Contestación a unas preguntas
62. Las infinitas perfecciones de la existencia y el progreso del alma en el mundo venidero
Has de saber que los grados de la existencia son finitos: los grados de la servidumbre, el profetismo y la Divinidad; mas las perfecciones de Dios y de la creación son infinitas. Si examinas detenidamente este asunto verás que, aun en su sentido más externo, las perfecciones de la existencia son infinitas, pues es imposible encontrar alguna cosa creada con respecto a la cual no pueda imaginarse algo superior. Por ejemplo, no se puede encontrar en el mundo mineral un rubí, ni en el mundo vegetal una rosa, ni en el mundo animal un ruiseñor, con respecto a los cuales no pueda imaginarse un ejemplar mejor.
Puesto que la gracia de Dios es ilimitada, también lo son las perfecciones del ser humano. Si le fuera posible a la realidad de alguna cosa alcanzar la cima misma de la perfección, entonces se volvería independiente de Dios y la realidad contingente llegaría al rango de la realidad necesaria. Pero a toda cosa creada se le ha asignado un grado que de ninguna manera podrá sobrepasar. Así, el que ocupa el grado de la servidumbre, por mucho que progrese y adquiera infinitas perfecciones, jamás podrá alcanzar el grado del Señorío divino. Lo mismo ocurre con todas las demás cosas creadas. Por mucho que progrese un mineral, jamás adquirirá la facultad de crecimiento en el reino mineral. Por mucho que progrese esta flor, nunca podrá manifestar la facultad de la sensación, mientras se halle en el reino vegetal. Este objeto de plata jamás podrá obtener vista ni oído; a lo sumo, podrá progresar dentro de su propio grado y llegar a ser un mineral perfecto, pero no podrá adquirir la capacidad de crecer ni de sentir, ni llegará nunca a ser viviente; solo puede progresar dentro de su propio grado.
Por ejemplo, Pedro no puede llegar a ser Cristo. A lo sumo, puede llegar a tener infinitas perfecciones en los grados de la servidumbre, ya que toda realidad existente es capaz de progresar. Puesto que el espíritu del hombre vive para siempre después de abandonar esta forma material, indudablemente, al igual que todas las cosas existentes, es capaz de progresar; y, por tanto, uno puede orar por el alma de un difunto para que progrese, sea perdonada o reciba favores, dádivas y gracia divinos. Por eso, en las oraciones de Bahá’u’lláh se implora el perdón y la indulgencia de Dios para quienes han ascendido al mundo del más allá. Es más, al igual que las personas necesitan a Dios en este mundo, también tienen necesidad de Él en el próximo. Las criaturas siempre están necesitadas, y Dios es siempre completamente independiente de ellas, ya sea en este mundo o en el mundo venidero.
La riqueza del otro mundo consiste en la cercanía a Dios. Es seguro, por tanto, que a quienes gozan de cercanía al umbral divino les está permitido interceder, y esta intercesión es aceptable a los ojos de Dios. Mas la intercesión en el otro mundo no tiene ninguna semejanza con la intercesión en este mundo. Es una condición, una realidad, completamente diferente, que no puede expresarse en palabras.
Si una persona adinerada decide que, tras su muerte, una parte de su riqueza se destine a los pobres y menesterosos, quizás esta acción atraiga el perdón y la indulgencia de Dios y redunde en su progreso en el Reino del Todomisericordioso.
Asimismo, los padres sobrellevan los mayores esfuerzos y dificultades por sus hijos y, a menudo, cuando estos han llegado a la madurez, ellos ya han volado al mundo del más allá. Mientras están en este mundo, la madre y el padre rara vez disfrutan de las recompensas por el dolor y las dificultades que han tenido que soportar por sus hijos. Por tanto, a cambio de este dolor y estas dificultades, los hijos deben contribuir a obras de caridad y realizar buenas acciones en nombre de ellos, e implorar perdón e indulgencia para sus almas. Así pues, en pago por el amor y la bondad de tu padre, auxilia a los pobres en su nombre y, con la mayor humildad y fervor, suplica el perdón y la indulgencia de Dios e implora Su infinita misericordia.
Incluso es posible que quienes han muerto en el pecado y el descreimiento sean transformados, es decir, lleguen a ser objeto del perdón divino. Esto es por la gracia de Dios, y no por Su justicia, pues la gracia es conferir algo sin merecimiento, y la justicia es dar lo merecido. Igual que tenemos la capacidad de rezar por esas almas aquí, también tendremos la misma capacidad en el próximo mundo, el mundo del Reino. ¿Acaso no son creación de Dios todas las criaturas de ese mundo? Por tanto, deben poder progresar también en ese mundo. Y, al igual que aquí pueden pedir iluminación mediante la súplica, también allá pueden implorar el perdón y pedir iluminación mediante la oración y la súplica. Así, del mismo modo en que las almas pueden progresar en este mundo mediante sus ruegos y súplicas, o mediante las oraciones de almas santas, asimismo, tras la muerte, pueden progresar por medio de sus propias oraciones y súplicas, sobre todo si llegan a ser objeto de la intercesión de las santas Manifestaciones.
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