Contestación a unas preguntas
38. Los tres rangos de las Manifestaciones divinas
Has de saber que, aunque las Manifestaciones de Dios poseen infinitas virtudes y perfecciones, tienen solamente tres rangos. El primero es el de la realidad material; el segundo es el de la realidad humana, que es el del alma racional; y el tercero es el rango de la manifestación divina y del esplendor celestial.
En cuanto a la realidad material, tiene origen en el tiempo, pues está compuesta de elementos, y toda composición tiene necesariamente que acabar por descomponerse. De hecho, es imposible que la composición no vaya seguida de la desintegración.
El segundo rango es el correspondiente al alma racional, que es la realidad humana. Este también tiene un principio, y las Manifestaciones de Dios lo comparten con toda la humanidad.
El tercer rango es el de la manifestación divina y del esplendor celestial, que es la Palabra de Dios, la Gracia eterna y el Espíritu Santo. Esta realidad no tiene principio ni fin, pues la condición de primero y de último pertenecen al mundo contingente y no al mundo de Dios. Para Dios, el principio y el fin son lo mismo. De manera similar, el cálculo de días, semanas, meses y años, del ayer y del hoy, se hace con respecto a la Tierra; pero, en el Sol, tal cosa no se conoce: no hay ni ayer, ni hoy ni mañana, ni tampoco meses ni años: todos son iguales. Asimismo, la Palabra de Dios está por encima de todas estas condiciones y más allá de toda ley, restricción o limitación que pueda existir en el mundo contingente.
Has de saber que, aunque las almas humanas han existido en la Tierra durante una miríada de edades y ciclos, no obstante, el alma humana tiene un origen. Y, dado que es una señal de Dios, una vez que ha sido creada, es sempiterna. El espíritu humano tiene un comienzo, pero no tiene fin: persiste para siempre. Asimismo, las diversas especies que se encuentran en la Tierra tienen un origen en el tiempo, pues todos reconocen que hubo una época en la que estas especies no existían en ningún lugar de la superficie terrestre y, de hecho, hubo un tiempo en el que la Tierra misma no existía. Pero el mundo de la existencia siempre ha existido, pues no se limita a este globo terráqueo.
Con ello queremos decir que, aunque las almas humanas tienen un origen, son inmortales, perdurables y sempiternas. Pues el mundo de las cosas es un mundo de imperfecciones en relación con el mundo del ser humano, y el mundo del ser humano es un mundo de perfección en relación con el de las cosas. Cuando las cosas imperfectas alcanzan la etapa de la perfección, llegan a ser eternas. Esto se aporta como ejemplo; procura entender su verdadero sentido.
Pues bien, la realidad de la condición profética, que es la Palabra de Dios y el estado de perfecta manifestación divina, no tiene ni principio ni fin, pero su resplandor varía al igual que el del Sol. Por ejemplo, apareció en el signo de Cristo con el mayor brillo y esplendor, y esto es eterno e imperecedero. Mira cuántos reyes que han conquistado el mundo, y cuántos ministros y gobernantes sabios, han venido y se han ido, y todos han caído en el olvido, mientras que las brisas de Cristo siguen todavía difundiéndose en el día de hoy, aún brilla Su luz, aún se alza Su llamamiento, aún se despliega Su estandarte, aún batallan Sus ejércitos, aún se escucha Su dulce voz, aún descienden lluvias vivificadoras desde Sus nubes, aún relampaguean Sus rayos, aún es clara e indiscutible Su gloria, aún es radiante y luminoso Su esplendor; y lo mismo puede decirse de toda alma que se cobija a Su sombra y recibe Su luz.
Por lo tanto, es evidente que las Manifestaciones de Dios poseen tres rangos: el rango físico, el rango del alma racional y el rango de manifestación divina y esplendor celestial. La realidad corporal inevitablemente perecerá. En cuanto a la realidad del alma racional, pese a tener principio, no tiene fin y está dotada de vida sempiterna. Pero en cuanto a aquella santa Realidad de la que Cristo dice «El Padre está en el Hijo», no tiene ni principio ni fin: su «principio» se refiere simplemente a la revelación que Él hace de Su propio rango. Así, a modo de analogía, Él asimila Su silencio al sueño: una persona que está en silencio es como alguien que está dormido, y cuando habla es como si hubiera despertado. Aun así, la persona dormida y la despierta son la misma persona: no ha habido ningún cambio en su realidad, su excelsitud, su sublimidad, su realidad interior o su naturaleza innata. Es simplemente que la condición de silencio se ha asemejado a la del sueño, y la de manifestación, al estado de vigilia. Ya sea que duerma o esté despierta, la persona es siempre la misma: el sueño es simplemente un estado posible, y la vigilia, otro. Es por ello que el período de silencio se compara con el sueño, y el período de manifestación y guía, con el estado de vigilia.
En el Evangelio se dice: «En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios». Por consiguiente, Cristo no obtuvo Su rango mesiánico y Sus perfecciones en el momento de Su bautismo, cuando el Espíritu Santo descendió sobre Él en la forma de una paloma. Más bien, la Palabra de Dios siempre ha existido y perdurará por siempre, en las más sublimes alturas de la trascendencia.
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