Contestación a unas preguntas

77. El castigo de los criminales

Pregunta: ¿Se debería castigar a un criminal, o se le debería perdonar y pasar por alto su crimen?

Respuesta: Hay dos clases de acciones punitivas: una es la venganza y la represalia, y la otra, el castigo y la compensación. Un individuo no tiene derecho a cobrar venganza, pero el Estado tiene derecho a castigar al criminal. El objetivo de este castigo es desalentar y disuadir a otros de cometer crímenes semejantes. Es para la protección de los derechos humanos y no constituye venganza, pues la venganza es la satisfacción interior que resulta de devolver igual por igual. Esto no es permisible, pues a nadie le es dado el derecho de cobrar venganza. Sin embargo, si a los criminales se les abandonara a su suerte, se alteraría el orden del mundo. Así, al tiempo que el castigo es uno de los requisitos esenciales del Estado, la parte agraviada y perjudicada no tiene derecho a cobrar venganza. Por el contrario, debe mostrar perdón y magnanimidad, ya que esto es lo que corresponde al mundo de la humanidad.

No obstante, el Estado debe castigar al agresor, al homicida y al asaltante, a fin de desalentar y disuadir a otros de cometer delitos similares. Lo esencial, sin embargo, es educar a las masas de tal modo que, para empezar, no se cometan delitos; pues un pueblo se puede educar hasta tal punto que rehúya por completo todo delito y, en realidad, considere el delito mismo como la mayor de las penas y el más doloroso de los tormentos y castigos. Así, desde un principio, no ocurrirían delitos que requirieran castigos.

Debemos hablar solamente de lo que es posible en la práctica en el mundo. Lo cierto es que hay una abundancia de ideales y sentimientos elevados que no se pueden poner en práctica. Por lo tanto, debemos limitarnos a lo que es factible.

Por ejemplo, si alguien hace daño, agravia y ataca a otro, y este se desquita de la misma manera, esto constituye venganza y es censurable. Si Pedro mata al hijo de Pablo, Pablo no tiene derecho a matar al hijo de Pedro. Si lo hiciera, sería un acto de venganza, y censurable en extremo. Más bien, debe actuar de manera opuesta y mostrar perdón y, de ser posible, prestarle incluso alguna ayuda a su agresor. Esto es, en verdad, lo digno del ser humano; pues, ¿qué gana uno con la venganza? Las dos acciones son de hecho iguales: si una es reprobable, también lo es la otra. La única diferencia es que una precedió a la otra.

Sin embargo, el Estado tiene derecho a preservar y proteger. No guarda resentimiento ni abriga enemistad hacia el homicida, pero decide encarcelarlo o castigarlo únicamente para asegurar la protección de otros. La finalidad no es la venganza, sino un castigo a través del cual se proteja a la sociedad. De otra forma, si tanto los sucesores de la víctima como la comunidad perdonasen y devolviesen bien por mal, los malhechores nunca cesarían su ataque y a cada momento se produciría un homicidio; es más, individuos sanguinarios, como lobos, destruirían totalmente al rebaño de Dios. El Estado no actúa motivado por la mala voluntad al aplicar el castigo; actúa sin prejuicio y no busca complacer su sentimiento de venganza: al imponer el castigo, su finalidad es resguardar a los demás e impedir en el futuro la comisión de actos tan viles.

Así, cuando Cristo dijo: «Al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra», el propósito era educar a las gentes; no insinuar que uno debe ayudar a un lobo que se ha abalanzado sobre un rebaño de ovejas y está decidido a devorarlas a todas. Al contrario, si Cristo hubiera sabido que un lobo había entrado en el redil e iba a aniquilar a las ovejas, ciertamente lo habría impedido.

De la misma manera que el perdón es uno de los atributos de la misericordia de Dios, la justicia es uno de los atributos de Su señorío. El pabellón de la existencia se apoya sobre el pilar de la justicia y no del perdón, y la vida de la humanidad depende de la justicia y no del perdón. Por tanto, si fuera a promulgarse un decreto de amnistía en todos los países, el mundo entero se vería sumido en la confusión, y los cimientos de la vida humana quedarían destrozados. Asimismo, si las potencias de Europa no hubiesen resistido al tristemente célebre Atila, no habría dejado a ningún alma con vida.

Algunos humanos son como lobos sanguinarios: si no vieran por delante algún castigo, matarían a otros solo por propio placer y entretenimiento. Uno de los tiranos de Persia mató a su mentor por pura diversión. Mutawakkil, el famoso califa abasí, solía convocar a sus ministros, representantes y fiduciarios a su presencia, mandaba soltar en medio de ellos una caja llena de escorpiones y, tras prohibirles moverse, estallaba en carcajadas cada vez que uno recibía una picadura.

En resumen, el correcto funcionamiento del Estado depende de la justicia y no del perdón. Así, lo que Cristo quería decir con perdón y magnanimidad no es que, si otra nación os atacara, quemara vuestros hogares, saqueara vuestros bienes, agrediera a vuestras mujeres, hijos y familia, y violara vuestro honor, deberíais someteros a esa hueste tiránica y permitirles que llevaran a cabo cualquier clase de iniquidad y opresión. Antes bien, las palabras de Cristo se refieren al trato privado entre dos personas, estableciendo que si una ataca a la otra, la parte perjudicada debe perdonar. Pero el Estado debe proteger los derechos de las personas. Por tanto, si alguien fuese a atacarme, perjudicarme, oprimirme y herirme, de ninguna manera le haría frente, sino que le mostraría perdón. Pero si alguien fuese a atacar a Siyyid Manshádí, aquí presente, por supuesto que se lo impediría. Aunque la no interferencia le parecería bondad al atacante, sería pura opresión hacia Manshádí. De igual modo, si un árabe cruel entrara ahora en la habitación blandiendo una espada y dispuesto a agredirte, herirte o matarte, por supuesto que yo se lo impediría. Si te dejase a merced de ese hombre, eso sería opresión, no justicia. Pero si me dañara a mí, se lo perdonaría.

Un último punto: el Estado está ocupado día y noche en idear leyes penales y proporcionar medios y maneras de castigar. Construye cárceles, adquiere cadenas y grilletes, y dispone lugares de exilio y destierro, de tormento y privación, tratando con ello de reformar al criminal, cuando en realidad eso solo acarrea el deterioro de las costumbres y la corrupción del carácter. En lugar de esto, el Estado debería afanarse día y noche en realizar todos los esfuerzos por asegurar que las almas sean debidamente educadas, progresen a diario, avancen en las ciencias y el conocimiento, adquieran virtudes meritorias y modales loables, y que abandonen comportamientos violentos, a fin de que nunca tengan lugar los delitos. En la actualidad, prevalece lo contrario: el Estado está continuamente intentando fortalecer las leyes penales y disponer medios de castigo, instrumentos de muerte y punición, y lugares de encarcelamiento y exilio, y esperando luego a que se cometan delitos. Esto tiene un efecto sumamente dañino.

Pero si se educara a las masas de modo que día a día aumentaran el conocimiento y el saber, se ampliara el entendimiento, se refinaran las percepciones, se rectificaran las costumbres y se transformaran los modales; en resumen, si se progresara con respecto a todos los niveles de la perfección, se reduciría la comisión de delitos.

La experiencia demuestra que los delitos son menos frecuentes en los países civilizados; es decir, entre aquellos que han logrado una civilización verdadera. Y la verdadera civilización es la civilización divina, la civilización de aquellos que combinan las perfecciones materiales con las espirituales. Puesto que la ignorancia es la causa fundamental del delito, cuanto más avancen el conocimiento y el saber, menos delitos se cometerán. Considera las tribus anárquicas de África: ¡cuántas veces se matan entre sí, e incluso ingieren el cuerpo mismo de sus adversarios! ¿Por qué no ocurren semejantes barbaries en Suiza? Claramente, la razón de ello es la educación y la virtud.

Por tanto, el Estado debe, primero, intentar impedir que se cometan delitos, en lugar de idear penas y castigos rigurosos.