Contestación a unas preguntas
14. Ciclos materiales y espirituales
En este mundo material, el tiempo tiene ciclos cambiantes y el lugar está sujeto a condiciones variables. Las estaciones se siguen unas a otras, y las personas progresan, retroceden y se desarrollan. En un lugar es primavera, y en otro, otoño; en un punto es verano, y en otro, invierno.
La temporada vernal trae nubes cargadas de lluvia y brisas almizcladas, céfiros vivificantes y temperaturas delicadamente suaves. Cae la lluvia; el Sol brilla; soplan vientos vigorizantes; el mundo se renueva y el hálito de la vida se revela por igual en las plantas, los animales y los humanos. Los seres terrenales pasan de una condición a otra. Todas las cosas se revisten de un ropaje nuevo: la tierra oscura se cubre de abundante hierba, los montes y los llanos se adornan con un manto verde esmeralda, los árboles despliegan hojas y capullos, los jardines producen flores y perfumadas hierbas, el mundo se transforma en otro mundo y toda la creación se imbuye de nueva vida. La tierra, que era como un cuerpo sin alma, encuentra un nuevo espíritu y exhibe suma belleza, elegancia y encanto. Así, la primavera produce nueva vida e infunde un nuevo espíritu.
Luego llega el verano, cuando se intensifica el calor y el crecimiento y desarrollo se manifiestan con toda su pujanza. La fuerza de la vida llega a su plenitud en el reino vegetal: aparecen los frutos y las mieses, viene el tiempo de la cosecha, la semilla se convierte en gavilla y se guardan provisiones para los meses de invierno.
Después viene el otoño inexorable, cuando se desatan vendavales malsanos y llega la estación de la carencia y la escasez. Todo se marchita; el aire agradable se vuelve áspero y frío; las brisas de la primavera se transforman en ráfagas otoñales; los árboles, antes verdes y frondosos, quedan exhaustos y desnudos; las flores y las hierbas desaparecen, apenadas; y los delicados jardines se vuelven cúmulos de tierra sombría.
Sigue luego la estación invernal, cuando soplan fríos vientos y se levantan tempestades. Hay nieve y tormentas, granizo y lluvia, rayos y truenos, y se afianzan el letargo y el adormecimiento. Las plantas parecen muertas y los animales languidecen y se consumen.
Alcanzada esta etapa, vuelve una vez más la primavera vivificadora y se inaugura un ciclo nuevo. La primavera levanta su carpa en las montañas y los llanos con sus huestes de vitalidad y delicadeza, en la plenitud de su grandeza y majestad. Otra vez reviven los templos de las cosas creadas y se renueva la generación de los seres contingentes. Crecen y se desarrollan los cuerpos vivientes, reverdecen los campos y las llanuras, brotan flores de los árboles y regresa una vez más la primavera del año anterior en toda su majestad y gloria. De estos ciclos y sucesiones depende la existencia misma de las cosas, y se perpetúa a través de los mismos. Así son los ciclos y las revoluciones del mundo material.
De igual manera proceden los ciclos relacionados con los Profetas de Dios. Es decir, el día del advenimiento de las Santas Manifestaciones es la primavera espiritual. Es esplendor divino y gracia celestial; es el soplo de la brisa de la vida y el amanecer del Sol de la Verdad. Los espíritus se reavivan, los corazones se renuevan, las almas se refinan, toda la creación se pone en movimiento, y las realidades humanas se regocijan y aumentan sus logros y perfecciones. Se logra progreso universal, las almas se reúnen, y los muertos son vivificados, pues es el día de la resurrección, la época de ebullición y fermentación, la hora de la alegría y el regocijo, y el tiempo de arrobamiento y abandono.
Luego, esa primavera conmovedora lleva a un fructífero verano. Se proclama la Palabra de Dios, se promulga Su Ley, y todo llega a un estado de perfección. Se extiende la mesa celestial, las brisas de la santidad perfuman el Oriente y el Occidente, las enseñanzas de Dios conquistan al mundo entero, se educan las almas, se producen loables resultados, se consigue progreso universal en el reino humano, los favores divinos envuelven todas las cosas y el Sol de la Verdad resplandece en el horizonte del Reino celestial en el apogeo de su intensidad y fuerza.
Cuando ese Sol llega a su cenit, comienza a declinar, y a esa estación veraniega del espíritu le sigue el otoño. Se detienen el crecimiento y el desarrollo; las suaves brisas se convierten en vientos asoladores, y la estación de la escasez y la carencia disipa la vitalidad y la belleza de los jardines, los campos y los prados. Es decir, se extinguen las atracciones espirituales, decaen las cualidades divinas, se atenúa el resplandor de los corazones, se opaca la espiritualidad de las almas, las virtudes se transforman en vicios, y la santidad y la pureza dejan de existir. De la ley de Dios no queda más que el nombre, y de las enseñanzas divinas, solamente una apariencia. Se destruyen y aniquilan los fundamentos de la religión de Dios, y su lugar lo ocupan meras costumbres y tradiciones; aparecen divisiones, y la firmeza se convierte en vacilación. Los espíritus se desvanecen, los corazones se marchitan y las almas languidecen.
Llega el invierno, es decir, el frío de la ignorancia, y la inconsciencia envuelve al mundo, y predomina la oscuridad de los deseos rebeldes y egoístas. Sobrevienen la apatía y la arrogancia, con indolencia y necedad, degradación y cualidades animales, frialdad e insensibilidad de piedra, igual que cuando en el invierno el globo terrestre se ve privado de la influencia de los rayos del Sol y se vuelve desierto y desolado. Cuando el dominio de las mentes y pensamientos llega a esta etapa, no queda nada más que muerte perpetua e inexistencia sin fin.
No obstante, cuando el invierno ha completado su curso, regresa nuevamente la primavera espiritual y un nuevo ciclo revela su esplendor. Soplan las brisas del espíritu, despunta la radiante mañana, las nubes del Misericordioso dejan caer su lluvia, brillan los rayos del Sol de la Verdad, y el mundo de la existencia queda investido con nueva vida y adornado con un maravilloso atuendo. En esta nueva estación reaparecen todas las señales y mercedes de la primavera anterior, y tal vez incluso otras mayores.
Los ciclos espirituales del Sol de la Verdad, al igual que los ciclos del Sol material, están en un estado de perpetuo movimiento y renovación. El Sol de la Verdad se puede comparar con el Sol material, que sale de muchos puntos diferentes. Un día sale en el signo de Cáncer, y otro, en el de Libra; un día emite sus rayos desde el signo de Acuario, y otro, desde el de Aries. Aun así, el Sol es un único Sol y una sola realidad. Los que poseen verdadero conocimiento son amantes del Sol y no están apegados a sus puntos de amanecer. Aquellos que están dotados de perspicacia son buscadores de la verdad misma, no de sus exponentes y manifestaciones. Así, se postran en adoración al Sol en cualquier signo y en cualquier horizonte que aparezca, y buscan la verdad en cualquier alma santificada que la revele. Esas personas descubren inevitablemente la verdad y no hay velo que las separe de la luz del Sol del firmamento divino. Así, el amante de los rayos y el buscador de la luz siempre se vuelven hacia el Sol, ya sea que brille en el signo de Aries o brinde su gracia desde el signo de Cáncer o proyecte sus rayos desde el signo de Géminis.
Sin embargo, los necios y los ignorantes están enamorados de los signos zodiacales y embelesados con los puntos de amanecer, no con el Sol mismo. Cuando estaba en Cáncer se dirigieron hacia este, pero cuando pasó a Libra siguieron apegados al signo anterior y, fijando la mirada en ese signo y aferrándose a él, se privaron a sí mismos de los rayos del Sol cuando ya se había trasladado. Así, en cierta época, el Sol de la Verdad derramó sus rayos desde el signo de Abraham; posteriormente, amaneció en el signo de Moisés e iluminó el horizonte; y más tarde aun, brilló en el signo de Cristo con suma fuerza, calor y luz. Los que buscaban la verdad le rindieron culto dondequiera que lo vieron, pero los que estaban apegados a Abraham, tan pronto como ese Sol derramó sus rayos sobre el Sinaí e iluminó la realidad de Moisés, se privaron de él. Y a los que se aferraban a Moisés, tan pronto como el Sol de la Verdad derramó su luz celestial en todo su esplendor desde el punto de Cristo, se quedaron asimismo velados, y así sucesivamente.
En consecuencia, debemos buscar la verdad y quedar embelesados y cautivados con cualquier alma santificada en que la encontremos, y llegar a estar totalmente atraídos por la efusión de la gracia de Dios. Como mariposas nocturnas, debemos ser amantes de la luz, en cualquier lámpara en que brille; y, cual ruiseñores, enamorarnos de la rosa, en cualquier pérgola en que florezca.
Si el Sol saliera del poniente, seguiría siendo el Sol. Efectivamente, cualquiera que sea su punto de salida, es el Sol. No se debe suponer que su aparición está limitada a un solo punto, excluyendo a los otros puntos. No debemos cegarnos porque salga en el oriente y considerar el poniente como su lugar de puesta y declive. Debemos buscar la múltiple gracia de Dios, sondear los resplandores divinos y quedar embelesados y cautivados por cualquier realidad donde se hallen claros y evidentes. Observa que si los judíos no se hubiesen apegado al horizonte de Moisés sino que hubiesen dirigido la mirada hacia el Sol de la Verdad, sin duda, habrían visto brillar a ese Sol en la plenitud de su divino esplendor en aquel verdadero punto de amanecer que fue Cristo. Pero, ¡mil veces ay!, se aferraron al nombre de Moisés y se privaron de esa merced divina y de ese esplendor celestial.
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