Contestación a unas preguntas
59. La comprensión que el hombre tiene de Dios
Pregunta: ¿Hasta qué punto puede la percepción humana comprender a Dios?
Respuesta: Este tema requiere mucho tiempo y será difícil explicarlo en torno a la mesa. No obstante, ofreceremos una breve explicación.
Has de saber que hay dos clases de conocimiento: el conocimiento de la esencia de una cosa y el conocimiento de sus atributos. La esencia de cada cosa se conoce solo a través de sus atributos; de otra forma, esa esencia es desconocida e impenetrable.
Dado que nuestro conocimiento de las cosas, incluso de las creadas y sujetas a limitaciones, es de sus atributos y no de su esencia, ¿cómo ha de ser posible entender en su esencia la ilimitada realidad de la Divinidad? Pues la esencia íntima de una cosa no puede conocerse jamás, solo sus atributos. Por ejemplo, la realidad íntima del Sol se desconoce, pero se entiende a través de sus atributos, que son el calor y la luz. La esencia íntima del ser humano es desconocida e impenetrable, pero se conoce y caracteriza por sus atributos. Por tanto, toda cosa llega a conocerse por sus atributos y no por su esencia. Aun cuando la mente humana abarca todas las cosas, y todas las cosas externas son a su vez abarcadas por ella, estas son desconocidas con respecto a su esencia y solo pueden conocerse con respecto a sus atributos. Entonces, ¿cómo se puede conocer en Su Esencia al Señor antiguo y sempiterno, Quien está por encima de toda comprensión e imaginación? Es decir, puesto que las cosas creadas solo pueden conocerse por sus atributos y no en su esencia, la realidad de la Divinidad, asimismo, debe ser desconocida con respecto a su esencia y conocida únicamente con respecto a sus atributos.
Además, ¿cómo puede una realidad que tiene un origen abarcar aquella Realidad que ha existido desde toda la eternidad? Pues la comprensión es resultado de la acción de abarcar —una acción que debe producirse para que la comprensión tenga lugar— en tanto que la Esencia Divina es omnímoda y nunca podrá ser abarcada.
Por otra parte, las diferencias de grado en el mundo de la creación son un obstáculo para el conocimiento. Por ejemplo, dado que este mineral pertenece al reino mineral, por mucho que se eleve, jamás podrá comprender la facultad de crecimiento. Las plantas y los árboles, por mucho que progresen, no pueden imaginarse la facultad de la vista o de los demás sentidos. El animal no puede imaginar el nivel humano, es decir, sus facultades espirituales. Así pues, las diferencias de grado son un obstáculo para el conocimiento: el grado inferior no puede comprender el superior. ¿Cómo puede, entonces, una realidad que ha sido generada comprender aquella Realidad que ha existido desde toda la eternidad?
En consecuencia, conocer a Dios quiere decir comprender y conocer Sus atributos y no Su Realidad. Y aun este conocimiento de Sus atributos llega solo hasta donde lo permiten la capacidad y las facultades humanas, y es totalmente insuficiente. La filosofía consiste en comprender las realidades de las cosas como son en sí mismas, hasta donde lo permitan las facultades humanas. La realidad generada no tiene más recurso que comprender los atributos preexistentes dentro de los límites intrínsecos de la capacidad humana. El reino invisible de la Divinidad está muy por encima y mucho más allá de la comprensión de todos los seres, y todo cuanto pueda ser imaginado es mero entendimiento humano. La facultad del entendimiento humano no abarca la realidad de la Esencia Divina: a lo único que una persona podría aspirar es comprender los atributos de la Divinidad, cuya luz se manifiesta y resplandece en el mundo y dentro de las almas humanas.
Cuando examinamos el mundo y las almas humanas, las lúcidas señales de las perfecciones de la Divinidad aparecen de forma clara y manifiesta, pues las realidades de todas las cosas dan testimonio de la existencia de una Realidad universal. La realidad de la Divinidad es como el Sol, que desde las alturas de su trascendencia brilla sobre todas las regiones, y de cuyo resplandor participan todos los países y todas las almas. Si no fuese por esa luz y ese resplandor, nada podría existir. Ahora bien, todas las cosas creadas dan testimonio de esa luz, participan de sus rayos y obtienen su parte de ella, mas la plenitud del esplendor de las perfecciones, mercedes y atributos de la Divinidad irradia desde la realidad del Hombre Perfecto, es decir, ese Ente singular que es la Manifestación universal de Dios. Pues cada uno de los demás seres ha recibido solo una parte de esa luz, pero la Manifestación universal de Dios es el espejo orientado hacia ese Sol, que se manifiesta en él con todas sus perfecciones, atributos, señales y efectos.
El conocimiento de la realidad de la Divinidad no es en absoluto posible, pero el conocimiento de las Manifestaciones de Dios es el conocimiento de Dios, ya que en ellas se manifiestan las dádivas, los esplendores y atributos de Dios. Por tanto, quien alcanza el conocimiento de las Manifestaciones de Dios alcanza el conocimiento de Dios, y quien permanece desatento queda privado de ese conocimiento. Luego, queda claramente establecido que las santas Manifestaciones son los centros focales de las dádivas, señales y perfecciones celestiales. ¡Bienaventurados quienes reciben la luz de las dádivas divinas de esas Auroras luminosas!
Abrigamos la esperanza de que los amados de Dios, como una fuerza de atracción, extraigan estas dádivas de su fuente misma y se levanten con tal luminosidad y ejerzan tal influencia que lleguen a ser señales patentes del Sol de la Verdad.
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