Contestación a unas preguntas

44. Las amonestaciones que Dios ha dirigido a los profetas

Pregunta: En las sagradas escrituras se han dirigido palabras de amonestación a los Profetas de Dios. ¿A quién van dirigidas y a quién se refieren en última instancia?

Respuesta: Toda expresión divina que tome la forma de una amonestación, aunque aparentemente vaya dirigida a los Profetas de Dios, en realidad va destinada a Sus seguidores. La sabiduría encerrada en ello no es más que pura misericordia, para que las gentes no se sientan abatidas, desanimadas o apesadumbradas por semejantes reproches y amonestaciones. Por lo tanto, esas palabras van, en apariencia, dirigidas a los Profetas pero en realidad van destinadas a los seguidores y no al Mensajero.

Además, el monarca poderoso y soberano de un país representa a todos los que habitan ese país; es decir, cualquier palabra que pronuncie es la palabra de todos y cualquier pacto que concluya es el pacto de todos, pues la voluntad e intención de todos sus súbditos se subsume en la suya. De igual manera, cada Profeta representa a todo el conjunto de Sus seguidores. En consecuencia, la alianza que Dios hace con Él y las palabras que Le dirige son aplicables a todo Su pueblo.

Pues bien, las amonestaciones y los reproches divinos tienden a oprimir y afligir el corazón de las gentes, y la consumada sabiduría de Dios requiere, por tanto, esa forma de tratamiento. Por ejemplo, según consta en la propia Torá, los israelitas se rebelaron contra Moisés, diciendo: «No podemos luchar contra los amalecitas, pues son fuertes, fieros y valientes». Entonces Dios amonestó a Moisés y a Aarón, aunque Moisés era obediente y no se rebelaba. No hay duda de que un Ser tan glorioso, que es el canal de la gracia de Dios y el paladín de Su ley, ha de ser obediente al mandato divino.

Estas almas santas son como hojas de un árbol que se mueven a merced de la brisa, y no por iniciativa propia, pues están atraídas por los hálitos del amor de Dios y han renunciado a su propia voluntad. Su palabra es la palabra de Dios; su mandamiento es el mandamiento de Dios; su prohibición es la prohibición de Dios. Son como este globo de vidrio cuya luz proviene de la llama de la lámpara. Aunque la luz parece emanar del vidrio, en realidad proviene de la llama. De igual manera, el movimiento y la quietud de los Profetas de Dios, que son Sus Manifestaciones, proceden de la revelación, y no del mero capricho humano. Si no fuese así, ¿cómo podría el Profeta actuar como fiel representante y enviado escogido de Dios? ¿Cómo podría promulgar los mandamientos y las prohibiciones de Dios? Por consiguiente, todas las imperfecciones atribuidas a las Manifestaciones de Dios en las sagradas escrituras deben entenderse desde esta perspectiva.

¡Alabado sea Dios, por cuanto has venido hasta aquí y has conocido a los siervos de Dios! ¿Has percibido en ellos algo que no sea la fragancia de la complacencia del Señor? ¡Desde luego que no! Has visto con tus propios ojos cómo se esfuerzan día y noche sin otro fin que ensalzar la Palabra de Dios, fomentar la educación de las almas, rehabilitar la suerte de la humanidad, asegurar el progreso espiritual, promover la paz universal, mostrar amabilidad y buena voluntad hacia todos los pueblos y naciones, sacrificarse por el bien común, renunciar a su propio provecho material y promover las virtudes del mundo de la humanidad.

Volvamos a nuestro tema. En la Torá, Isaías 48, 12, se dice: «Escúchame, Jacob, Israel, a quien llamé: Yo soy, yo soy el primero y también soy el último». Es evidente que lo que se pretende decir no es Jacob, que se llamaba Israel, sino los israelitas. También en Isaías 43, 1 se dice: «Pero ahora, así dice el Señor, el que te creó, Jacob, el que te formó, Israel: “No temas, que yo te he redimido; te he llamado por tu nombre; tú eres mío”».

Además en Números 20, 23-24 se dice: «Y habló el Señor a Moisés y a Aarón en el monte Hor, en la frontera de la tierra de Edom, diciendo: Aarón será reunido a su pueblo, pues no entrará a la tierra que yo he dado a los hijos de Israel, porque vosotros os rebelasteis contra mi orden en las aguas de Meribá»; y en 20, 13: «Estas son las aguas de Meribá, donde protestaron los israelitas contra Yahveh, y con las que él manifestó su santidad».

Observa que fue el pueblo de Israel el que se había rebelado, pero la amonestación iba, aparentemente, dirigida a Aarón y Moisés, como se expresa en Deuteronomio 3, 26: «Pero, por culpa vuestra, Yahveh se irritó contra mí y no me escuchó; antes bien me dijo: “¡Basta ya! No sigas hablándome de esto”».

Pues bien, este reproche y esta amonestación iban dirigidos en realidad a los hijos de Israel, a quienes, debido a su rebelión contra los mandamientos de Dios, se hizo que vivieran durante mucho tiempo en el desierto estéril situado más allá del Jordán, hasta el tiempo de Josué. Este reproche y esta amonestación parecían dirigidos a Moisés y Aarón, pero en realidad iban dirigidos al pueblo de Israel.

De manera semejante, en el Corán se Le dice a Muḥammad: «En verdad Te hemos concedido una victoria evidente, para que Dios Te perdone Tus pecados pasados y futuros». Estas palabras, aunque aparentemente dirigidas a Muḥammad, estaban en realidad destinadas a Su pueblo; y esto se debe a la consumada sabiduría de Dios, como dijimos anteriormente, para que no se aflijan los corazones, ni queden perplejos o consternados.

¡Cuán a menudo han confesado los profetas de Dios y Sus Manifestaciones universales sus pecados y flaquezas en sus oraciones! Esto es solo para enseñar a otras almas, para inspirarlas y motivarlas a ser humildes y sumisas ante Dios y reconocer sus propios pecados y flaquezas, pues estas almas santas están por encima de todo pecado y libres de toda falta. Por ejemplo, en el Evangelio se dice que un hombre se acercó a Cristo, llamándole «Maestro bueno». Cristo le respondió: «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno, sino solo uno, Dios». Esto no significa —Dios nos libre— que Cristo fuera un pecador; Su intención era más bien enseñar humildad, sumisión, mansedumbre y modestia al hombre al que se dirigía. Estas almas santas son luz, y la luz no puede asociarse con la oscuridad. Son vida eterna, y la vida no puede reunirse con la muerte. Son guías, y la guía no puede unirse con la rebeldía. Son la esencia misma de la obediencia, y la obediencia no puede ir de la mano del desacato.

En resumen, lo que queremos decir es que las amonestaciones registradas en las sagradas escrituras, aunque aparentemente dirigidas a los Profetas —las Manifestaciones de Dios— en realidad van destinadas a la gente. Si leyeras la Biblia, esta materia se te haría clara y evidente.