Contestación a unas preguntas

48. La diferencia entre el ser humano y el animal

Ya hemos tenido una o dos conversaciones sobre el tema del espíritu, pero no se han recogido por escrito.

Has de saber que las gentes del mundo son de dos tipos, es decir, pertenecen a dos grupos. Un grupo niega el espíritu humano y dice que el hombre es una especie de animal. ¿Por qué? Porque vemos que los humanos y los animales comparten las mismas facultades y sentidos. Los elementos simples que llenan el espacio que nos rodea se unen en un sinfín de combinaciones, cada una de las cuales da origen a un ser diferente. Entre estos se encuentran los seres sensibles, dotados de determinadas facultades y sentidos. Cuanto más completa sea la combinación, más elevado es el ser. La unión de los elementos en el cuerpo humano es más completa que en ningún otro ser, y sus elementos se han combinado en perfecto equilibrio y, por tanto, es más noble y completo. Dicen que no se trata de que el ser humano tenga una facultad y un espíritu especiales de los que carecen los demás animales: los animales también tienen percepciones sensoriales, pero las facultades de los humanos son simplemente más agudas en algunos aspectos (aunque el animal está más ricamente dotado con respecto a los sentidos externos, como el oído, la vista, el gusto, el olfato y el tacto, e incluso con respecto a facultades internas como la memoria). Dicen que el animal posee las facultades de la inteligencia y el entendimiento. La única concesión que hacen es que la inteligencia del ser humano es mayor.

Estas son las aseveraciones de los filósofos de hoy. Estas son sus palabras, estas son sus afirmaciones y estos son los dictados de su imaginación. Y, de este modo, habiendo realizado estudios exhaustivos, y armados con argumentos de peso, sitúan al hombre en la estirpe del animal y dicen que en una época el hombre fue un animal y que la especie cambió y evolucionó gradualmente hasta alcanzar el nivel humano.

Sin embargo, los filósofos religiosos dicen: No, no es así. Si bien el ser humano comparte con el animal las mismas facultades y sentidos externos, existe en él una facultad extraordinaria de la que carecen los animales. Todas las ciencias, las artes, las invenciones, los oficios y el descubrimiento de realidades provienen de esta facultad singular. Es una facultad que abarca todas las cosas creadas, comprende sus realidades, desentraña sus misterios ocultos y las somete a su control. Es más, entiende cosas que no tienen existencia aparente, es decir, realidades inteligibles, imperceptibles e invisibles, tales como la mente, el espíritu, los atributos y las cualidades humanas, el amor y la tristeza, todas las cuales son realidades inteligibles. Además, todas las artes y las ciencias existentes, todos los grandes emprendimientos y la miríada de descubrimientos humanos eran en otra época misterios ocultos y encubiertos, y ese poder omnímodo del ser humano es lo que los ha descubierto y los ha sacado del mundo invisible, y los ha traído al dominio de lo visible. Así es como el telégrafo, la fotografía, el fonógrafo, y todas esas grandes invenciones y artefactos, fueron otrora misterios ocultos que la realidad humana descubrió y trajo al dominio visible desde el reino invisible. Hubo incluso una época en que este trozo de hierro que tienes delante, y hasta cualquier mineral, era un misterio oculto. La realidad humana descubrió este mineral y forjó el metal hasta darle esta forma final. Lo mismo ocurre con todos los demás descubrimientos e inventos del ser humano, que son innumerables. Esta cuestión es irrefutable y no tiene sentido negarla.

Si mantenemos que todos estos efectos proceden de las facultades de la naturaleza animal y de los sentidos físicos, vemos clara y llanamente que, con respecto a estas facultades, los animales son superiores al hombre. Por ejemplo, la vista de los animales es mucho más aguda que la del ser humano, su oído es más afilado, y lo mismo ocurre con los sentidos del olfato y el gusto. En breve, en cuanto a las facultades que tienen en común el hombre y los animales, estos a menudo llevan ventaja. Considera la facultad de la memoria: si se lleva a una paloma de aquí a un país lejano y se suelta allí, recordará el camino y regresará a casa sin perderse en ningún momento. Lleva a un perro desde aquí hasta al centro de Asia, déjalo libre allí y regresará a casa sin perder el camino. Y lo mismo ocurre con las demás facultades, como el oído, la vista, el olfato, el gusto y el tacto. Está claro, entonces, que, si el hombre no poseyera una facultad más allá de las facultades animales, el animal forzosamente superaría al hombre en la realización de descubrimientos importantes y en la comprensión de las realidades. De este argumento se desprende que el ser humano está dotado de un don y posee una excelencia no presente en los animales.

Por otra parte, el animal percibe cosas sensibles, pero no puede percibir realidades conceptuales. Por ejemplo, el animal ve lo que está en su campo de visión, pero no puede comprender ni concebir lo que está más allá. Así, al animal no le es posible comprender que la Tierra tiene forma esférica. Pero el ser humano puede deducir lo desconocido a partir de lo conocido y descubrir realidades ocultas. Para citar un caso: observando la inclinación de la bóveda celeste, deduce la curvatura de la Tierra. Por ejemplo, en ‘Akká la Estrella Polar está a 33 grados; es decir, se encuentra a una inclinación de 33 grados por encima del horizonte. Cuando uno va hacia el Polo Norte, la Estrella Polar se eleva un grado por encima del horizonte por cada grado de distancia recorrida. Es decir, la inclinación de la Estrella Polar alcanzará 34 grados, luego 40, 50, 60 y 70 grados. Cuando se llega al Polo Norte, la inclinación de la Estrella Polar es de 90 grados y se ve en el cenit, o sea, verticalmente por encima de la cabeza.

Ahora bien, la Estrella Polar es una realidad perceptible y también lo es su ascensión, es decir, el hecho de que, cuanto más se acerca uno al Polo Norte, más asciende la Estrella Polar. Y, a partir de estas dos realidades conocidas, se descubre una realidad desconocida, a saber: que la bóveda celeste tiene inclinación, lo cual significa que, en cada latitud, el cielo por encima del horizonte es diferente al de otra latitud. El ser humano comprende esta relación y deduce por razonamiento algo que era antes desconocido, es decir, la curvatura de la Tierra. Mas esta comprensión es imposible para el animal. Asimismo, al animal le es imposible entender que el Sol es el centro y que la Tierra gira en torno a él. El animal es cautivo de los sentidos y está limitado por ellos: no puede comprender nada que esté fuera del alcance o control de los sentidos, aun cuando supera al hombre en lo relativo a las facultades y sentidos externos. Queda entonces claramente establecido que el ser humano está dotado del poder de la invención que lo diferencia del animal, y este poder no es sino el espíritu humano.

¡Alabado sea Dios! El ser humano siempre aspira a mayores alturas y a metas más elevadas. Siempre intenta alcanzar un mundo superior al que habita y ascender a un nivel más elevado que el que ocupa. El amor por lo trascendente es un sello distintivo del ser humano. Me asombra que algunos filósofos de Europa y América hayan consentido rebajarse a sí mismos al reino animal y, así, retroceder, mientras que toda la existencia debe aspirar siempre a lo exaltado. Y, sin embargo, si se le llamara «animal» a uno de ellos, se sentiría sobremanera herido y ofendido.

¡Qué gran diferencia la que hay entre el mundo del ser humano y el mundo del animal! ¡Qué gran diferencia la que hay entre la grandeza del ser humano y la bajeza del animal, entre las perfecciones del ser humano y la ignorancia del animal, entre la luz del ser humano y la oscuridad del animal, entre la gloria del ser humano y la degradación del animal! Un niño árabe de diez años puede someter a doscientos o trescientos camellos en el desierto y dirigirlos meramente con su voz. Un débil habitante de la India puede someter a un enorme elefante al punto de encaminarlo con estricta obediencia. Todas las cosas están sometidas a la mano del hombre, quien resiste las fuerzas de la naturaleza misma.

Todos los demás seres son cautivos de la naturaleza y no se pueden librar de sus exigencias; el ser humano es el único que puede hacer frente a la naturaleza. Así, la naturaleza atrae a todos los cuerpos hacia el centro de la Tierra; pero, con medios mecánicos, el hombre se aleja de él y se remonta por el aire; la naturaleza le impide cruzar el mar, pero el hombre construye barcos y surca el corazón del gran océano, y así sucesivamente: el tema es interminable. Por ejemplo, el ser humano atraviesa montañas y llanuras en vehículos y hace confluir en un lugar las noticias de los acontecimientos de Oriente y Occidente. Así es como el ser humano resiste las fuerzas de la naturaleza. El mar, con toda su inmensidad, no es capaz de desviarse en lo más mínimo de las leyes de la naturaleza; el Sol, con toda su grandeza, no puede desviarse ni un ápice de los dictados de la naturaleza, ni podrá comprender jamás los estados, las condiciones, las propiedades, los movimientos ni la naturaleza del ser humano. ¿Qué poder reside, entonces, en la insignificante forma humana que logra todo esto? ¿Qué fuerza conquistadora es esta que somete todas las cosas?

Queda todavía otro punto. Los filósofos modernos dicen: «En ninguna parte vemos un espíritu en el ser humano y, aunque hemos investigado los lugares más recónditos de su cuerpo, en ninguna parte percibimos un poder espiritual. ¿Cómo hemos de imaginarnos un poder que no es perceptible?». Los filósofos religiosos replican: «El espíritu del animal tampoco es perceptible ni puede captarse por medio de nuestras facultades materiales. ¿Cómo deducen su existencia? No cabe duda de que por sus efectos deducen la existencia de una facultad en el animal de la cual carecen las plantas, que es la facultad de los sentidos: la vista, el oído y las demás facultades. De estas se deduce que existe un espíritu animal. Igualmente, de las señales y argumentos mencionados ha de inferirse la existencia de un espíritu humano. Así, puesto que en el animal hay señales que no pueden encontrarse en las plantas, se dice que esta facultad perceptiva es un sello distintivo del espíritu animal. De igual manera, en el ser humano se ven señales, poderes y perfecciones que no existen en el animal: ha de inferirse, pues, que en él hay un poder del cual carece el animal».

Si fuéramos a negar todo lo que no es accesible a los sentidos, nos veríamos forzados a negar realidades que sin duda existen. Por ejemplo, el éter no es perceptible, aunque se puede demostrar su realidad. La fuerza de gravedad no es perceptible, aunque su existencia es igualmente innegable. ¿En qué nos apoyamos para afirmar su existencia? En sus indicios. Por ejemplo, esta luz consiste en las vibraciones del éter, y de estas vibraciones deducimos su existencia.