Contestación a unas preguntas

37. La relación entre Dios y Sus Manifestaciones

Pregunta: ¿Cuál es la realidad de la Divinidad y su relación con las Auroras del esplendor del Señor y los Puntos de Amanecer de la luz del Todomisericordioso?

Respuesta: Has de saber que la realidad de la Divinidad y la naturaleza de la Esencia Divina es santidad inefable y absoluta trascendencia; es decir, está totalmente por encima y mucho más allá de toda alabanza. Con relación a esta posición, todos los atributos asignados a los niveles más elevados de la existencia son mera imaginación. Lo Invisible e Inaccesible jamás podrá ser conocido; la Esencia absoluta nunca podrá ser descrita. Pues la Esencia Divina es una realidad que abarca todas las cosas, y todas las cosas creadas están abarcadas por ella. No hay duda de que aquello que todo lo abarca debe ser mayor que lo abarcado y, por tanto, lo abarcado no puede en modo alguno descubrir aquello que lo abarca, ni comprender su realidad. Por mucho que avancen las mentes humanas, y aunque alcancen el nivel más elevado de comprensión humana, el límite extremo de esta comprensión es apreciar las señales y atributos de Dios en el mundo de la creación, y no en el dominio de la Divinidad. Pues la esencia y los atributos del gloriosísimo Señor están atesorados en las alturas inaccesibles de lo trascendente, y la mente y comprensión humana jamás hallarán un camino hasta esa posición. «El camino está bloqueado, y toda búsqueda, denegada».

Es evidente que todo cuanto el ser humano comprende es consecuencia de su existencia, y que el ser humano es una señal del Todomisericordioso. ¿Cómo puede, entonces, la consecuencia de la señal abarcar al Creador de esa señal? Es decir, ¿cómo puede comprender a Dios el entendimiento humano, el cual es consecuencia de la existencia del hombre? Así pues, la realidad de la Divinidad está fuera del alcance de toda comprensión y se halla oculta a las mentes de todos, y ascender a esa posición es totalmente imposible.

Observamos que toda cosa inferior es incapaz de comprender la realidad de lo que es más elevado. Así, por mucho que evolucionen, la piedra, la tierra o el árbol jamás podrán comprender la realidad del ser humano o imaginar las facultades de la vista, el oído o los demás sentidos, aun cuando aquellos y estas sean ambos cosas creadas. Luego, ¿cómo puede el hombre, una mera criatura, comprender la realidad de la exaltadísima Esencia del Creador? Ningún entendimiento humano podrá aproximarse a esta posición, ninguna expresión podrá desentrañar su verdad, ni alusión alguna dar a entender su misterio. ¿Qué tiene que ver una mota de polvo con el mundo de la trascendencia, y qué relación podrá jamás haber entre la mente limitada y la amplitud del reino ilimitado? Las mentes son incapaces de comprenderle a Él, y las almas quedan desconcertadas cuando intentan describir Su realidad. «La vista no puede percibirle, pero Él percibe toda visión. Él es el Sutil, el Informado de todo».

Así, a este respecto, cualquier aseveración o explicación es deficiente, cualquier descripción o caracterización es impropia, cualquier concepción carece de fundamento, y es inútil todo intento de contemplar sus profundidades. Sin embargo, para esa Esencia de esencias, esa Verdad de verdades, ese Misterio de misterios, hay esplendores, reflejos, manifestaciones e imágenes en el mundo de la existencia. Las fuentes de esos reflejos, los puntos de amanecer de esas revelaciones y los manantiales de esas manifestaciones son aquellos Exponentes de la santidad, aquellas Realidades universales y Seres divinos que son los verdaderos espejos de la exaltadísima Esencia de la Divinidad. Todas las perfecciones, todos los favores y esplendores del único Dios verdadero son claramente visibles en las realidades de Sus Santas Manifestaciones, de la misma manera que la luz del Sol se refleja plenamente, con todas sus perfecciones y favores, en un espejo claro y sin mancha. Y, si se dice que los espejos son las manifestaciones del Sol y los puntos de amanecer del astro del mundo, no se pretende dar a entender que el Sol ha descendido desde las alturas de su santidad o se ha personificado en el espejo, ni que esa Realidad ilimitada ha sido circunscrita a este plano visible. ¡En absoluto! Esa es la creencia de los antropomorfistas. Al contrario: todas estas descripciones, todas estas expresiones de alabanza y gloria se refieren a estas santas Manifestaciones; es decir, cualquier descripción, alabanza, nombre o atributo de Dios que mencionemos aluden a ellos. Pero ningún alma ha podido jamás desentrañar la realidad de la Esencia de la Divinidad para estar en condiciones de darla a entender, describirla, alabarla o glorificarla. Por tanto, todo cuanto la realidad humana sabe, descubre y entiende acerca de los nombres, atributos y perfecciones de Dios se refiere a estas santas Manifestaciones y no conduce a ninguna otra parte: «El camino está bloqueado, y toda búsqueda, denegada».

No obstante, asignamos ciertos nombres y atributos a la realidad de la Divinidad y Lo alabamos por Su vista, Su oído, Su poder, Su vida y Su conocimiento. Afirmamos estos nombres y atributos no para afirmar las perfecciones de Dios, sino para negar que tenga imperfección alguna.

Cuando observamos el mundo contingente, vemos que la ignorancia es imperfección y el conocimiento es perfección, y por ello decimos que la exaltada Esencia de la Divinidad es omnisciente. La debilidad es imperfección y el poder es perfección, y por ello decimos que esa exaltada y divina Esencia es omnipotente. No es que podamos entender Su conocimiento, Su vista, Su oído, Su fuerza o Su vida, tal como son en sí mismas. No hay duda de que ello sobrepasa nuestra comprensión, pues los nombres y atributos esenciales de Dios son idénticos a Su Esencia, y Su Esencia está muy por encima de todo entendimiento. Si los atributos esenciales no fuesen idénticos a la Esencia, habría una multiplicidad de preexistencias, y la distinción entre la Esencia y los atributos estaría también firmemente establecida y sería preexistente. Pero eso implicaría una cadena infinita de preexistencias, lo cual es un error evidente.

De ello se desprende que todos estos nombres, atributos, alabanzas y elogios se refieren a las Manifestaciones de Dios; y todo cuanto podamos inferir o concebir fuera de estos es mera imaginación, ya que nunca podremos encontrar un camino al Invisible e Inaccesible. Así, se ha dicho: «Todo lo que vanamente creéis haber discernido y expresado en los términos más sutiles no es más que algo creado, igual que vosotros, y regresa a vosotros mismos».

Es evidente que, si intentamos concebir la realidad de la Divinidad, ese concepto sería lo contenido y nuestra mente sería el continente, y ¡no hay duda de que el continente es mayor que lo contenido! De ello se desprende que cualquier realidad que pudiésemos concebir acerca de la Divinidad, fuera de la realidad de las santas Manifestaciones, no sería más que una mera ilusión, toda vez que no hay manera de aproximarse a esa Realidad Divina que está totalmente fuera del alcance de la mente. Y todo lo que pudiéramos concebir es pura imaginación.

Observa, entonces, cómo las gentes del mundo están dando vueltas alrededor de sus propias imaginaciones y adorando los ídolos de sus propios pensamientos y fantasías, sin percatarse en lo más mínimo de que lo hacen. Toman estas vanas imaginaciones como si fueran esa Realidad que está por encima de todo entendimiento y mucho más allá de toda alusión. Se consideran a sí mismos los proponentes de la Unidad Divina, y a todos los demás, adoradores de ídolos, aun cuando los ídolos poseen al menos una existencia mineral, en tanto que los ídolos de los pensamientos e imaginaciones humanas son mera ilusión y no tienen siquiera la existencia de las piedras. «Sacad pues una lección de ello, vosotros que tenéis visión».

Has de saber que los atributos de la perfección, las efusiones de la gracia divina y los resplandores de la revelación divina brillan con fulgor en todas las Manifestaciones de Dios, pero la omnímoda Palabra de Dios —Cristo— y Su Más Grande Nombre —Bahá’u’lláh— han aparecido con una revelación que supera toda concepción. Pues no solo poseen todas las perfecciones de las Manifestaciones anteriores, sino que demuestran también, por encima de estas, perfecciones que hacen que todas las demás sean como sus seguidoras. Así, todos los profetas de Israel fueron receptores de revelación divina, como lo fue también Cristo, ¡pero qué grande es la diferencia entre la revelación de Aquel que era la Palabra de Dios y la inspiración de un Isaías, un Jeremías o un Elías!

Observa que la luz consiste en vibraciones del éter que estimulan los nervios del ojo, con lo cual se produce la visión. Ahora bien, aunque las vibraciones del éter existen tanto en la lámpara como en el Sol, ¡qué grande es la diferencia entre la luz del Sol y la de las estrellas o la de una lámpara!

El espíritu humano manifiesta ciertas señales y muestras en la etapa del embrión, y otros esplendores y evidencias distintas en las etapas de la niñez, la adolescencia y la madurez. El espíritu es el mismo, pero en la etapa embrionaria carece de las facultades de la vista y el oído, mientras que en las etapas de la adolescencia y la madurez aparece con el mayor brillo y esplendor. De igual modo, al comienzo de su crecimiento, la semilla aparece solo como una hoja, que es el lugar de aparición del espíritu vegetal; y en la etapa de la fructificación, ese mismo espíritu, es decir, la facultad de crecimiento, se pone de manifiesto en la plenitud de su perfección; y, sin embargo, ¡qué lejos está la posición de la hoja de la posición de la fruta! Pues a partir de la fruta aparecerán con el tiempo cien mil hojas, aunque todas crecen y se desarrollan mediante el mismo espíritu vegetal. Detente a reflexionar, pues, sobre la diferencia entre las virtudes y perfecciones de Cristo y el brillo y los esplendores de Bahá’u’lláh, por una parte, y, por otra, las virtudes de los profetas de la Casa de Israel, como Ezequiel o Samuel. Todos recibieron revelación divina, pero entre ellos hay una distancia inmensurable.