Contestación a unas preguntas
3. Necesidad de un Educador
Cuando observamos la existencia, vemos que el reino mineral, el vegetal, el animal y el humano ―todos y cada uno de ellos― tienen necesidad de un educador.
Si la tierra carece de quien la cultive, se convierte en una espesura de malezas crecientes, pero si se encuentra a un agricultor que la cultive, la cosecha resultante provee sustento a los seres vivos. Luego, es evidente que la tierra necesita ser cultivada por un labrador. Observa los árboles: si se quedan sin cultivar, no producen frutos y, sin frutos, no sirven para nada. Pero cuando el árbol sin fruto se confía al cuidado de un jardinero, se vuelve fructífero y, mediante el cultivo, los cruces y los injertos, el árbol de fruto amargo produce fruta dulce. Estos son argumentos racionales, que es lo que las gentes del mundo necesitan hoy en día.
Observa igualmente los animales: si a un animal se le entrena, se vuelve doméstico; en tanto que el ser humano, si se le deja sin educación, se vuelve como un animal. En efecto, si se abandona al hombre a su estado natural, se hunde más bajo que el animal, mientras que, si se le educa, llega a ser como un ángel. Pues la mayoría de los animales no devoran a los de su misma especie, pero hay hombres en Sudán, en el centro de África, que se despedazan y se devoran unos a otros.
Observa ahora que la educación es lo que somete a Oriente y Occidente al dominio del ser humano, produce todas estas obras admirables, promueve estas grandes artes y ciencias, y da origen a estos nuevos descubrimientos y proyectos. Si no fuese por un educador, de ningún modo se habrían conseguido los medios para la comodidad, la civilización y las virtudes humanas. Si se abandona a una persona sola en una selva donde no vea a nadie de su propia especie, sin duda se convertirá en un simple animal. Por consiguiente, está claro que se necesita un educador.
Ahora bien, la educación es de tres clases: material, humana y espiritual. La educación material tiene por objeto el crecimiento y desarrollo del cuerpo, y consiste en asegurar su sustento y obtener los medios para su holgura y comodidad. Esta educación es común al hombre y al animal.
Sin embargo, la educación humana consiste en civilización y progreso, es decir, buen gobierno, orden social, bienestar humano, comercio e industria, artes y ciencias, descubrimientos trascendentales y grandes proyectos, que son las características esenciales que distinguen al ser humano de los animales.
En cuanto a la educación divina, se trata de la educación del Reino, y consiste en adquirir perfecciones divinas. Esta es realmente la verdadera educación ya que, en virtud de ella, el ser humano llega a ser el foco de las bendiciones divinas y la personificación del versículo «Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra». Este es el objetivo último del mundo de la humanidad.
Ahora bien, necesitamos un educador que sea a la vez un educador material, humano y espiritual, para que su autoridad tenga efecto en todos los niveles de la existencia. Y si alguien dijese: «Yo estoy dotado de razón y entendimiento perfectos y no tengo necesidad de semejante educador», estaría negando lo evidente. Es como si un niño dijera: «No necesito educación, sino que obraré buscando las perfecciones de la existencia conforme a mi propio pensamiento e inteligencia»; o como si un ciego afirmase: «No necesito ver, ya que hay muchos ciegos que salen adelante».
Por tanto, es claro y evidente que el hombre tiene necesidad de un educador. No hay duda de que este educador debe ser perfecto en todos los aspectos y distinguirse por encima de todos los seres humanos. Pues, si fuese como los demás, jamás podría ser su educador, especialmente porque debe ser, al mismo tiempo, su educador material, humano y espiritual. Es decir, ha de organizar y administrar sus asuntos materiales y establecer un orden social, a fin de que se ayuden y apoyen unos a otros para asegurar los medios de existencia, y para que sus asuntos materiales estén ordenados y organizados en todos los aspectos.
Debe, asimismo, sentar las bases de la educación humana. Es decir, debe educar las mentes y pensamientos humanos de tal modo que sean capaces de lograr verdadero progreso; que la ciencia y el conocimiento se expandan; que las realidades de las cosas, los misterios del universo y las propiedades de todo lo existente sean revelados; que día a día aumenten el saber, los descubrimientos y las grandes iniciativas; y que las cuestiones del intelecto se deduzcan a partir de lo perceptible y se transmitan a través de ello.
También debe impartir educación espiritual, para que las mentes puedan percibir el mundo metafísico, aspirar los hálitos benditos del Espíritu Santo y entrar en relación con el Concurso de lo alto, y para que las realidades humanas lleguen a ser las manifestaciones de las bendiciones divinas y que, por ventura, todos los nombres y atributos de Dios se reflejen en el espejo de la realidad humana y se haga realidad el significado del versículo sagrado «Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra».
Sin embargo, está claro que el mero poder humano es incapaz de llevar a cabo esta gran tarea, y que los resultados del pensamiento humano, por sí solos, no pueden garantizar esos dones. ¿Cómo puede una sola persona, sin ayuda ni apoyo, sentar las bases de tan grandioso edificio? Así pues, se necesita un poder divino y espiritual que le permita llevar a cabo esta misión. ¡Fíjate! Un Alma santificada hace revivir al mundo de la humanidad, transforma la faz de la tierra, desarrolla las mentes, vivifica las almas, inaugura una nueva vida, sienta bases nuevas, ordena el mundo, reúne a las naciones y religiones bajo un solo estandarte, libera al ser humano del dominio de la bajeza y la imperfección, y lo exhorta y anima a desarrollar sus perfecciones innatas y adquiridas. ¡Indudablemente, nada que no sea un poder divino puede realizar esta hazaña! Uno debe examinar este asunto imparcialmente, ya que la ocasión requiere imparcialidad.
Una Causa que todos los gobiernos y pueblos del mundo son incapaces de promover y promulgar, a pesar de todo su poder y sus ejércitos, ¡una sola Alma santa la promulga sin ayuda ni apoyo! ¿Puede esto llevarse a cabo solamente por medio del poder humano? ¡Por Dios, que no! Por ejemplo, Cristo, solo y sin ayuda de nadie, enarboló el estandarte de la paz y la amistad, hazaña que las fuerzas unidas de todos los gobiernos poderosos del mundo son incapaces de lograr. ¡Considera cuán numerosos son los distintos gobiernos y pueblos —como Italia, Francia, Alemania, Rusia, Inglaterra y similares— que se han reunido bajo el mismo dosel! La cuestión es que el advenimiento de Cristo condujo a la camaradería entre estos pueblos divergentes. De hecho, algunos de los pueblos que creían en Cristo estaban tan íntimamente unidos que ofrecían su vida y sus bienes unos por otros. Así fue hasta los días de Constantino, por medio de quien fue ensalzada la Causa de Cristo. Sin embargo, después de un tiempo y a causa de distintos motivos, surgieron nuevamente divisiones entre ellos. Lo que queremos decir es que Cristo unió a esas naciones, pero al cabo de mucho tiempo los gobiernos hicieron que resurgiera la discordia.
Lo principal es que Cristo consiguió lo que los reyes del mundo no pudieron lograr. Unió a naciones divergentes y cambió antiguas costumbres. Considera las grandes diferencias que existían entre los romanos, griegos, sirios, egipcios, fenicios e israelitas, así como entre otros pueblos de Europa. Cristo abolió esas diferencias y se convirtió en la causa de concordia entre esos pueblos. Si bien después de un largo tiempo los gobiernos quebrantaron esta unidad, no hay duda de que Cristo había cumplido Su tarea.
Nuestra intención es señalar que el Educador universal debe ser a la vez un educador material, humano y espiritual y, remontándose por encima del mundo de la naturaleza, ha de poseer otro poder, para asumir la posición de maestro divino. Si no ejerciera ese poder celestial, no podría educar, ya que Él mismo sería imperfecto. ¿Cómo podría entonces promover la perfección? Si fuera ignorante, ¿cómo podría hacer que otros fueran sabios? Si fuera injusto, ¿cómo podría hacer justos a otros? Si fuese terrenal, ¿cómo podría hacer celestiales a otros?
Entonces, debemos considerar con equidad si estas Manifestaciones divinas que han aparecido poseían o no todos estos atributos. Si carecían de estos atributos y perfecciones, entonces no eran verdaderos educadores.
Por tanto, es mediante argumentos racionales como debemos demostrar a mentes racionales la condición profética de Moisés, de Cristo y de las otras Manifestaciones divinas. Y las pruebas y argumentos que proporcionamos aquí se basan en argumentos racionales, y no en argumentos tradicionales.
Así pues, ha quedado demostrado mediante argumentos racionales que el mundo de la existencia necesita forzosamente un educador y que esta educación debe lograrse mediante un poder celestial. No cabe duda de que este poder celestial es la revelación divina y de que el mundo debe ser educado mediante este poder que trasciende al poder humano.
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