Contestación a unas preguntas

54. El espíritu humano procede de Dios

Pregunta: ¿De qué manera procede de Dios el espíritu humano, pues en la Torá se dice que Dios insufló el espíritu en el cuerpo del hombre?

Respuesta: Has de saber que la procedencia es de dos clases: procedencia y aparición por emanación, y procedencia y aparición por manifestación. La procedencia por emanación es como la de una obra que procede de su autor. Por ejemplo, un escrito procede del escritor. Entonces, al igual que el escrito emana del escritor, y el discurso, del orador, así también el espíritu humano emana de Dios. Pero no Lo manifiesta; es decir, no se ha separado parte alguna de la Realidad Divina para entrar en el cuerpo del hombre. Más bien, así como la palabra emana del hablante, el espíritu humano ha emanado y ha aparecido en el cuerpo del hombre.

En cuanto a la procedencia por manifestación, se trata de la manifestación de una cosa en otras formas, como la procedencia de este árbol o esta flor de sus semillas, ya que la semilla misma se ha puesto de manifiesto en forma de ramas, hojas y flores. Esto se llama procedencia por manifestación.

Los espíritus humanos proceden de Dios por emanación, de la misma manera que el discurso procede del orador, y el escrito, del escritor; es decir, el orador no se convierte él mismo en el discurso, como tampoco el escritor deviene en el escrito: la conexión es más bien de procedencia por emanación. Pues el orador se mantiene en un estado absoluto de capacidad y poder a medida que el discurso emana de él, al igual que una acción emana de su autor. El verdadero Orador, la Esencia Divina, permanece siempre en la misma condición y no experimenta ningún cambio ni alteración, ninguna transformación ni vicisitud. No tiene principio ni fin. Por lo tanto, la procedencia de los espíritus humanos de Dios es una procedencia por emanación. Cuando en la Torá se dice que Dios insufló Su espíritu en el hombre, dicho espíritu viene a ser como las palabras que han emanado del verdadero Orador y han surtido efecto en la realidad del ser humano.

Ahora bien, si entendiéramos la procedencia por manifestación como «aparición» en vez de «división en partes», ya hemos dicho que esta es la manera de la procedencia y aparición del Espíritu Santo y de la Palabra, que provienen de Dios. Tal como consta en el Evangelio de Juan: «En el principio era la Palabra, y la Palabra estaba con Dios». Se desprende entonces de ello que el Espíritu Santo y la Palabra son la aparición de Dios y consisten en las perfecciones divinas que resplandecieron en la realidad de Cristo. Y estas perfecciones estaban con Dios, igual que el Sol que manifiesta la plenitud de su gloria en un espejo. Pues la Palabra no significa el cuerpo de Cristo sino las perfecciones divinas manifiestas en Él. Así, Cristo era como un espejo inmaculado que estaba orientado hacia el Sol de la Verdad, y las perfecciones de ese Sol, es decir, su luz y su calor se manifestaban claramente en ese espejo. Si miramos en el espejo, vemos el Sol y decimos que es el Sol. Por lo tanto, la Palabra y el Espíritu Santo, que consisten en las perfecciones de Dios, son la aparición divina. Este es el significado del versículo del Evangelio que dice «la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios»; pues las perfecciones divinas no pueden distinguirse de la Esencia Divina. Las perfecciones de Cristo se denominan la Palabra, ya que todas las cosas creadas son como letras aisladas, y las letras aisladas no transmiten un significado completo; en tanto que las perfecciones de Cristo son como una palabra entera, pues de una palabra se puede deducir un significado completo. Puesto que la realidad de Cristo era la manifestación de las perfecciones divinas, era como una palabra. ¿Por qué? Porque contenía un significado completo, y por eso se ha llamado la Palabra.

Y has de saber que el hecho de que la Palabra y el Espíritu Santo procedan de Dios, lo cual es una procedencia y aparición por manifestación, no debe interpretarse como que la realidad de la Divinidad se haya dividido o multiplicado, ni que haya descendido de sus alturas de pureza y santidad. ¡Dios no lo quiera! Si se colocase frente al Sol un espejo diáfano e inmaculado, la luz y el calor, la forma y la imagen del Sol aparecerían en este en tal forma que, si un observador dijese «Esto es el Sol», diría la verdad. Sin embargo, el espejo es el espejo y el Sol es el Sol. El Sol es solo uno, y sigue siendo uno solo aun cuando aparezca en numerosos espejos. Aquí no cabe inherencia, entrada, mezcla ni descenso; puesto que entrada, salida, inherencia, descenso y mezcla pertenecen a las características y requisitos de los cuerpos, no de los espíritus: cuánto menos a la sagrada y santificada Realidad de la Divinidad. ¡Muy elevado está Dios por encima de todo cuanto no sea digno de Su santidad y gloria, y excelso es Él en las alturas de Su sublimidad!

Como hemos dicho, el Sol de la Verdad ha permanecido siempre en la misma condición y no sufre cambio ni alteración, ni tampoco transformación ni vicisitud. No tiene principio ni fin. Pero la trascendente Realidad de la Palabra de Dios es como un espejo diáfano, inmaculado y resplandeciente, en el cual se reflejan el calor y la luz, la forma y la imagen del Sol de la Verdad: es decir, todas sus perfecciones. Por eso dice Cristo en el Evangelio «El Padre está en el Hijo», queriendo decir que las perfecciones del Sol de la Verdad brillan con esplendor en este espejo. ¡Glorificado sea Aquel que ha derramado Su esplendor sobre esta Realidad que está por encima de todo lo creado!