Contestación a unas preguntas

70. El libre albedrío y sus límites

Pregunta: ¿El ser humano es libre y autónomo en todas sus acciones, o está forzado y obligado?

Respuesta: Esta es una de las cuestiones más importantes de la teología y es muy abstrusa. Dios mediante, otro día explicaremos detalladamente este asunto desde el comienzo de nuestro almuerzo. Por ahora, diremos brevemente unas pocas palabras.

Algunas cuestiones están sujetas al libre albedrío de la persona, tales como actuar con justicia y equidad, o con injusticia e iniquidad; en otras palabras, escoger buenas o malas acciones. Está claro que la voluntad de la persona desempeña un papel importante en estas acciones. Sin embargo, hay ciertos aspectos en los que la persona se ve obligada y no tiene opción, como sucede con respecto al sueño, la muerte, la enfermedad, la merma de sus facultades, el infortunio y las pérdidas materiales; estos no dependen de la voluntad de la persona, y esta no es responsable por ellos, ya que está obligada a sobrellevarlos. No obstante, es libre para elegir entre buenas y malas acciones, y las lleva a cabo por voluntad propia.

Por ejemplo, si así lo desea, puede pasar los días alabando a Dios y, si es su deseo, puede ocuparse en cosas fuera de Él. Puede encender la lámpara de su corazón con la llama del amor a Dios y llegar a ser un bienqueriente del mundo, o puede llegar a ser un enemigo de toda la humanidad, o poner el afecto en cosas mundanas; puede optar por ser justo o inicuo: todos estos hechos y acciones están bajo su control y, por tanto, es responsable de ellos.

Pero surge otra cuestión: La condición humana es de máxima incapacidad y absoluta pobreza. Todo poder y dominio pertenecen únicamente a Dios, y la exaltación y humillación de la persona dependen de la voluntad y el propósito del Altísimo. Así, en el Evangelio se dice que Dios es como un alfarero que crea «una vasija para usos nobles, y otra para usos despreciables». La vasija para usos despreciables no tiene el derecho de reprochar al alfarero, diciendo: «¿Por qué no hiciste de mí una valiosa copa que pasara de mano en mano?» El significado de estas palabras es que las almas ocupan distintos niveles. Aquello que ocupa el nivel más bajo de la existencia, como el mineral, no tiene derecho a poner objeción diciendo: «Oh Dios, ¿por qué me has negado las perfecciones de la planta?» Igualmente, la planta no tiene ningún derecho de protestar por haber sido privada de las perfecciones del reino animal. Y, similarmente, no es apropiado que el animal se queje de su falta de perfecciones humanas. Al contrario, todas estas cosas son perfectas dentro de su propio grado y deben aspirar a las perfecciones de ese grado. Como hemos dicho anteriormente, aquello que es inferior en rango no tiene la competencia ni el derecho de aspirar al nivel y las perfecciones de aquello que es superior, sino que debe progresar dentro de su propio grado.

Por otra parte, la quietud y el movimiento de la persona están supeditados a la ayuda de Dios. Si no le alcanza esa ayuda, no puede hacer ni el bien ni el mal. Pero cuando la ayuda del Señor generosísimo confiere al ser humano existencia, este es capaz de hacer el bien y el mal. Y si esa ayuda se interrumpiera, sería absolutamente incapaz de hacer nada. Por eso en las sagradas escrituras se menciona la ayuda y la asistencia de Dios. Esta condición se asemeja a la de un barco que se desplaza por la fuerza del viento o del vapor. Si esa fuerza se interrumpiera, el barco sería completamente incapaz de moverse. No obstante, cualquiera que sea la dirección en que se gire el timón, la fuerza del vapor impulsa al barco en esa dirección. Si el timón está dirigido al este, el barco se mueve hacia el este, y si está dirigido al oeste, el barco se mueve hacia el oeste. Este movimiento no proviene del barco mismo sino del viento o del vapor.

De igual manera, todas las acciones del ser humano están sustentadas por el poder de la asistencia divina, pero la elección del bien o del mal le pertenece solo a él. Es como cuando un rey nombra a una persona gobernador de una ciudad, le otorga plena autoridad y le indica lo que es justo y lo que es injusto de acuerdo a la ley. Si el gobernador cometiese injusticia, pese a actuar por el poder y la autoridad del rey, este no perdonaría su injusticia. Y si el gobernador actuase con justicia, esto también sería por la autoridad real, y el rey estaría complacido y satisfecho con su justicia.

Lo que queremos señalar es que la elección entre el bien y el mal le corresponde al individuo, pero, en todas las circunstancias, este depende de la ayuda vital de la Divina Providencia. La soberanía de Dios es realmente grande, y todos están cautivos en manos de Su poder. El siervo no puede hacer nada por propia voluntad únicamente: Dios es todopoderoso y omnipotente, y confiere Su ayuda a toda la creación.

Esta cuestión se ha explicado y elucidado claramente.