Contestación a unas preguntas
49. La evolución y existencia del hombre
Pregunta: ¿Qué nos dice sobre la teoría de la evolución de los seres que suscriben algunos filósofos europeos?
Respuesta: Ya tratamos este asunto el otro día, pero hablaremos de nuevo sobre ello. En resumen, esta cuestión se reduce al carácter original o no original de la especie; es decir, si la esencia de la especie humana estaba fijada desde el origen mismo o si provino posteriormente de los animales.
Ciertos filósofos europeos sostienen que las especies evolucionan e incluso pueden cambiar y transformarse en otras especies. Entre las pruebas que aducen a favor de esta afirmación está el que, a través de una meticulosa indagación e investigación geológica, ha quedado claramente constatado que la existencia de las plantas precedió a la de los animales, y la existencia de los animales precedió a la del ser humano. Sostienen, además, que tanto el reino animal como el vegetal han sufrido transformaciones, pues en algunos estratos de la tierra se han descubierto plantas que existían en el pasado pero que luego han desaparecido, lo que significa que evolucionaron, se volvieron más robustas y cambiaron de forma y apariencia, de lo que se desprende que las especies han cambiado. Asimismo, en los estratos de la tierra hay ciertas especies animales que han cambiado y se han alterado. Una de ellas es la serpiente, que tiene extremidades vestigiales, es decir, señales que indican que alguna vez tuvo patas, que han desaparecido con el tiempo y han dejado solo un vestigio. De igual manera, en la columna vertebral del ser humano hay un vestigio que indica que, al igual que otros animales, en un tiempo tuvo cola, de la cual, según ellos, todavía quedan huellas. En una época ese miembro era útil pero, a medida que el ser humano fue evolucionando, perdió su utilidad y poco a poco desapareció. De igual forma, a medida que las serpientes comenzaron a vivir bajo la tierra y se convirtieron en reptiles, ya no necesitaron patas, por lo que estas desaparecieron y dejaron tras de sí un vestigio. La principal prueba que aducen es que estos miembros vestigiales ponen de manifiesto la existencia de miembros anteriores, que han desaparecido gradualmente por falta de uso y ya no tienen razón de existir. Así, los miembros hábiles y necesarios se han conservado, mientras que los innecesarios han desaparecido progresivamente a resultas de la transformación de la especie, pero han dejado un vestigio.
La primera respuesta a este argumento es que la anterioridad de los animales con respecto al ser humano no es prueba de que la esencia de la especie humana haya sido alterada o transformada, ni de que el hombre provenga del reino animal. Pues, en tanto que se reconoce que estos seres distintos han aparecido a lo largo del tiempo, es posible que el hombre simplemente se haya originado después del animal. Así, en el mundo vegetal observamos que los frutos de diferentes árboles no aparecen al mismo tiempo; al contrario, algunos aparecen al inicio de la temporada y otros después. Esta anterioridad no es prueba de que el fruto tardío de un árbol haya surgido del fruto anterior de otro.
En segundo lugar, estas pequeñas huellas y miembros vestigiales pudieran deberse a una gran sabiduría oculta que la mente humana no ha podido desentrañar todavía. ¡Cuántas cosas hay en este mundo cuya sabiduría oculta no se ha comprendido hasta el día de hoy! Así, se dice en fisiología —la ciencia de las relaciones entre los órganos del cuerpo— que aún se desconocen y permanecen ocultas la sabiduría oculta y la razón de ser de las diferencias en la coloración de los animales y el cabello humano, o el color rojo de los labios, o la variedad de colores de las aves. Sin embargo, se ha descubierto que el negro de la pupila del ojo se debe a que absorbe los rayos del Sol, pues si fuese de otro color, por ejemplo, totalmente blanca, no absorbería esos rayos. Pues bien, mientras se desconozca la sabiduría oculta de las cosas que hemos mencionado, bien podemos imaginar que también se desconoce la sabiduría y la razón de ser de los miembros vestigiales, ya sea en el animal o en el ser humano. No hay duda de que esa sabiduría oculta existe, aun cuando se desconozca.
En tercer lugar, aun suponiendo que ciertos animales, o incluso el hombre, poseyeran en otro tiempo miembros que ya han desaparecido, ello no constituiría prueba suficiente de la transformación de las especies. Pues el ser humano, desde la concepción del embrión hasta que alcanza la madurez, asume distintas formas y aspectos. Su apariencia, su forma, sus rasgos y su color cambian, es decir, pasa de una forma a otra y de un aspecto a otro. Sin embargo, desde la formación del embrión, pertenece a la especie humana; es decir, es el embrión de un ser humano y no el de un animal. Pero al principio este hecho no es evidente; solo después se hace patente y visible.
Por ejemplo, supongamos que el ser humano tuviera en otro tiempo un parecido con el animal, y que desde entonces haya evolucionado y se haya transformado. La validación de esta afirmación no es prueba de la transformación de la especie, sino que podría compararse con los cambios y las transformaciones que sufre el embrión hasta llegar a su pleno desarrollo y madurez, como se mencionó anteriormente. Para ser más explícitos, supongamos que en una época el hombre caminara a cuatro patas o tuviera cola: semejante cambio y transformación es similar al que sufre el feto en la matriz de la madre. Aunque el feto se desarrolla y evoluciona en todas las formas concebibles hasta alcanzar su pleno desarrollo, pertenece desde el principio a una especie inconfundible. Lo mismo puede decirse del reino vegetal, donde observamos que el carácter original y distintivo de la especie no cambia, en tanto que la forma, el color y el tamaño sí cambian, se transforman y evolucionan.
En resumen: así como el ser humano progresa, evoluciona y cambia de una forma y una apariencia a otra en el vientre de la madre, al tiempo que se mantiene desde el principio como un embrión humano, de igual manera se ha mantenido siempre como una esencia distinta —es decir, la especie humana— desde el comienzo de su formación en la matriz del mundo, y ha ido cambiando progresivamente de una forma a otra. Se deduce que este cambio de apariencia, esta evolución de los órganos y este crecimiento y desarrollo no excluyen la singularidad de la especie. Entonces, aun aceptando la realidad de la evolución y el progreso, con todo, desde el momento de su aparición, el ser humano ha poseído una composición perfecta y ha tenido la capacidad y el potencial de adquirir perfecciones espirituales y materiales y llegar a ser la encarnación del versículo «Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra». Como mucho, se ha vuelto más grato, más refinado y agraciado y, como resultado de la civilización, ha salido de su estado salvaje, de la misma manera que los frutos se vuelven más selectos y dulces gracias al cultivo del jardinero y adquieren cada vez mayor delicadeza y vitalidad.
Los jardineros del mundo de la humanidad son los Profetas de Dios.
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