Contestación a unas preguntas
29. Pecado y remisión
Pregunta: En I Corintios 15, 22 está escrito: «Pues del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo». ¿Cuál es el significado de estas palabras?
Respuesta: Has de saber que en el ser humano hay dos naturalezas: la material y la espiritual. La naturaleza material se hereda de Adán, en tanto que la naturaleza espiritual se hereda de la realidad de la Palabra de Dios, que es la espiritualidad de Cristo. La naturaleza material nace de Adán, mas la naturaleza espiritual nace de la gracia del Espíritu Santo. La naturaleza material es la fuente de toda imperfección y la naturaleza espiritual es la fuente de toda perfección.
Cristo Se sacrificó para que la humanidad se librara de las imperfecciones de la naturaleza material y fuese dotada con las virtudes de la naturaleza espiritual. Esta naturaleza espiritual, que ha llegado a existir por la gracia de la Realidad Divina, es la suma de todas las perfecciones y procede del hálito del Espíritu Santo; constituye las perfecciones divinas; es luz, espiritualidad, guía, exaltación, magnanimidad, justicia, amor, generosidad, amabilidad con todos y obras caritativas: es vida sobre la vida. Esta naturaleza espiritual es la refulgencia de los esplendores del Sol de la Verdad.
Cristo es el punto focal del Espíritu Santo; ha nacido del Espíritu Santo; ha sido levantado por el Espíritu Santo; desciende del Espíritu Santo; es decir, Su Realidad no proviene del linaje de Adán sino que ha nacido del Espíritu Santo. El significado de I Corintios 15, 22, donde dice: «Pues del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo», es, por tanto, el siguiente: A Adán se le designa comúnmente como el «padre de la humanidad», es decir que es la causa de la vida material de la humanidad y ocupa la posición de paternidad material. Es un alma viviente, aunque no un alma que otorga vida, en tanto que Cristo es causa de la vida espiritual del ser humano y, con respecto al espíritu, ocupa la posición de paternidad espiritual. Adán es un alma viviente; Cristo es un espíritu que otorga vida.
En este mundo material el ser humano está supeditado a la fuerza de deseos instintivos, de los que el pecado es consecuencia inevitable, pues estos deseos no están sometidos a las leyes de la justicia y la rectitud. El cuerpo humano es prisionero de la naturaleza y actúa en conformidad con cuanto esta le dicta. De ello se desprende que en el mundo material deben existir pecados, como la ira, la envidia, la beligerancia, la codicia, la avaricia, la ignorancia, el rencor, la corrupción, la soberbia y la crueldad. Todos estos atributos brutales existen en la naturaleza del hombre. Una persona privada de educación espiritual es como un animal, como aquellos habitantes de África cuyas acciones, costumbres y moralidad son puramente instintivas y que actúan según los dictados de la naturaleza, hasta el punto de hacerse pedazos y comerse unos a otros. Por tanto, se hace evidente que el mundo material del ser humano es un mundo de pecado, y en este plano el hombre no se distingue del animal.
Todo pecado responde a los dictados de la naturaleza. Estos dictados de la naturaleza, que se cuentan entre los sellos distintivos de la existencia corpórea, no son pecados respecto al animal, pero sí lo son respecto al ser humano. El animal es la fuente de imperfecciones como la ira, la lujuria, la envidia, la codicia, la crueldad y la soberbia. Todas estas cualidades censurables se encuentran en la naturaleza del animal y no constituyen pecados con relación al animal, en tanto que sí son pecados con relación al ser humano.
Adán es la causa de la vida material del hombre, pero la realidad de Cristo, es decir, la Palabra de Dios, es la causa de su vida espiritual. Es un espíritu que da vida, lo que significa que todas las imperfecciones que impone la vida material del hombre son transformadas en perfecciones humanas, mediante la instrucción y guía de esa Esencia del desprendimiento. Es por eso que Cristo fue un espíritu otorgador de vida y la causa de la vida espiritual de todo el género humano.
Adán fue la causa de la vida material, y puesto que el mundo material del ser humano es el dominio de las imperfecciones, y puesto que la imperfección equivale a la muerte, Pablo comparó a Adán con la muerte.
Pero la mayoría de los cristianos creen que Adán pecó y cometió una trasgresión al comer del árbol prohibido; que las horribles y desastrosas consecuencias de esta transgresión fueron heredadas por Sus descendientes para siempre, y que, de esta forma, Adán se ha convertido en la causa de la muerte del hombre. Esta explicación es irracional y claramente errónea, pues implica que todos los seres humanos, incluidos los Profetas y Mensajeros de Dios, sin haber cometido falta ni pecado alguno, y por la única razón de ser descendientes de Adán, se volvieron pecadores culpables y padecieron los tormentos del infierno hasta el día del sacrificio de Cristo. Esto estaría muy lejos de la justicia de Dios. Si Adán fue un pecador, ¿cuál fue el pecado de Abraham? ¿Qué falta cometieron Isaac y José? ¿Cuál fue la transgresión de Moisés?
Sin embargo, Cristo, que era la Palabra de Dios, Se sacrificó. Esto tiene dos significados: uno externo y otro verdadero. El significado externo es el siguiente: Puesto que Cristo Se proponía fomentar una Causa que conllevaba la educación de la raza humana, la revivificación de los hijos de los hombres y la iluminación de toda la humanidad, y puesto que el promover tan grande Causa —una Causa que suscitaría la hostilidad de todos los pueblos de la tierra y habría de resistir la oposición de toda nación y gobierno— iba a ocasionar el derramamiento de Su sangre y a llevar a Su crucifixión y muerte, por todo ello, en el momento de revelar Su misión, ofrendó Su vida, aceptó gustoso la cruz como Su trono, consideró cada herida un bálsamo, y todo veneno, dulcísima miel, y Se dispuso a instruir y guiar a las gentes. Es decir, Se sacrificó para conferir el espíritu de vida, y pereció en cuerpo para revivificar a otros en espíritu.
Ahora bien, el segundo significado del sacrificio es este: Cristo fue como una semilla, y esta semilla sacrificó su forma a fin de que el árbol creciera y se desarrollara. Si bien la forma de la semilla fue destruida, su realidad se puso de manifiesto en la forma externa del árbol, con consumada majestad y belleza.
La posición de Cristo era la de absoluta perfección. Esas divinas perfecciones brillaron como el sol sobre todos los creyentes, y las efusiones de esa luz se pusieron de manifiesto y resplandecieron en sus realidades. Por eso Él dice: «Soy el pan que baja del cielo, para que quien lo coma no muera», es decir, quienquiera que participe de este alimento divino obtendrá vida eterna. Así, todo el que participó de esta gracia y obtuvo una porción de estas perfecciones halló vida eterna, y todo el que buscó iluminación de Su antigua gracia se libró de la oscuridad del error y fue iluminado por la luz de la guía.
La forma de la semilla se sacrificó en aras del árbol, pero sus perfecciones se revelaron y se pusieron de manifiesto en virtud de este sacrificio: el árbol, sus ramas, sus hojas y sus flores estaban latentes y ocultas dentro de la semilla, pero cuando se sacrificó la forma de la semilla, sus perfecciones se manifestaron plenamente en las hojas, las flores y los frutos.
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