Contestación a unas preguntas
50. Pruebas espirituales de la singularidad del ser humano
Los argumentos que hemos aducido hasta ahora a favor del carácter singular de la especie humana han sido racionales. Ahora ofreceremos argumentos espirituales, que son realmente los fundamentales. Pues hemos establecido la existencia de Dios mediante argumentos racionales, e igualmente se ha establecido mediante argumentos racionales que el ser humano ha sido tal desde su mismo inicio y origen, y que la esencia de su especie ha existido desde la eternidad. Ahora presentaremos pruebas espirituales de que la existencia humana —es decir, la especie humana— es una existencia necesaria y que sin el ser humano no resplandecerían las perfecciones de la Divinidad. Pero estos son argumentos espirituales y no racionales.
Una y otra vez hemos dejado establecido con pruebas y argumentos que el ser humano es el más elevado de todos los seres y la suma de todas las perfecciones. En realidad, todas las cosas existentes son receptoras de la revelación de los esplendores divinos, es decir, que las señales de la Divinidad de Dios están manifiestas en las realidades de todas las cosas. Así como la Tierra es el lugar donde se reflejan los rayos del Sol —lo cual significa que la luz, el calor y la influencia del Sol son evidentes y están manifiestos en todos los átomos de la Tierra—, cada uno de los átomos del universo en este espacio infinito proclama alguna de las perfecciones de Dios. No hay nada que esté privado de esto: cada uno es una señal de la misericordia de Dios, o de Su poder, o de Su grandeza, o de Su justicia, o de Su providencia sustentadora, o de Su generosidad, o de Su visión, o de Su oído, o de Su conocimiento, o de Su gracia, y así sucesivamente.
Lo que queremos decir es que toda cosa existente es, por necesidad, receptora de los esplendores divinos; es decir, en ella se manifiestan y revelan las perfecciones de Dios. Es como el Sol que baña de luz el desierto, el mar, los árboles, los frutos y las flores: todo en la Tierra. Ahora bien, el mundo de la existencia —de hecho, cada cosa creada— proclama solo uno de los nombres de Dios; pero la realidad del ser humano es una realidad omnímoda y universal, y la receptora de la revelación de todas las perfecciones divinas. Es decir, en el ser humano existe una señal de cada uno de los nombres, atributos y perfecciones que asignamos a Dios. Si no fuera así, sería incapaz de imaginar y comprender estas perfecciones. Por ejemplo, decimos que Dios todo lo ve. El ojo es la señal de Su visión: si el ser humano careciera de esta facultad, ¿cómo podríamos imaginar la visión de Dios? Un ciego de nacimiento no puede imaginar lo que significa ver, igual que un sordo de nacimiento no puede imaginar lo que es oír, ni algo carente de vida puede imaginar lo que significa estar vivo.
Así, la divinidad de Dios, que es la totalidad de todas las perfecciones, se revela en la realidad del hombre; es decir, la Esencia Divina es la suma total de todas las perfecciones, y desde esta posición proyecta un rayo de Su esplendor sobre la realidad humana. En otras palabras, el Sol de la Verdad se refleja en este espejo. Así, el ser humano es un espejo perfecto dirigido hacia el Sol de la Verdad, y la sede de Su reflejo. En la realidad del hombre se manifiesta el esplendor de todas las perfecciones divinas, y por esta razón es el representante y apóstol de Dios. Si el ser humano no existiera, el universo carecería de resultado, ya que el propósito de la existencia es la revelación de las perfecciones divinas. Por ello, no podemos decir que hubo un tiempo en que no existía el ser humano. A lo sumo, podemos decir que hubo un tiempo en que la Tierra no existía, y que al principio el hombre no estaba presente en ella.
Ahora bien, desde el principio que no tiene principio hasta el fin que no tiene fin, siempre ha habido una Manifestación perfecta. Este Hombre al que nos referimos aquí no es cualquier hombre: nos referimos al Hombre Perfecto. Pues la parte más noble del árbol, y el propósito fundamental de su existencia, es el fruto. Un árbol sin fruto no sirve. Por lo tanto, no se puede imaginar que el mundo de la existencia, ya sea en los reinos superiores o inferiores, estuviese alguna vez poblado por vacas y asnos, gatos y ratones, y sin embargo careciera de la presencia del ser humano. ¡Qué noción más falsa y banal!
La palabra de Dios es tan patente como el Sol. Este es un argumento espiritual, pero no se puede presentar a los filósofos materialistas desde un principio. Más bien, primero debemos presentar los argumentos racionales y, solo posteriormente, los espirituales.
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