Contestación a unas preguntas
31. Blasfemia contra el Espíritu Santo
Pregunta: «Y al que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará; pero al que la diga contra el Espíritu Santo, no se le perdonará ni en este mundo ni en el otro».
Respuesta: Las santas realidades de las Manifestaciones de Dios tienen dos rangos espirituales: uno corresponde al estado de manifestación divina, que puede compararse con la esfera solar, y el otro al de resplandor y revelación, que puede asemejarse a la luz y las perfecciones divinas, es decir, el Espíritu Santo. Pues el Espíritu Santo es la abundante gracia y las perfecciones de Dios, y estas perfecciones divinas son como los rayos y el calor del Sol. Pues bien, el Sol es el Sol en virtud de sus rayos resplandecientes; sin esos rayos no sería el Sol. Si las perfecciones de Dios no se hubiesen revelado y manifestado en Jesús, no sería Cristo. Él es una Manifestación de Dios precisamente porque en Él están reveladas las perfecciones divinas. Los Profetas de Dios son Manifestaciones, y las perfecciones divinas —es decir, el Espíritu Santo— son lo que se pone de manifiesto en ellos.
Si un alma se aleja de la Manifestación, puede no obstante despertar, ya que puede no haberle conocido ni aceptado como la Encarnación de las perfecciones divinas. Mas si detesta las perfecciones divinas mismas, que son el Espíritu Santo, esto muestra que, igual que un murciélago, odia la luz.
Este odio a la luz misma es irremediable e imperdonable; es decir, es imposible que semejante alma se acerque a Dios. Esta lámpara que vemos es una lámpara debido a su luz; sin luz no sería una lámpara. Un alma que aborrezca la luz de la lámpara es, por así decirlo, ciega y no puede percibir la luz, y esta ceguera es la causa de su eterna carencia.
Es evidente que las almas reciben la gracia que proviene de las efusiones del Espíritu Santo que son patentes en las Manifestaciones de Dios, y no de la personalidad individual de la Manifestación. Por consiguiente, si un alma no participa de las efusiones del Espíritu Santo, permanece privada de la gracia de Dios, y esta carencia misma equivale a negarse el perdón divino.
Por ello ha habido muchas personas que se opusieron a las Manifestaciones de Dios, sin darse cuenta de que eran Manifestaciones, pero hicieron amistad con ellas cuando las reconocieron. En consecuencia, la enemistad hacia la Manifestación de Dios no fue causa de eterna privación, pues esas personas eran enemigas del candelabro y desconocían que se trataba de la sede de la resplandeciente luz de Dios. No eran enemigas de la luz misma y, una vez que entendieron que el candelabro era la sede de la luz, se convirtieron en amigos verdaderos.
Lo que queremos decir es que la lejanía del candelabro no es la causa de eterna privación, ya que uno puede todavía despertar y ser guiado rectamente, pero la enemistad hacia la luz misma es la causa de eterna perdición y no tiene remedio.
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