Contestación a unas preguntas

47. El origen del universo y la evolución del hombre

Has de saber que una de las cuestiones más abstrusas de la divinidad es que el mundo de la existencia —es decir, este universo infinito— no tiene principio.

Ya hemos explicado que los propios nombres y atributos de la Divinidad presuponen la existencia de cosas creadas. Si bien ya se ha ofrecido una explicación detallada sobre esta materia, se mencionará brevemente aquí, una vez más. Has de saber que no puede imaginarse un señor sin vasallos; no puede haber un soberano sin súbditos; no se puede nombrar a un profesor sin alumnos; es imposible la existencia de un creador sin creación; es inconcebible un proveedor sin beneficiarios; puesto que todos los nombres y atributos divinos reclaman la existencia de cosas creadas. Si nos imagináramos una época en que no hubiesen existido cosas creadas, ello sería equivalente a negar la divinidad de Dios.

Además, la inexistencia absoluta carece de la capacidad de alcanzar la existencia. Si el universo fuese la nada absoluta, no se habría podido materializar la existencia. Por lo tanto, puesto que esa Esencia de la Unicidad, o Ser Divino, es perpetuo y eterno —es decir, no tiene principio ni fin— se deduce que el mundo de la existencia, este universo infinito, tampoco tiene principio. Desde luego, es posible que una parte de la creación —una de las esferas celestes— se generase o se desintegrase, pero seguiría existiendo un sinfín de otras esferas y el mundo de la existencia en sí no se vería trastornado ni destruido. Al contrario, su existencia es perpetua e inmutable. Ahora bien, como cada esfera tiene un comienzo, inevitablemente ha de tener asimismo un final, dado que toda composición, ya sea universal o particular, debe necesariamente descomponerse. A lo sumo, algunas se desintegran rápidamente, y otras, con lentitud; pero es imposible que algo que sea compuesto no acabe por descomponerse.

Entonces, hemos de saber qué eran en el principio cada una de las grandes cosas existentes. No cabe duda de que al inicio hubo un solo origen: no puede haber habido dos orígenes. Pues el origen de todos los números es el uno y no el dos; el número dos tiene en sí necesidad de un origen. Por lo tanto, es evidente que, en un principio, la materia era una sola; y esa única materia apareció con una forma distinta en cada elemento. Así, aparecieron diversas formas y, a medida que aparecieron, cada una asumió una forma diferente y llegó a ser un elemento específico. Pero esta distinción alcanzó su plena consumación y realización solo después de un larguísimo tiempo. Entonces esos elementos se compusieron, se ordenaron y se combinaron en infinitas formas; en otras palabras, de la composición y combinación de esos elementos aparecieron un sinfín de seres.

Mediante la sabiduría de Dios y Su antiguo poder, esta composición y disposición procedió de un solo orden natural. Así, puesto que esta composición y combinación se han producido conforme a un orden natural, con perfecta precisión, acorde con una sabiduría consumada y en función de una ley universal, está claro que es una creación divina y no una composición o un orden accidental. La creación implica que de toda composición natural se origine un ente vivo, mientras que de una composición aleatoria no aparece ningún ser vivo. Así, por ejemplo, si el ser humano, valiéndose de toda su sagacidad e inteligencia, uniera y combinara una serie de elementos, no se originaría de ello un ser viviente, toda vez que esa composición no sería conforme al orden natural. Esta es la respuesta a la pregunta implícita que pudiera suscitarse en el sentido de que, puesto que estos seres se han originado a partir de la composición y combinación de esos elementos, ¿no podríamos nosotros también reunir y combinar esos mismos elementos y crear así un ser viviente? Esta idea es errónea, pues la composición original es una composición divina y la combinación está generada por Dios conforme a un orden natural; y esta es la razón de por qué a partir de esa composición se crea un ser viviente y se produce una existencia. Mas una composición elaborada por el hombre no produce nada, porque el ser humano no puede crear vida.

En resumen, hemos dicho que, a partir de la composición de los elementos, de su combinación, tipo y proporción, y de su interacción con otros seres, han llegado a existir incontables formas y realidades, y un sinfín de seres. Pero está claro que este globo terráqueo, en su forma actual, no se originó de repente, sino que este ente universal atravesó progresivamente diferentes etapas hasta manifestarse con su actual perfección. Los entes universales pueden asemejarse y compararse con los particulares, pues ambos están sujetos a un único orden natural, a una sola ley universal y a un único orden divino. Por ejemplo, se verá que los átomos más ínfimos son similares en su estructura general a los entes más grandes del universo, y está claro que han provenido de un mismo laboratorio de poder, conforme a un solo orden natural y una sola ley universal, y por ello pueden compararse unos con otros.

Por ejemplo, el embrión humano crece y se desarrolla poco a poco en el seno de la madre, y asume distintas formas y condiciones hasta que alcanza la madurez con la mayor belleza y aparece en una forma consumada y con la mayor delicadeza. De igual manera, la semilla de esta flor que tenemos delante era al comienzo una cosa pequeña e insignificante, pero creció y se desarrolló en el seno de la tierra, y asumió distintas formas hasta aparecer con semejante vitalidad y perfecta belleza a este nivel. Asimismo, es claro y evidente que este globo terráqueo llegó a la existencia, creció y se desarrolló en el seno del universo, y asumió diferentes formas y condiciones hasta alcanzar gradualmente su actual perfección, estar engalanado con un sinfín de seres y presentarse en una forma tan consumada.

Por tanto, es evidente que la materia original, que es como el embrión, tomó inicialmente la forma de elementos compuestos y combinados, y esa combinación creció gradualmente y se desarrolló a lo largo de una miríada de edades y siglos, pasando de una forma y figura a otra, hasta que, por la consumada sabiduría de Dios, apareció con semejante perfección, orden, disposición y precisión.

Volvamos a nuestro tema. Desde el principio de la existencia, en el seno del globo terráqueo, el ser humano creció progresivamente y se desarrolló como el embrión en el seno de la madre, y pasó de una forma y figura a otra, hasta que apareció con esta belleza y perfección, este físico y este vigor. Es evidente que, inicialmente, no poseía semejante belleza, gracia y refinamiento, y que solo gradualmente alcanzó esta forma, disposición, donaire y gracia. No cabe duda de que, como el embrión en el seno de la madre, el embrión de la humanidad no apareció con esta forma ni llegó de súbito a ser la personificación de las palabras: «¡Santificado sea el Señor, el más excelente de todos los creadores!». Antes bien, alcanzó de manera progresiva distintas condiciones y asumió diversas formas hasta llegar a su apariencia y belleza, su perfección, refinamiento y delicadeza actuales. Por lo tanto, está claro y es evidente que el crecimiento y desarrollo del ser humano en este planeta hasta llegar a su actual perfección, al igual que el crecimiento y desarrollo del embrión en el seno de la madre, se ha producido por etapas, pasando de un estado a otro y de un aspecto a otro, pues esto concuerda con los requisitos del orden universal y de la ley divina.

Es decir, el embrión humano asume condiciones diferentes y atraviesa numerosas etapas hasta que alcanza la forma en que manifiesta la realidad de las palabras «¡Santificado sea el Señor, el más excelente de todos los creadores!» y muestra las señales de desarrollo y madurez plenos. Asimismo, debe haber transcurrido mucho tiempo desde el comienzo de la existencia del ser humano en este planeta, y tuvo que atravesar muchas etapas hasta llegar a su forma, figura y condición actuales. No obstante, desde el principio de su existencia el hombre ha constituido una especie diferenciada. Es como el embrión en el seno de la madre: al principio posee una apariencia extraña; luego pasa de una forma a otra y de una figura a otra, hasta que aparece con la mayor belleza y perfección. Pero, aun cuando en el vientre de la madre posee una forma extraña, totalmente distinta de su forma y apariencia actuales, se trata del embrión de una especie diferenciada y no el de un animal: la esencia de la especie y la realidad innata no experimentan transformación alguna.

Ahora bien, si se demostrara la existencia de órganos vestigiales, ello no desvirtuaría el carácter independiente y original de la especie. A lo sumo, probaría que la forma, la apariencia y los órganos de los humanos han evolucionado a lo largo del tiempo. Pero el hombre siempre ha sido una especie distinta: ha sido hombre y no animal. Piensa: si en el vientre de la madre, el embrión humano pasa de una forma a otra que en absoluto se parece a la anterior, ¿esto prueba que la esencia de la especie ha sufrido una transformación? ¿Que al principio era un animal, y que sus órganos se desarrollaron y evolucionaron hasta convertirse en un ser humano? ¡Por Dios que no! ¡Qué idea tan insustancial y carente de fundamento! Pues el carácter original de la especie humana y la independencia de la esencia del hombre son claros y evidentes.