Contestación a unas preguntas

60. La inmortalidad del espíritu (1)

Habiendo establecido la existencia del espíritu humano, debemos ahora demostrar su inmortalidad.

En los libros sagrados se hace mención de la inmortalidad del espíritu, que es el fundamento mismo de las religiones divinas. Pues se dice que las recompensas y los castigos son de dos clases: unos son recompensas y castigos existenciales, y otros, recompensas y castigos finales. El paraíso y el infierno existencial se encuentran en todos los mundos de Dios, ya sea en este mundo o en los dominios celestiales del espíritu, y obtener esas recompensas es alcanzar la vida sempiterna. Por eso Cristo dijo: Actuad de tal manera que alcancéis vida eterna, nazcáis del agua y del espíritu, y entréis así en el Reino.

Las recompensas existenciales consisten en las virtudes y perfecciones que adornan la realidad humana. Por ejemplo, la persona estaba sumida en la oscuridad y se vuelve luminosa; era ignorante y se vuelve instruida; era descuidada y se vuelve consciente; estaba dormida y despierta; estaba muerta y es resucitada; estaba ciega y comienza a ver; estaba sorda y comienza a oír; era terrenal y se torna celestial; era material y llega a ser espiritual. Mediante estas recompensas, vuelve a nacer en espíritu, es creada de nuevo y se convierte en la manifestación del versículo del Evangelio que dice que los Apóstoles «no nacieron de sangre, ni de deseo de carne, ni de la voluntad del hombre, sino de Dios»; es decir, se libraron de las características y cualidades animales que son inherentes a la naturaleza humana, y adquirieron atributos divinos, que son la efusiva gracia de Dios. Esto es lo que verdaderamente significa haber nacido de nuevo. Pues para semejantes almas no existe mayor tormento que estar veladas de Dios, ni peor castigo que los caracteres egoístas, los atributos perversos, la bajeza de carácter y la inmersión en deseos carnales. Cuando estas almas se libran de la oscuridad de estos vicios mediante la luz de la fe, cuando son iluminadas por los rayos del Sol de la Verdad y dotadas de toda virtud humana, estiman que ello supone la mayor recompensa y lo consideran el verdadero paraíso. Del mismo modo, consideran que el castigo espiritual, es decir, el tormento y castigo existencial, consiste en estar sujeto al mundo de la naturaleza, estar separado de Dios como por un velo, ser ignorante e inconsciente, estar absorto en deseos codiciosos, dejarse arrastrar por vicios animales, caracterizarse por malos atributos como la falsedad, la tiranía y la iniquidad, el apego a las cosas mundanas y la inmersión en fantasías satánicas, todo lo cual consideran como el mayor de los tormentos y castigos.

Las recompensas finales, que consisten en la vida sempiterna, han sido detalladas en todas las escrituras sagradas. Son las perfecciones divinas, las dádivas eternas y la dicha permanente. Las recompensas finales son los dones y las perfecciones que la persona alcanza en los dominios celestiales después de su ascensión de este mundo, en tanto que las recompensas existenciales son esas verdaderas y luminosas perfecciones que se logran estando en este mundo, y que son la causa de la vida sempiterna. Pues las recompensas existenciales constituyen el avance de la existencia misma y son análogas al paso del ser humano desde la etapa del embrión a la etapa de la madurez, cuando llega a ser la encarnación del versículo «¡Santificado sea el Señor, el más excelente de todos los creadores!». Las recompensas finales consisten en mercedes y dádivas espirituales, como los múltiples dones de Dios conferidos después de la ascensión del alma, el logro del deseo del corazón y la reunión con Él en el dominio sempiterno. De forma análoga, las penas y los castigos finales consisten en estar privado de las mercedes especiales y las dádivas infalibles de Dios y quedar hundido en los niveles más bajos de la existencia. Y quien esté desprovisto de estos favores, aunque continúe existiendo después de la muerte, se cuenta entre los muertos a los ojos del pueblo de la verdad.

Una prueba racional de la inmortalidad del espíritu es que de algo inexistente no se produce ningún efecto; es decir, es imposible que surja un efecto de la nada absoluta, ya que el efecto de una cosa es secundario respecto a su existencia, y lo secundario está sujeto a la existencia de lo primario. Así, de un sol inexistente no pueden emanar rayos; de un mar inexistente no pueden romper olas; de una nube inexistente no puede caer lluvia; de un árbol inexistente no puede haber fruto; de una persona inexistente no puede aparecer ni producirse nada. Por lo tanto, toda vez que los efectos de la existencia son visibles, prueban que el autor de esos efectos existe.

Observa cómo ha perdurado la soberanía de Cristo hasta hoy. ¿Cómo puede una soberanía de semejante grandeza manifestarse de un soberano inexistente? ¿Cómo pueden levantarse semejantes olas de un océano inexistente? ¿Cómo pueden soplar esas brisas celestiales de un jardín inexistente? Observa que tan pronto como se desintegran las partes constitutivas de algo, ya sea mineral, vegetal o animal, y se disuelve su composición elemental, desaparece cualquier efecto, influencia y vestigio de ello. Pero ese no es el caso del espíritu y la realidad humana, que continúan manifestando sus señales, ejerciendo su influencia y prolongando sus efectos aun después de la disociación y descomposición de las diversas partes y miembros del cuerpo.

Esta cuestión es muy sutil: reflexiona sobre ella atentamente. Es una prueba racional que ofrecemos, para que las mentes racionales la sopesen en la balanza de la razón y la imparcialidad. Mas si el espíritu humano se siente gozoso y atraído hacia el Reino, si el ojo interior está abierto y el oído espiritual sintonizado, y si llegan a predominar los sentimientos espirituales, la inmortalidad del espíritu se verá con la misma claridad que el Sol y las buenas nuevas e indicios celestiales rodearán ese espíritu.

Mañana ofreceremos otras pruebas.