Contestación a unas preguntas

61. La inmortalidad del espíritu (2)

Ayer examinábamos la inmortalidad del espíritu. Has de saber que la influencia y la percepción del espíritu humano es de dos clases; es decir, el espíritu humano tiene dos modos de operar y comprender. Un modo es por mediación de los instrumentos y órganos corporales. Así, ve con los ojos, oye con los oídos y habla con la lengua. Estas son acciones del espíritu y funciones de la realidad humana, pero se dan por mediación de instrumentos corporales. Por tanto, el espíritu es el que ve, pero mediante los ojos; el espíritu es el que oye, pero mediante los oídos; el espíritu es el que habla, pero mediante la lengua.

El otro modo en que el espíritu actúa y ejerce su influencia es sin estos instrumentos y órganos corporales. Por ejemplo, en el estado de sueño, ve sin ojos, oye sin oídos, habla sin lengua, corre sin pies: en resumen, ejerce todas estas facultades sin la mediación de instrumentos ni órganos. ¡Cuántas veces ocurre que el espíritu tiene un sueño mientras está dormido, y su significado se materializa con exactitud dos años después! Asimismo, cuántas veces ocurre que en el mundo de los sueños el espíritu resuelve un problema que no podía resolver en estado de vigilia. Estando despierto, el ojo solo ve una distancia corta, pero en el dominio de los sueños alguien que está en el Oriente puede ver el Occidente. Estando despierto, ve solo el presente; en el sueño, ve el futuro. Estando despierto, con el medio más rápido, viaja a una velocidad de setenta millas por hora, a lo sumo; en el sueño, atraviesa el Oriente y el Occidente en un abrir y cerrar de ojos. El espíritu puede viajar de dos maneras: sin instrumentos, o viaje espiritual, y con instrumentos, o viaje material, igual que las aves, que vuelan o son transportadas en un vehículo.

Mientras duerme, este cuerpo físico está como muerto: no ve, ni oye, ni siente. No tiene consciencia ni percepción: sus facultades están en suspenso. Aun así, el espíritu no solo sigue vivo y presente, sino que ejerce una influencia mayor, se remonta a alturas más sublimes y posee una comprensión más profunda. Sostener que el espíritu queda aniquilado con la muerte del cuerpo es imaginar que un pájaro enjaulado muere si se rompe la jaula, aunque el pájaro no tiene nada que temer de la destrucción de la jaula. Este cuerpo es como la jaula, y el espíritu es como el pájaro. Vemos que este pájaro, libre de las trabas de su jaula, vuela libremente en el mundo del sueño. Por lo tanto, si se rompe la jaula, el pájaro no solo seguirá existiendo sino que sus sentidos se agudizarán, su percepción se hará más amplia y su regocijo se hará más intenso. En realidad, supondrá dejar un sitio de tormento por un paraíso delectable, pues para los pájaros agradecidos no hay mayor paraíso que ser liberados de su jaula. Así es cómo los mártires corren hacia el campo del sacrificio con la mayor alegría y exultación.

En estado de vigilia, el ojo humano llega a ver, a lo sumo, hasta una hora de distancia, pues solo hasta ahí alcanza la influencia del espíritu que usa el cuerpo como intermediario; sin embargo, con el ojo de la mente ve América, entiende esa tierra, está al corriente de su condición y organiza los asuntos como corresponde. Ahora bien, si el espíritu fuese idéntico al cuerpo, su poder de visión no se extendería más allá. Por tanto, es evidente que el espíritu es distinto del cuerpo, que el pájaro es distinto de la jaula, y que el poder y la influencia del espíritu son más marcados sin la intermediación del cuerpo. Ahora, si el instrumento está inactivo, el que lo maneja sigue existiendo. Por ejemplo, si la pluma se deja de lado o se estropea, el escritor sigue vivo y sano; si una casa se destruye, su dueño sigue viviendo. Este es uno de los argumentos racionales que prueban la inmortalidad del alma.

Otra prueba es la siguiente: El cuerpo de una persona podrá debilitarse o fortalecerse, enfermar o curarse, cansarse o descansar; podrá sufrir la pérdida de una mano o una pierna; podrán decaer sus facultades materiales; podrá quedar ciego, sordo, mudo o paralítico: en suma, podría quedar gravemente discapacitado; y, sin embargo, pese a esto, el espíritu mantiene su condición original y sus percepciones espirituales, sin sufrir menoscabo ni trastorno. Mas cuando el cuerpo queda afectado por una dolencia o calamidad grave, queda privado de la gracia del espíritu, como un espejo roto o cubierto de polvo que ya no puede reflejar la luz del Sol ni revelar su munificencia.

Ya hemos explicado que el espíritu humano no está contenido dentro del cuerpo, pues está libre y exento de entrada y salida, que son algunas de las propiedades de los cuerpos materiales. Antes bien, la conexión del espíritu con el cuerpo es como la del Sol con el espejo. En pocas palabras, el espíritu humano permanece siempre en la misma condición. Ni cae enfermo con la enfermedad del cuerpo, ni sana con la curación de este; no se debilita ni queda incapacitado, ni deviene desdichado, ni oprimido, disminuido o menoscabado: es decir, no sufre daño ni perjuicio a causa de las dolencias del cuerpo, aunque el cuerpo se consumiera, o si le cortasen las manos, los pies y la lengua, o se vieran perturbadas las facultades de la vista y del oído. Por lo tanto, es evidente y queda establecido que el espíritu es distinto del cuerpo y que su inmortalidad no está condicionada por este, sino que el espíritu tiene supremacía sobre el mundo del cuerpo, y su poder e influencia son tan claramente visibles como las dádivas del Sol en un espejo. Sin embargo, cuando el espejo está cubierto de polvo o roto, queda privado de los rayos del Sol.