Contestación a unas preguntas
46. La evolución y la verdadera naturaleza del ser humano
Ahora llegamos a la cuestión de la transformación de las especies y el desarrollo evolutivo de los órganos; es decir, si el hombre proviene del reino animal.
Esta idea se ha arraigado en la mente de ciertos filósofos europeos y ahora es muy difícil hacer entender su falsedad, pero en el futuro se hará clara y evidente, y los propios filósofos europeos la reconocerán. Pues, en realidad, es un error evidente. Cuando uno observa la creación con ojo penetrante, cuando entiende las sutilezas de las cosas creadas y ve la condición, el orden y la perfección del mundo de la existencia, se convence de la verdad de que «en la creación no hay nada más prodigioso que lo que ya existe». Ya que todo lo que existe, ya sea en la tierra o en los cielos, incluso este firmamento ilimitado y todo cuanto contiene, ha sido creado, dispuesto, compuesto, ordenado y completado de la manera más conveniente y no está sujeto a imperfección alguna. Hasta tal punto es esto cierto que, si todos los seres se convirtieran en pura inteligencia y reflexionaran hasta el fin que no tiene fin, no podrían imaginar algo mejor de lo que ya existe.
Ahora bien, si en el pasado la creación hubiese carecido de semejante perfección y esplendor, si se hubiese hallado en un estado inferior, la existencia habría sido necesariamente deficiente e imperfecta y, como tal, incompleta. Este asunto requiere la mayor atención y consideración. Imagina, por ejemplo, la totalidad del mundo contingente, es decir, el reino de la existencia, como si fuera el cuerpo humano. Si la composición, el orden, la integridad, la belleza y la perfección que ahora existen en el cuerpo humano fueran de alguna manera diferentes, el resultado sería la imperfección misma.
Si nos imagináramos una época en que el hombre hubiera pertenecido al reino animal, es decir, que fuera un simple animal, la existencia habría sido imperfecta. Esto quiere decir que no habría existido el ser humano y faltaría ese integrante principal, que en el cuerpo del mundo es como la mente, y en un ser humano, es como el cerebro, por lo que el mundo habría sido, así, totalmente imperfecto. Esto es prueba suficiente en sí misma de que, si hubiese existido una época en que el hombre hubiera pertenecido al reino animal, se habría destruido la perfección de la existencia; pues el ser humano es el miembro principal del cuerpo de este mundo, y un cuerpo sin su integrante principal es, sin duda, imperfecto. Consideramos al ser humano el miembro principal porque, de todas las cosas creadas, contiene todas las perfecciones de la existencia.
Ahora, lo que queremos decir con «hombre» es el ser humano completo, la persona más destacada del mundo, que es la suma de todas las perfecciones espirituales y materiales, y que es como el Sol entre todas las cosas creadas. Imagina, entonces, una época en que el Sol no existiera como tal; es decir, que el Sol fuese simplemente otro cuerpo celeste. Sin duda, en semejante época se habrían desestabilizado las relaciones entre las cosas existentes. ¿Cómo puede imaginarse algo semejante? Si se examinara con detenimiento el mundo de la existencia, este argumento bastaría por sí solo.
Presentemos otra prueba más sutil: el sinfín de cosas creadas que se encuentran en el mundo de la existencia, ya sean humanos, animales, vegetales o minerales, deben estar todas compuestas de elementos. No cabe duda de que la perfección que se observa en todas y cada una de las cosas proviene, mediante creación divina, de los elementos que la componen, su adecuada combinación, la proporción de sus medidas, la forma de su composición y la influencia de otras cosas creadas. Pues todos los seres están unidos entre sí como una cadena, y la ayuda mutua, el apoyo y la interacción son algunas de sus propiedades intrínsecas y constituyen la causa de su formación, desarrollo y crecimiento. Mediante numerosas pruebas y argumentos, se ha establecido que cada cosa tiene un efecto y una influencia sobre todas las demás, ya sea independientemente o mediante una cadena causal. En resumen, la perfección de todas y cada una de las cosas, es decir, la perfección que ves ahora en el ser humano o en otros seres, en relación con sus partes, miembros y facultades, proviene de los elementos que los componen, de la cantidad y medida de los mismos, la forma en que se combinan, y su acción, interacción e influencia mutuas. Cuando todos estos se combinan, entonces se origina el ser humano.
Dado que la perfección del ser humano deriva enteramente de los elementos que lo componen, de su medida, la manera en que se combinan y la acción mutua e interacción con otros seres; y puesto que el hombre se originó hace diez o cien mil años atrás a partir de los mismos elementos terrenales, en las mismas medidas y cantidades, con la misma composición y combinación, y con las mismas interacciones con otros seres, se desprende que el ser humano era exactamente el mismo entonces que el que ahora existe. Esta es una verdad de por sí evidente y no puede ser puesta en duda. Y si dentro mil millones de años se aglutinan los elementos constituyentes del ser humano, en las mismas proporciones, combinados de la misma manera y sujetos a la misma interacción con otros seres, se originará exactamente el mismo ser humano. Por ejemplo, si dentro de cien mil años se reúnen el aceite, la llama, la mecha, la lámpara y un encendedor para la lámpara, es decir, se combina todo lo necesario, se producirá exactamente el mismo resultado.
Esta cuestión es evidente, y estos argumentos, concluyentes. Pero los expuestos por los filósofos europeos son especulativos y no concluyentes.
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