Contestación a unas preguntas
36. Las cinco clases de espíritu
Has de saber que, en general, existen cinco clases de espíritu. Primero está el espíritu vegetal, que es el poder resultante de la composición y combinación de los elementos conforme a la sabiduría y el decreto del Altísimo, y de la mutua disposición de estos, de su influencia sobre otras cosas creadas y su interconexión con ellas. Cuando estas partes y elementos se separan, deja de existir también el poder de crecimiento respectivo. Por poner una analogía, la electricidad resulta de la composición de ciertas partes constituyentes y, tan pronto estas partes se separan, inmediatamente se disipa y se pierde la fuerza eléctrica. Lo mismo ocurre con el espíritu vegetal.
Luego está el espíritu animal, que también resulta de la combinación de elementos reunidos en una sola composición. Pero esta composición es más completa y cuando, por decreto del Señor todopoderoso, alcanza un grado más elevado de combinación, aparece el espíritu animal, que consiste en la facultad de los sentidos. Esta facultad percibe las realidades sensibles: lo que se puede ver, oír, saborear, oler o tocar. Después de la separación y disolución de estos elementos compuestos, naturalmente este espíritu deja también de existir. Es como esta lámpara que tenemos delante: cuando se unen el aceite, la mecha y la llama, se produce la luz; pero cuando se acaba el aceite, se consume la mecha y se separan las partes constituyentes, también se extingue y se pierde la luz.
En cuanto al espíritu humano, es como un cristal y como la bondad del Sol. Es decir, el cuerpo humano, que está compuesto a partir de los elementos, es la forma más perfecta de composición y combinación, la organización más elevada, la constitución más noble y la más perfecta de todas las cosas existentes. Crece y se desarrolla gracias al espíritu animal. Este cuerpo perfecto puede compararse con un espejo, y el espíritu humano, con el Sol: si se rompe el cristal o se destruye el espejo, la efusiva gracia del Sol no sufre ningún daño y continúa sin cejar.
Este espíritu consiste en la facultad del descubrimiento, que abarca todas las cosas. Todas las señales prodigiosas, todas las artes y descubrimientos, todas las empresas formidables y los acontecimientos históricos memorables de los que tienes conocimiento han sido descubiertos por este espíritu y traídos del reino invisible al plano visible gracias a su poder espiritual. Así, habita en la tierra y, sin embargo, hace descubrimientos en los cielos, y deduce lo desconocido a partir de realidades conocidas y visibles. Por ejemplo, una persona se encuentra en este hemisferio pero, mediante la facultad de la razón, como hizo Colón, descubre otro diferente: el continente americano, que era desconocido hasta entonces. Su cuerpo pesa, pero vuela por los aires con vehículos de su propia invención. Su movimiento es lento, pero viaja con rapidez por el este y el oeste, con ayuda de los artefactos que ha diseñado. En resumidas cuentas, esta facultad abarca todas las cosas.
Ahora bien, este espíritu humano tiene dos aspectos: uno divino y otro satánico; es decir, es capaz de llegar a la máxima perfección o a la mayor imperfección. Si adquiere virtudes, es lo más noble de todo y, si adquiere vicios, se convierte en lo más vil.
Por lo que respecta al cuarto grado del espíritu, se trata del espíritu celestial, que es el espíritu de fe y la efusiva gracia del Todomisericordioso. Este espíritu procede del hálito del Espíritu Santo y, mediante un poder nacido de Dios, llega a ser causa de la vida sempiterna. Es ese poder que hace que el alma terrenal se vuelva celestial y el hombre imperfecto se vuelva perfecto. Purifica al alma impura, desata la lengua de los taciturnos, libera a los cautivos de la pasión y el deseo, y confiere conocimiento a los ignorantes.
El quinto grado del espíritu es el Espíritu Santo, que es el mediador entre Dios y Su creación. Es como un espejo orientado hacia el Sol: igual que un espejo impoluto recibe los rayos del Sol y refleja su bondad a otros, el Espíritu Santo es el mediador de la luz de la santidad, y la transmite del Sol de la Verdad a las almas puras. Este Espíritu está adornado con todas las perfecciones divinas. Siempre que aparece, el mundo vuelve a renacer, se inicia un ciclo nuevo y el cuerpo de la humanidad se engalana con un nuevo atuendo. Es como la primavera: cuando viene, lleva al mundo de una condición a otra. Pues a la llegada de la primavera, la tierra oscura, los campos y los prados se tornan verdes y lozanos, brotan todo tipo de flores y hierbas aromáticas, los árboles cobran vida de nuevo, se producen frutos maravillosos y se inaugura un nuevo ciclo.
Lo mismo ocurre con la manifestación del Espíritu Santo: cada vez que aparece, confiere nueva vida al mundo de la humanidad y dota de nuevo espíritu a las realidades humanas. Reviste toda la existencia con un glorioso atuendo, disipa la oscuridad de la ignorancia y hace resplandecer la luz de las perfecciones humanas. Ese es el poder con el que Cristo renovó este ciclo, de forma que la primavera divina erigió su pabellón en el reino de la humanidad con la mayor vitalidad y delicadeza y, con sus vivificantes brisas, impregnó de suaves aromas los sentidos de las almas iluminadas.
De igual manera, la manifestación de Bahá’u’lláh fue una nueva época vernal que apareció con las dulces fragancias de la santidad, con las huestes de la vida sempiterna y con un poder nacido del reino celestial. Él estableció el trono de la soberanía de Dios en el corazón mismo del mundo y, mediante el poder del Espíritu Santo, hizo revivir las almas y dio paso a un ciclo nuevo.
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