dios fuesen destruidas y aniquiladas externamente también. Así, se practicaba entre ellos alguna forma de oración y de ayuno, pero había desaparecido la base misma de la religión de Dios, que son un buen carácter, una conducta recta y el conocimiento de los misterios divinos; se había extinguido la luz de las virtudes humanas, que proceden del amor y el conocimiento de Dios; prevalecía la oscuridad de la opresión y la tiranía, de los deseos carnales y características satánicas; y, como un cadáver, el cuerpo de la religión de Dios estaba expuesto a la mirada pública.

A lo largo de 1260 días, cada día contado como un año, es decir, a lo largo de la duración de la Dispensación islámica, todo cuanto esas dos Personas habían establecido como fundamentos de la religión de Dios fue malogrado por sus seguidores. Hasta tal punto se borraron las huellas de las virtudes humanas —que son las dádivas de Dios y constituían el espíritu de esta religión— que desaparecieron la veracidad, la justicia, el amor, la concordia, la pureza, la santidad, el desprendimiento y todos los atributos celestiales, y lo que quedó de la religión fue meramente la oración y el ayuno. Esta situación se prolongó durante 1260 años, lo que corresponde a la Dispensación del Corán. Era como si esas dos Personas hubiesen muerto y sus cuerpos se hubieran quedado sin alma.

«Y los que moran en la tierra se regocijarán por ellos y se alegrarán, y se enviarán regalos unos a otros, porque estos dos profetas atormentaron a los que moran en la tierra». Con «los que moran en la tierra» se da a entender otros pueblos y naciones, como los de Europa y los de países distantes de Asia, quienes, al ver que el carácter del islam había cambiado totalmente, que se había abandonado la religión de Dios, que habían desaparecido la virtud, la decencia y el honor, y que los caracteres se habían pervertido, se regocijaban de que se hubiera corrompido la moral de los musulmanes y que, por tanto, estuvieran expuestos a ser derrotados por otras naciones. Y, en efecto, así ocurrió de la manera más visible. ¡Mira cómo ha sido humillado y subyugado este pueblo que otrora ejercía poder supremo!

Las otras naciones «se enviarán regalos», lo cual significa que se ayudarían unos a otros, porque «estos dos profetas habían atormentado a los habitantes de la tierra»; es decir, sometieron y subyugaron a los demás pueblos y naciones del mundo.

«Pero después de los tres días y medio, el aliento de vida de parte de Dios vino a ellos y se pusieron en pie, y gran temor cayó sobre quienes los contemplaban». Como hemos explicado, tres días y medio son 1260 años. Esas dos Personas cuyos cuerpos yacían sin alma, es decir, las enseñanzas y la religión que había establecido Muḥammad y que ‘Alí había promovido, cuya realidad se había desvanecido y de la que solo había quedado una forma vacía, fueron dotadas nuevamente de espíritu; es decir, aquellas enseñanzas fueron establecidas de nuevo. Equivale a decir que la espiritualidad de la religión de Dios que se había vuelto materialidad, las virtudes que se habían convertido en vicios, el amor a Dios que se había transformado en odio, la luz que se había vuelto oscuridad, las cualidades divinas que se habían transformado en atributos satánicos, la justicia que había llegado a ser tiranía, la misericordia que se había convertido en malevolencia, la sinceridad que había devenido hipocresía, la guía que se había vuelto error, la pureza que se había convertido en carnalidad: todas estas enseñanzas divinas, virtudes y perfecciones celestiales y dones espirituales se renovaron con el advenimiento del Báb y la adhesión de Quddús después de tres días y medio que, de acuerdo con la terminología de las escrituras sagradas, equivalen a 1260 años.

Así se difundieron las brisas de la santidad, resplandeció la luz de la verdad, llegó la primavera vivificadora y despuntó la aurora de la guía. Esos dos cuerpos muertos fueron nuevamente reavivados, y aparecieron estos dos grandes Personajes —uno Fundador, y el otro, promotor— y fueron como dos candiles, pues iluminaron al mundo entero con la luz de la verdad.

«Entonces oyeron una gran voz del cielo que les decía: Subid acá. Y subieron al cielo en la nube», lo cual significa que desde el cielo invisible oyeron la voz de Dios, que decía: “Habéis llevado a cabo todo cuanto se pedía en relación con educar a las gentes y llevarles las buenas nuevas de lo que ha de venir. Habéis entregado Mi mensaje al pueblo, habéis hecho el llamamiento de la Verdad y cumplido todas vuestras obligaciones. Ahora, al igual que Cristo, debéis dar la vida en el sendero del Amado y morir como mártires”. Y así se ocultaron aquel Sol de la Realidad y aquella Luna de la Guía, como Cristo, bajo el horizonte del sacrificio supremo, y ascendieron al dominio del Cielo.

«… y sus enemigos los vieron», es decir, después de su martirio muchos de sus enemigos se dieron cuenta de la sublimidad de su posición y la excelencia de sus virtudes, y atestiguaron su grandeza y sus perfecciones.

«En aquella misma hora hubo un gran terremoto y la décima parte de la ciudad se derrumbó, y siete mil personas murieron en el terremoto». Ese terremoto ocurrió en Shiraz después del martirio del Báb. La ciudad cayó en el caos y murieron muchas personas. Además, se produjo una gran conmoción a causa de enfermedades, el cólera, la escasez, el hambre, la inanición y otras aflicciones, una conmoción como nunca antes se había visto.

«Y los demás, aterrorizados, dieron gloria al Dios del cielo». Cuando ocurrió el terremoto en Fárs, los sobrevivientes gemían y se lamentaban día y noche, y se ocupaban en alabar e implorar a Dios. Tan grande era su miedo y agitación que de noche no hallaban descanso ni tranquilidad.

«El segundo ¡ay! ha pasado; he aquí, el tercer ¡ay! viene pronto». El primer «¡ay!» fue la venida del Apóstol de Dios, Muḥammad, hijo de ‘Abdu’lláh, con Él sea la paz. El segundo «¡ay!» fue el del Báb, glorificado y alabado sea Él. El tercer «¡ay!» es el gran Día del advenimiento del Señor de las Huestes y la revelación de la Belleza prometida. La explicación de este tema está en el capítulo treinta de Ezequiel, donde se dice: «Y vino a mí la palabra del Señor, diciendo: Hijo de hombre, profetiza y di: Así dice el Señor Dios: Gemid: ¡Ay de aquel día! Porque cerca está el día, sí, está cerca el día del Señor». Es evidente, por lo tanto, que el día de la aflicción es el día del Señor; porque, en ese día, desgraciados serán los descuidados, los pecadores y los ignorantes. Por eso se dice: «El segundo ¡ay! ha pasado; he aquí, el tercer ¡ay! viene pronto». Este tercer «¡ay!» es el día de la manifestación de Bahá’u’lláh, el Día de Dios, y es cercano al día de la aparición del Báb.

«El séptimo ángel tocó la trompeta, y hubo grandes voces en el cielo, que decían: “Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos”». Ese ángel se refiere a almas humanas que han sido dotadas de atributos celestiales e investidas de una naturaleza y disposición angelical. Se alzarán voces y se proclamará y divulgará la aparición de la Manifestación divina. Se anunciará que este día es el día del advenimiento del Señor de las Huestes, y esta Dispensación es la misericordiosa Dispensación de la Divina Providencia. Se ha prometido y ha quedado inscrito en todos los libros y textos sagrados que en este Día de Dios se establecerá Su soberanía divina y espiritual, se renovará el mundo, se insuflará nuevo espíritu en el cuerpo de la creación, dará comienzo la primavera divina, las nubes de la misericordia dejarán caer su lluvia, resplandecerá el Sol de la Verdad y soplarán las brisas vivificantes. El mundo de la humanidad lucirá un nuevo atuendo; la faz de la tierra llegará a ser como el altísimo paraíso; la humanidad será educada; desaparecerán la guerra, la disensión, la lucha y la contienda; predominarán la veracidad, la rectitud, la paz y la piedad; el amor, la concordia y la unión envolverán al mundo, y Dios gobernará por siempre jamás: es decir, se establecerá una soberanía espiritual y sempiterna. Así es el Día de Dios. Pues todos los días que han llegado y han pasado fueron los días de Abraham, Moisés, Cristo o de los demás Profetas, pero este día es el Día de Dios, por cuanto en él resplandecerá el Sol de la Verdad con la mayor intensidad y esplendor.

«Y los veinticuatro ancianos, que estaban sentados delante de Dios en sus tronos, se postraron sobre sus rostros, y adoraron a Dios, diciendo: Te damos gracias, Señor Dios Todopoderoso, Aquel que es y que era, y que ha de venir; porque has asumido Tu inmenso poder para establecer Tu reinado». En cada Dispensación ha habido doce escogidos: En la época de José hubo doce hermanos; en la época de Moisés hubo doce dirigentes o jefes de las tribus; en la época de Jesucristo, doce Apóstoles; y en la época de Muḥammad, doce Imames. Pero en esta gloriosa Revelación hay veinticuatro almas semejantes, el doble de todas las demás, pues así lo requiere su grandeza. Estas almas santas, sentadas en sus tronos, están en la presencia de Dios, lo cual significa que reinan eternamente.

Estas veinticuatro almas gloriosas, aunque están establecidas en el trono de la soberanía sempiterna, aun así, se postran en adoración y son humildes y sumisos ante esa Manifestación de Dios, y dicen: «Te damos gracias, Señor Dios Todopoderoso, Aquel que es y que era, y que ha de venir; porque has asumido Tu inmenso poder para establecer Tu reinado». Es decir, promulgarás todas Tus enseñanzas, reunirás a los pueblos del mundo bajo Tu sombra y unirás a todos los hombres bajo un mismo tabernáculo. Y, si bien la soberanía siempre ha pertenecido a Dios, y Él ha sido eternamente y continuará siendo siempre el Soberano supremo, en este caso se hace referencia a la soberanía de la Manifestación de Su propio Ser, Quien promulgará leyes y enseñanzas que son el espíritu mismo del mundo de la humanidad y la causa de la vida eterna. Esa Manifestación universal subyugará al mundo mediante un poder espiritual, no mediante la guerra y la contienda. Adornará el mundo con paz y armonía, no con espadas y lanzas. Establecerá esta soberanía divina a través del amor verdadero, no mediante el poderío militar. Promoverá estas enseñanzas divinas por medio de la amabilidad y la amistad, no por medio de la violencia y las armas. Aun cuando estas naciones y gentes, en vista de la divergencia de sus condiciones, la disparidad de sus costumbres y caracteres, y la diversidad de sus religiones y razas, son como el lobo y el cordero, el leopardo y el cabrito, y el lactante y la víbora, Él los educará de tal manera que se abrazarán unos a otros, se asociarán unos con otros y confiarán unos en otros. La antipatía racial, la animosidad religiosa y la rivalidad entre las naciones serán borradas por completo, y todos lograrán perfecta camaradería y completa armonía a la sombra del Árbol Bendito.

«Y se airaron las naciones», por cuanto Tus enseñanzas se oponían a los deseos egoístas de las otras naciones, pero «tu ira ha venido», lo cual quiere decir que todos sufrieron dolorosa pérdida por no seguir Tus consejos, advertencias y enseñanzas, quedaron privados de la gracia sempiterna, y ocultos a la luz del Sol de la Verdad.

«Y el tiempo de juzgar a los muertos» significa que ha llegado el momento en que los muertos —es decir, aquellos que están privados del espíritu del amor de Dios y carecen de esa vida santa y sempiterna— serán juzgados con equidad, es decir, cada uno será resucitado conforme a su mérito y capacidad, y se divulgará por completo la verdad acerca de las profundidades de la degradación que ocupa en este mundo de la existencia y de cómo ha de ser contado realmente entre los muertos.

«Y de dar el galardón a tus siervos los profetas, a los santos, y a los que temen tu nombre, a los pequeños y a los grandes», es decir que separarás a los justos y les concederás Tu gracia ilimitada, harás que brillen como estrellas del cielo en el horizonte de la antigua gloria, y les ayudarás a exhibir un comportamiento y carácter que iluminen el mundo de la humanidad, y lleguen a ser los medios de guía y la causa de vida sempiterna en el Reino divino.

«Y de destruir a los que destruyen la tierra», es decir que desposeerás a los desatentos; pues se pondrá al descubierto la ceguera de los ciegos y se hará evidente la vista de los que ven; se reconocerá la ignorancia e insensatez de los exponentes del error y se pondrá de manifiesto el conocimiento y la sabiduría de los que han sido rectamente guiados; y así serán destruidos los que destruyen.

«Y el templo de Dios fue abierto en el cielo». Esto quiere decir que la divina Jerusalén ha aparecido y el Santo de los Santos se ha puesto de manifiesto. Entre los dotados de verdadero conocimiento, el Santo de los Santos se refiere a la esencia de la religión de Dios y Sus verdaderas enseñanzas, que no han sufrido cambio a lo largo de todas las Dispensaciones proféticas, como se ha explicado anteriormente, mientras que Jerusalén engloba la realidad de la religión de Dios, que es el Santo de los Santos, así como todas las leyes, las transacciones, los ritos y las disposiciones materiales que constituyen la ciudad. Es por eso que se llama la Jerusalén celestial. En resumen, en el curso de la Dispensación del Sol de la Verdad, las luces divinas brillarán con el mayor esplendor, y así la esencia de las enseñanzas divinas se hará realidad en el mundo del ser, se disipará la oscuridad de la ignorancia y la insensatez, el mundo llegará a ser otro mundo, la iluminación espiritual abarcará a todos, y de ahí que aparecerá el Santo de los Santos.

«Y el templo de Dios fue abierto en el cielo». Esto significa también que, gracias a la diseminación de estas enseñanzas divinas, el descubrimiento de estos misterios celestiales y el amanecer del Sol de la Verdad, las puertas del progreso y de los avances se abrirán de par en par, y se pondrán de manifiesto los signos de las bendiciones y dones celestiales.

«Y el arca de su testamento fue vista en su templo…». Esto significa que el Libro de Su Alianza aparecerá en Su Jerusalén, se inscribirá la Tabla del Testamento, y el significado de la Alianza y el Testamento se hará evidente. El llamamiento de Dios resonará por todo el Oriente y el Occidente, y el mundo se llenará con el renombre de la Causa de Dios. Los violadores de la Alianza serán humillados y degradados, y los fieles alcanzarán honor y gloria, pues se adhieren tenazmente al Libro de la Alianza y permanecen firmes y constantes en el camino del Testamento.

«… y se produjeron relámpagos, y fragor, y truenos, y temblor de tierra y fuerte granizada», lo cual significa que, después de la aparición del Libro de la Alianza, habrá una gran tempestad, destellará el relámpago de la ira y la cólera divinas, retumbará el trueno de la violación de la Alianza, el temblor de la duda sacudirá la tierra, la granizada de los tormentos caerá sobre los violadores de la Alianza, y los que afirman creer serán sometidos a pruebas y dificultades.