Contestación a unas preguntas
39. La realidad humana y divina de las Manifestaciones
Anteriormente dijimos que las Manifestaciones de Dios tienen tres realidades: primero, la material, que pertenece al cuerpo humano; segundo, la individual, es decir, el alma racional; y tercero, el rango de manifestación celestial, que consiste en las perfecciones divinas y es la fuente de la vida del mundo, la educación de las almas, la guía de las gentes y la iluminación de toda la creación.
Lo corporal es de naturaleza humana y está sujeto a la desintegración, ya que es una composición de elementos y lo que está compuesto de elementos debe necesariamente descomponerse y dispersarse.
Pero la realidad individual de las Manifestaciones del Todomisericordioso es una realidad trascendente, y lo es porque supera en esencia y atributos a todas las cosas creadas. Es como el Sol que, en virtud de su naturaleza intrínseca, debe inevitablemente producir luz y no puede compararse con ningún satélite. Por ejemplo, las partes constitutivas del Sol no pueden en modo alguno compararse con las de la Luna. La composición y el orden de aquel, necesariamente, producen rayos, mientras que las partes constitutivas de esta precisan obtener luz, no producirla. Así, las demás realidades humanas son almas que, como la Luna, obtienen su luz del Sol, pero esa Realidad trascendente es luminosa en sí misma y por sí misma.
La tercera realidad es la de la gracia divina, la revelación de la belleza del Anciano de Días, y la refulgencia de las luces del Señor eterno y omnipotente. Las realidades individuales de las santas Manifestaciones no se pueden disociar de la gracia y la revelación divinas, de la misma manera que la masa corpórea del Sol no puede separarse de su luz. Así, la ascensión de las santas Manifestaciones es simplemente el abandono de su cuerpo, que está compuesto de elementos. Por ejemplo, observa la lámpara que alumbra esta hornacina. Sus rayos pueden dejar de iluminar la hornacina si esta se destruye, pero no cesa el abundante favor de la lámpara en sí. La gracia preexistente de las santas Manifestaciones es como la luz, sus realidades individuales son como el cristal, y sus templos humanos, como la hornacina: si la hornacina se destruye, la lámpara sigue brillando. Las Manifestaciones de Dios son como muchísimos espejos diferentes, cada uno con su propia individualidad distintiva, pero lo que se refleja en estos espejos es el mismo y único Sol. Por tanto, es evidente que la realidad de Cristo es distinta a la de Moisés.
No cabe duda de que, desde el principio, esa Realidad trascendente es consciente del secreto de la existencia y, desde la niñez, las señales de grandeza se manifiestan en Su persona. ¿Cómo entonces, a pesar de semejantes favores y perfecciones, no habría de ser consciente de Su propio rango?
Hemos mencionado las tres realidades de las Manifestaciones de Dios: su existencia corpórea, su realidad individual y el rango de manifestación divina perfecta, que puede compararse con el Sol, su luz y su calor. Las demás personas también comparten la realidad corporal y el alma racional: el espíritu y la mente. Así, los pasajes que dicen «Me encontraba dormido cuando la brisa de Dios Me acarició suavemente y Me despertó de Mi sueño» son semejantes a las palabras de Cristo cuando dice «La carne está llena de dolor, mas el espíritu se regocija», o también «Estoy afligido», o «Estoy tranquilo», o «Estoy preocupado»: todo esto se refiere a la realidad corporal y no tiene relación con la realidad individual ni con el rango de manifestación de la Realidad Divina. Considera, por ejemplo, que el cuerpo de la persona puede sufrir miles de vicisitudes, de las que el espíritu permanece totalmente ajeno. Incluso es posible que algunos miembros del cuerpo estén completamente discapacitados y la esencia de la mente no se vea afectada por ello. Una prenda de vestir puede sufrir un sinnúmero de roturas y rasgaduras y, sin embargo, el portador puede permanecer indemne. Así, las palabras de Bahá’u’lláh «Me encontraba dormido cuando la brisa de Dios Me acarició suavemente y Me despertó de Mi sueño» se refieren al cuerpo.
En el mundo de Dios no existe pasado, ni presente ni futuro: todos son la misma cosa. De modo que, cuando Cristo dijo «En el principio existía la Palabra», quería decir que era, es y será, pues en el mundo de Dios no existe el tiempo. El tiempo tiene dominio sobre las criaturas, pero no sobre Dios. Así, en la oración donde Cristo dice «Santificado sea Tu nombre», el significado es que Tu nombre era, es y será santificado. Igualmente, mañana, mediodía y tarde existen en relación con la Tierra, pero en el Sol no hay ni mañana, ni mediodía, ni tarde.
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