Contestación a unas preguntas

57. Las diferencias de carácter en las personas

Pregunta: ¿Cuántos tipos de carácter existen en las personas, y cuáles son las causas de las diferencias y variaciones entre ellos?

Respuesta: Tenemos el carácter innato, el carácter heredado y el carácter adquirido, que se adquiere mediante la educación.

En lo que respecta al carácter innato, si bien la naturaleza innata que Dios le ha conferido al ser humano es completamente buena, difiere entre las personas según el grado en que se encuentren: todos los grados son buenos, pero algunos lo son más que otros. Así, todo ser humano posee inteligencia y capacidad. No obstante, la inteligencia, la capacidad y las aptitudes varían de una persona a otra. Esto es de por sí evidente.

Por ejemplo, imagina un grupo de niños del mismo lugar y la misma familia, que van a la misma escuela y reciben instrucción del mismo maestro, han crecido con la misma alimentación y en el mismo clima, se visten con la misma ropa y aprenden las mismas lecciones. No hay duda de que, entre estos niños, algunos llegarán a ser expertos en las artes y las ciencias, algunos tendrán una aptitud mediana y algunos serán poco capaces. Por lo tanto, está claro que en la naturaleza innata del ser humano hay diferencias de grado, de aptitud y de capacidad, pero no es una cuestión de bueno o malo: es meramente una diferencia de grado. Uno ocupa el grado más alto, otro el grado intermedio y otro el grado más bajo. Por ejemplo, el ser humano, el animal, la planta y el mineral existen, pero la existencia de estas cuatro clases de seres es diferente. De hecho, ¡qué grande es la diferencia entre la existencia del hombre y la del animal! Sin embargo, todos existen, y es evidente que en la existencia hay diferencias de grados.

En cuanto a las diferencias en el carácter heredado, nacen de la fortaleza o debilidad de la constitución humana; es decir, si los padres son de constitución débil, los hijos lo serán también, y si son fuertes, los hijos serán igualmente robustos. Además, la excelencia del linaje ejerce una gran influencia, pues la buena semilla es como la cepa de calidad superior que se da asimismo entre las plantas y los animales. Por ejemplo, se observa que los hijos nacidos de padre y madre débiles y enfermizos tienen por naturaleza una constitución y nervios débiles, carecen de paciencia, resistencia, resolución y perseverancia, y son impulsivos, puesto que han heredado la debilidad y la flaqueza de los padres.

Al margen de esto, algunas familias y progenies han sido escogidas para recibir una bendición especial. Así, los descendientes de Abraham recibieron la particular bendición de que todos los Profetas de la Casa de Israel aparecieron de entre ellos. Esta es una bendición que Dios confirió a ese linaje. Moisés, tanto por parte de Su padre como de Su madre, Cristo, por parte de Su madre, Muḥammad, el Báb y todos los Profetas y Santos de Israel pertenecen a ese linaje. Bahá’u’lláh también es descendiente directo de Abraham, ya que Abraham, además de Ismael e Isaac, tuvo otros hijos que en aquella época emigraron a regiones de Persia y Afganistán, y la Bendita Belleza es uno de sus descendientes.

Luego es evidente que también existe el carácter heredado, a tal punto que, si el carácter de alguien no se adecua al de sus antepasados, no se le considerará como miembro de ese linaje en espíritu, aun cuando en cuerpo sea uno de sus descendientes. Tal es el caso de Canaán, que no se cuenta entre los descendientes de Noé.

En cuanto a las diferencias de carácter debidas a la educación, son ciertamente grandes ya que la educación ejerce una enorme influencia. Mediante la educación, los ignorantes llegan a ser doctos; los cobardes, valerosos; la rama torcida se endereza; la fruta áspera y amarga de las montañas se vuelve dulce y jugosa, y la flor de cinco pétalos produce un centenar de pétalos. Mediante la educación, las naciones bárbaras se civilizan, e incluso los animales adquieren hábitos humanos. A la educación debe dársele la mayor importancia, pues, así como las enfermedades se transmiten fácilmente en el mundo de los cuerpos, asimismo el carácter se transmite fácilmente en el dominio de los corazones y los espíritus. Las diferencias debidas a la educación son enormes y ejercen una gran influencia.

Ahora bien, alguien podría decir que, puesto que la capacidad y las aptitudes de las almas difieren, ¿cómo se puede reprobar a los malvados cuando sus capacidades mismas son diferentes? Esa diferencia de capacidad lleva inevitablemente a una diferencia de carácter. Pero no es así, pues la capacidad es de dos clases: innata y adquirida. La capacidad innata, que es creación de Dios, es totalmente buena: en la naturaleza innata no hay mal. Sin embargo, la capacidad adquirida puede llegar a ser causa de mal. Por ejemplo, Dios ha creado a todos los seres humanos de tal manera, y les ha conferido tal capacidad y disposición, que se benefician del azúcar y de la miel, y los perjudica o destruye el veneno. Esta es una capacidad y disposición innata que Dios ha conferido a todos por igual. Pero el hombre puede comenzar a tomar veneno poco a poco e ingerir una pequeña cantidad cada día, e ir aumentándola progresivamente, hasta que llega al punto de que perece si no consume varios gramos de opio cada día y se alteran por completo sus capacidades innatas. Observa cómo pueden cambiar totalmente la capacidad y la disposición innatas mediante la variación del hábito y el adiestramiento, hasta el punto de pervertirse por completo. No es en razón de su capacidad y disposición innatas que se reprocha a los malvados, sino por lo que ellos mismos han adquirido.

En la naturaleza innata de las cosas no hay mal: todo es bueno. Esto es así aun en el caso de ciertos atributos y disposiciones aparentemente censurables que parecen inherentes a ciertas personas, pero que en realidad no son reprensibles. Por ejemplo, desde el comienzo de su vida, se puede ver en un niño de pecho señales de avaricia, enfado y mal genio; y, por tanto, podría argüirse que el bien y el mal son innatos en la realidad de los seres humanos, y que esto es contrario a la pura bondad de la naturaleza innata y de la creación. La respuesta es que la avaricia, que significa exigir siempre más, es una cualidad loable siempre que se exhiba en las circunstancias adecuadas. Así, si una persona muestra avaricia en la adquisición de ciencias y conocimiento, o en el ejercicio de la compasión, el altruismo y la justicia, ello es altamente encomiable. Y si dirige su enojo y su ira contra los tiranos sanguinarios que son como bestias feroces, esto es también altamente encomiable. Pero si ostenta estas características en otras condiciones, ello merece reproche.

Por tanto, se desprende que en la existencia y la creación no existe en absoluto el mal, pero cuando las cualidades innatas del hombre se usan de manera ilícita, se tornan reprobables. Así, si una persona rica y generosa le da limosna a un pobre para que la gaste en sus necesidades, y este la gasta de manera inadecuada, eso es reprensible. Lo mismo ocurre con todas las cualidades innatas de la persona, que constituyen el capital de la vida humana: si se manifiestan y se emplean de manera inadecuada, se vuelven reprochables. Está claro, entonces, que la naturaleza innata es absolutamente buena.

Observa que la peor de todas las características y el atributo más execrable, y el fundamento mismo de todo mal, es la mentira; y que no se puede imaginar una característica más dañina y reprobable en toda la existencia. Anula todas las perfecciones humanas y origina innumerables vicios. No hay peor atributo que este, y es la base de toda maldad. Ahora bien, pese a todo esto, si un médico consuela a su paciente, diciéndole: «Gracias a Dios, está mejorando y hay esperanza de que se recupere», aunque estas palabras sean contrarias a la verdad, a veces apaciguan la mente del paciente y pasan a ser el medio de curar la enfermedad. Y esto no es reprochable.

Esta pregunta ahora ha quedado totalmente aclarada.