Contestación a unas preguntas
13. Comentario al capítulo duodécimo del Apocalipsis de Juan
Hemos explicado antes que lo que las sagradas escrituras a menudo dan a entender por la Ciudad Santa o la divina Jerusalén es la religión de Dios, que a veces ha sido comparada con una novia, o bien llamada «Jerusalén», o representada como el nuevo cielo y la nueva tierra. Así, en Apocalipsis, capítulo 21, se dice: «Vi entonces un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían dejado de existir, y el mar tampoco existía ya. Vi también que la ciudad santa, la nueva Jerusalén, descendía del cielo, de Dios, ataviada como una novia que se adorna para su esposo. Entonces oí que desde el trono salía una potente voz, la cual decía: «Aquí está el tabernáculo de Dios con los hombres. Él vivirá con ellos, y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos y será su Dios».
Observa cómo «el primer cielo» y «la primera tierra» se refieren de manera inequívoca a los aspectos materiales de la anterior religión. Pues se dice que «habían dejado de existir, y el mar tampoco existía ya». Es decir, la tierra es el escenario del juicio final, y en este escenario ya no habrá mar, queriendo decir que la ley y las enseñanzas de Dios se habrán difundido por todo el mundo, toda la humanidad habrá abrazado Su Causa y la tierra se habrá poblado en su totalidad por los fieles. Así, ya no habrá mar, pues el hombre habita en tierra sólida y no en el mar: es decir, en esa Dispensación la esfera de influencia de esa religión abarcará todos los países que haya pisado el hombre y se establecerá en terreno firme donde los pies no tropiezan.
Asimismo, la religión de Dios se describe como la Ciudad Santa o la Nueva Jerusalén. Está claro que la Nueva Jerusalén que desciende del cielo no es una ciudad de piedra y cal, de ladrillos y mortero, sino más bien la religión de Dios que desciende del cielo y se describe como nueva. Pues es obvio que la Jerusalén que está construida de piedra y mortero no desciende del cielo y no se renueva, sino que lo que se renueva es la religión de Dios.
Además, a la religión de Dios se la compara con una novia engalanada que aparece con suma elegancia, como se dice en el capítulo 21 del Apocalipsis de Juan: «Vi también que la ciudad santa, la nueva Jerusalén, descendía del cielo, de Dios, ataviada como una novia que se adorna para su esposo». Y en el capítulo 12 se dice: «Apareció en el cielo una gran señal: una mujer vestida del sol, con la luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas». Esta mujer es esa novia, la religión de Dios, que descendió sobre Muḥammad. El sol con el que estaba vestida y la luna que estaba bajo sus pies son los dos gobiernos que se encuentran al amparo de esa religión, el persa y el otomano, pues el emblema de Persia es el sol y el del Imperio Otomano es la luna creciente. Luego, ese sol y esa luna aluden a dos gobiernos que están al amparo de la religión de Dios. Posteriormente se dice: «sobre su cabeza una corona de doce estrellas». Estas doce estrellas representan a los doce Imames, que fueron los promotores de la religión de Muḥammad y educadores de la nación, y brillaban como estrellas en el cielo de la guía.
Luego se dice: «Y estando encinta, clamaba con dolores de parto, en la angustia del alumbramiento», lo cual significa que esta religión padecerá grandes dificultades y sobrellevará gran fatiga y aflicción hasta que de ella surja un vástago perfecto: es decir, hasta que la siguiente Manifestación prometida, que es un vástago perfecto, crezca en el seno de esta religión, que es como su madre. Este vástago quiere decir el Báb, el Punto Primordial, que ciertamente nació de la religión de Muḥammad. En otras palabras, esa sagrada Realidad que era el hijo y el resultado de la religión de Dios —su madre— y que era el Prometido que esperaba, nació en el reino celestial de esa religión, pero fue llevado ante el trono de Dios para eludir el dominio del dragón. Al cabo de 1260 años, el dragón fue destruido y se hizo manifiesto el vástago de la religión de Dios, el Prometido.
«También apareció otra señal en el cielo: he aquí un gran dragón rojo, con siete cabezas y diez cuernos; y en sus cabezas, siete diademas; y su cola arrastró la tercera parte de las estrellas del cielo, y las arrojó sobre la tierra». Este dragón representa a los omeyas, que se hicieron con las riendas de la religión de Muḥammad; y las siete cabezas y siete coronas representan los siete dominios y reinos que llegaron a gobernar: el dominio romano en Siria; el persa, el árabe y los dominios egipcios; el dominio de África, es decir, Túnez, Marruecos y Argelia; el dominio de Andalucía, que ahora es España, y el dominio de las tribus turcas de Transoxania. Los omeyas sometieron a todos estos dominios. Los diez cuernos representan los nombres de los gobernantes omeyas, pues, sin contar las repeticiones, son diez soberanos, o diez nombres de jefes y gobernantes. El primero es Abú-Sufyán y el último es Marwán. Algunos de sus nombres están repetidos: dos veces Mu‘áwiya, tres veces Yazíd, dos Walíd, y dos Marwán. Sin embargo, si se cuentan solo una vez, suman en total diez. Estos omeyas —el primero de los cuales fue Abú-Sufyán, el antiguo gobernante de la Meca y fundador de la dinastía, y el último, Marwán— destruyeron a un tercio de las almas santas y consagradas que descendían del linaje puro de Muḥammad, y que eran como las estrellas del cielo.
«Y el dragón se paró frente a la mujer que estaba para dar a luz, a fin de devorar a su hijo tan pronto como naciese». Esta mujer es la religión de Dios, como ya se ha explicado. El que el dragón se detuviera delante de ella significa que estaba al acecho para devorar al hijo tan pronto como naciera. Este hijo era la Manifestación prometida, que es el vástago de la religión de Muḥammad. Los omeyas estaban ansiosos de apoderarse del Prometido que iba a aparecer del linaje de Muḥammad, para destruirlo y aniquilarlo, ya que tenían gran temor de Su venida. Y, por ello, cuando encontraban a un descendiente de Muḥammad que era respetado por la gente, le daban muerte.
«Y ella dio a luz un hijo varón, que regirá con vara de hierro a todas las naciones». Este glorioso hijo es la Manifestación prometida, nacida de la religión de Dios y criada en el seno de las enseñanzas divinas. La vara de hierro es un símbolo de fuerza y poder —no es una espada— y significa que Él pastoreará a todas las naciones del mundo en virtud de Su poder y dominio divinos. Y con este hijo se quiere decir el Báb.
«Su hijo fue llevado ante el trono de Dios». Esta es una profecía relativa al Báb, Quien ascendió al Reino, el Trono de Dios y Sede de Su soberanía. Observa con qué exactitud se ajusta esto a lo que sucedió realmente.
«Y la mujer huyó al desierto…», es decir, la religión de Dios se trasladó al desierto, que significa el extenso desierto de Ḥijáz y la península arábiga.
«… donde tenía un lugar preparado por Dios…»; es decir, la península arábiga llegó a ser el hogar, la morada y el centro focal de la religión de Dios.
«… para ser sustentada allí, por mil doscientos sesenta días». Conforme a la terminología de la Biblia, estos 1260 días significan 1260 años, tal como se explicó anteriormente. Así, durante 1260 años la religión de Dios fue promovida en el extenso desierto de Arabia, hasta que apareció el Prometido. Después de estos 1260 años, esa religión dejó de tener efecto, pues se había manifestado el fruto de ese árbol y se había producido su resultado.
¡Observa con qué exactitud se corresponden ambas profecías! El Libro del Apocalipsis fija el advenimiento del Prometido después de cuarenta y dos meses. El profeta Daniel precisa tres tiempos y medio, lo cual también son cuarenta y dos meses o 1260 días. Otro pasaje del Apocalipsis de Juan menciona directamente 1260 días, y se indica explícitamente en la Biblia que cada día significa un año. Nada podría ser más claro que esta concordancia de las profecías entre sí. El Báb apareció en el año 1260 de la Hégira, que es el punto de partida del calendario que siguen todos los musulmanes. No hay en la Biblia profecías más claras para ninguna otra Manifestación. Si hemos de ser justos, la concordancia entre los tiempos indicados por estas Almas gloriosas es la prueba más concluyente, y de ningún modo puede estar sujeta a otra interpretación. Bienaventurados los imparciales que buscan la verdad.
Sin embargo, cuando hay falta de justicia, la gente desafía, pone en duda y niega lo evidente. Su conducta es como la de los fariseos del tiempo de Cristo, quienes negaban obstinadamente las interpretaciones y explicaciones que daban los Apóstoles y, deliberadamente, oscurecían la verdad frente a las masas ignorantes, diciendo: «Estas profecías no se aplican a Jesucristo, sino al Prometido que aparecerá dentro de poco tiempo en las condiciones mencionadas en la Torá», entre ellas, que sería un rey, que se sentaría en el trono de David, pondría en vigor la ley de la Torá, inauguraría la máxima justicia, y haría que el lobo y el cordero bebieran de la misma fuente. Y así cubrieron con un velo al pueblo y les impidieron reconocer a Cristo.
Buscar en este libro
Escribe una palabra para buscar en este libro.