Contestación a unas preguntas
16. Realidades inteligibles y su expresión a través de formas perceptibles
Hay un punto que es clave para comprender la esencia de los otros temas que hemos tratado o vamos a tratar; a saber, que el conocimiento humano es de dos clases.
Uno es el conocimiento adquirido por medio de los sentidos. Lo que el ojo, el oído o los sentidos del olfato, el gusto o el tacto pueden percibir se denomina «perceptible». Por ejemplo, el Sol es perceptible, ya que puede verse. Asimismo, los sonidos son perceptibles, pues el oído los puede oír; los olores también lo son, pues el sentido del olfato los puede aspirar y percibir; los alimentos, igual, pues el paladar puede percibir su dulzura, su acidez, su amargor o su salinidad; asimismo, el calor y el frío, ya que puede percibirlos el sentido del tacto. Estas se llaman realidades perceptibles.
La otra clase de conocimiento humano es el de las cosas inteligibles; es decir, consiste en realidades inteligibles que no tienen forma material ni ocupan lugar, y no son perceptibles. Por ejemplo, el poder de la mente no es perceptible, ni lo es ninguno de los atributos humanos: se trata de realidades inteligibles. De igual modo, el amor es una realidad inteligible, y no perceptible. Pues el oído no oye estas realidades, el ojo no las ve, el olfato no las siente, el gusto no las detecta, ni las percibe el tacto. Incluso el éter —cuyas fuerzas se dice en la filosofía natural que son el calor, la luz, la electricidad y el magnetismo— es una realidad inteligible, y no perceptible. Asimismo, la propia naturaleza es una realidad inteligible y no perceptible; el espíritu humano es una realidad inteligible, y no perceptible.
Mas cuando alguien se propone expresar esas realidades inteligibles, no le queda más recurso que ponerlas en el molde de lo perceptible ya que, externamente, no existe nada fuera de lo perceptible. Así, cuando alguien desea expresar la realidad del espíritu y sus condiciones y grados, se ve obligado a describirlos en términos de cosas perceptibles, dado que, externamente, no hay nada excepto lo perceptible. Por ejemplo, la pena y la alegría son realidades inteligibles, pero cuando alguien desea expresar esas condiciones espirituales dice «tengo el corazón apesadumbrado», o «mi corazón saltó de alegría», aunque literalmente el corazón no pesa más, ni se eleva. Más bien se trata de una condición espiritual o inteligible, para cuya expresión se requiere usar términos relacionados con la percepción. Otro ejemplo se da cuando alguien dice «tal persona ha avanzado mucho», aunque ha permanecido en el mismo lugar, o bien, «tal persona ocupa un puesto elevado», en tanto que sigue caminando sobre la tierra, como todos los demás. Este elevamiento y avance son condiciones espirituales y realidades inteligibles, pero para expresarlas hay que usar términos relacionados con la percepción, puesto que, externamente, no existe nada más allá de lo perceptible.
Por citar otro ejemplo, el conocimiento se describe figuradamente como luz, y la ignorancia, como oscuridad; pero piensa: ¿es el conocimiento una luz perceptible, o la ignorancia, una oscuridad perceptible? Desde luego que no. Son solo condiciones inteligibles, pero cuando alguien desea expresarlas materialmente llama luz al conocimiento y oscuridad a la ignorancia, y dice: «tenía el corazón apagado y se me iluminó». Ahora bien, la luz del conocimiento y la oscuridad de la ignorancia son realidades inteligibles, no perceptibles, pero nos vemos obligados a darles una forma perceptible cuando deseamos expresarlas materialmente.
Así, es evidente que la paloma que descendió sobre Cristo no fue una paloma física, sino una condición espiritual expresada en términos relativos a la percepción, en beneficio de la comprensión. Por ejemplo, en el Antiguo Testamento se dice que Dios apareció como una columna de fuego. Ahora bien, lo que se quiere decir no es una forma perceptible, sino una realidad inteligible que se ha expresado en esa forma.
Cristo dice: «El Padre está en el Hijo, y el Hijo está en el Padre». Ahora bien, ¿estaba Cristo dentro de Dios, o Dios, dentro de Cristo? ¡No, por Dios! Se trata de una condición inteligible que se ha expresado en una forma perceptible.
Llegamos a la explicación de las palabras de Bahá’u’lláh, cuando dice: «¡Oh Rey! Yo era un hombre como los demás, dormido en Mi lecho, cuando he aquí que las brisas del Todoglorioso soplaron sobre Mí y Me enseñaron el conocimiento de todo lo que ha sido. Esto no procede de Mí, sino de Aquel que es Todopoderoso y Omnisciente». Esta es la condición de la revelación divina. No es una realidad perceptible, sino una realidad inteligible. Está más allá del pasado, el presente y el futuro, y los trasciende. Es una comparación y una analogía, una metáfora y no una verdad literal. No es la condición que comúnmente interpreta la mente humana cuando se dice que alguien estaba dormido y luego se despertó, sino que significa la transición de un estado a otro. Por ejemplo, el sueño es el estado de reposo y la vigilia es el estado de movimiento. El sueño es el estado de silencio y la vigilia es el estado de la expresión. El sueño es el estado de ocultación, y la vigilia, el de manifestación.
Por ejemplo, en persa y árabe se dice que la tierra estaba dormida, llegó la primavera, y despertó; o que la tierra estaba muerta, llegó la primavera, y volvió a nacer. Estas expresiones son comparaciones, analogías, símiles e interpretaciones figuradas en el dominio de los significados interiores.
En resumen, las Manifestaciones de Dios siempre han sido y continuarán siendo Realidades luminosas y, en su esencia, no se produce nunca cambio, ni alteración. A lo sumo, antes de su revelación, están en quietud y silencio, como un ser dormido, y después de su revelación son elocuentes y luminosos, como un ser despierto.
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