Contestación a unas preguntas

21. El pan y el vino

Pregunta: Cristo dijo: «Yo soy el pan vivo bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre». ¿Qué significan estas palabras?

Respuesta: Con este pan se quiere decir el alimento celestial de las perfecciones divinas. En otras palabras, quien participe de este alimento, es decir, quien obtenga la efusión de gracia divina, atraiga la iluminación de Su luz y reciba su parte de las perfecciones de Cristo, alcanzará la vida sempiterna. Asimismo, lo que se quiere decir con sangre es el espíritu de la vida, que consiste en perfecciones divinas, esplendores celestiales y gracia eterna. Pues todas las partes del cuerpo adquieren el alimento de la vida por medio de la circulación de la sangre.

En Juan 6, 26 se dice: «Vosotros me buscáis, no porque habéis visto señales, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado». Es evidente que los panes de los que comieron los discípulos hasta saciarse eran la gracia divina, pues en el versículo treinta y tres de ese mismo capítulo se dice: «Porque el pan de Dios es aquel que baja del cielo y da la vida al mundo». Es evidente que el cuerpo de Cristo no descendió del cielo, sino que provino del vientre de María: lo que descendió del cielo de Dios fue el espíritu de Cristo. Los judíos, dando por hecho que Cristo hablaba de Su cuerpo, se oponían a ello, tal como registra el versículo cuarenta y dos del mismo capítulo: «Y decían: ¿no es este Jesús, hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo puede decir ahora: he bajado del cielo?»

Mira qué evidente es que lo que Cristo quería decir con el pan del cielo era Su espíritu, Su gracia omnímoda, Sus perfecciones y Sus enseñanzas; pues en el versículo sesenta y tres del capítulo mencionado se dice: «El espíritu es el que da vida; la carne no sirve para nada».

Por tanto, se ha hecho evidente que el espíritu de Cristo era una dádiva celestial que descendió del cielo, y quien reciba las efusiones de este espíritu —es decir, abrace sus enseñanzas celestiales— alcanzará vida eterna. Así, en el versículo treinta y cinco se dice: «Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed».

Observad que Él expresa «venir a Él» como comer, y «creer en Él», como beber. Luego queda claramente establecido que el alimento celestial consiste en las mercedes divinas, los esplendores espirituales, las enseñanzas celestiales y las omnímodas verdades de Cristo, y que comer significa acercarse a Él y beber significa creer en Él. Pues Cristo tenía un cuerpo elemental y un cuerpo celestial. El cuerpo elemental fue crucificado, mas el cuerpo celestial está vivo, es imperecedero y es fuente de la vida eterna. El cuerpo elemental era Su naturaleza humana, y el cuerpo celestial, Su naturaleza divina. ¡Bendito sea Dios! Algunos imaginan que el pan de la Eucaristía es la realidad de Cristo, y que la Divinidad y el Espíritu Santo han descendido a este y están allí presentes, en tanto que a los pocos minutos de tomar la Eucaristía, se desintegra completamente y se transforma en su totalidad. ¿Cómo puede entonces concebirse tal error? ¡Suplico perdón a Dios por tan solemne fantasía!

La intención de estas palabras es que, mediante la manifestación de Cristo, se difundieron las sagradas enseñanzas —que son gracia sempiterna—, brillaron las luces de la guía y se confirió el espíritu de vida a las realidades humanas. Quien se dejó guiar correctamente halló la vida, y a quien permaneció extraviado le sobrevino la muerte sempiterna. Aquel pan descendido del cielo era el cuerpo celestial de Cristo y Sus elementos espirituales, de los cuales comieron los discípulos y mediante los cuales alcanzaron la vida eterna.

Los discípulos habían tomado muchas comidas de manos de Cristo; ¿por qué entonces llegó a destacarse la última cena? Se hace, pues, evidente que el pan celestial no se refiere a este pan material, sino al alimento divino del cuerpo espiritual de Cristo, es decir, la gracia divina y las perfecciones celestiales de las que participaron Sus discípulos y con las que se saciaron.

Considera también que, cuando Cristo bendijo el pan y se lo dio a Sus discípulos, diciéndoles: «Este es Mi cuerpo», estaba presente con ellos de manera visible y clara, en cuerpo y en persona, y no se transformó en pan y vino. Si se hubiese convertido en el mismo pan y vino, no podría haber permanecido claramente visible frente a ellos en cuerpo y en persona.

Queda claro, entonces, que el pan y el vino eran símbolos, que significaban: Os han sido dadas Mi gracia y Mis perfecciones y, ya que habéis participado de esta abundante gracia, habéis logrado la vida sempiterna y habéis obtenido vuestra parte y porción del alimento celestial.