Contestación a unas preguntas

78. Las huelgas

Has preguntado acerca de las huelgas. A raíz de esto se han producido y continuarán produciéndose grandes dificultades. El origen de estas dificultades es doble: uno es la excesiva avaricia y rapacidad de los propietarios de las industrias y, el otro, las demandas injustificadas, la codicia y la intransigencia de los trabajadores. Por tanto, se debe intentar abordar ambas cuestiones.

Veamos: la causa radical de esas dificultades estriba en la ley de la naturaleza que rige la civilización actual, ya que da como resultado que un puñado de gente acumule inmensas fortunas que exceden en mucho sus necesidades, en tanto que la gran mayoría permanece en la indigencia, el desamparo y la indefensión. Esto es, a la vez, contrario a la justicia, a la humanidad y a la equidad; es la mayor iniquidad y va en contra del beneplácito del Todomisericordioso.

Esta disparidad se limita a la raza humana; entre otras criaturas, es decir, entre los animales, prevalece cierta especie de justicia e igualdad. Así, hay igualdad en el seno de un rebaño de ovejas, o de una manada de ciervos en el monte, o entre las aves cantoras que habitan en las montañas, las llanuras y los huertos. Los animales de todas las especies disfrutan de cierta medida de igualdad y no difieren mucho unos de otros respecto de sus medios de existencia y, por tanto, viven en perfecta paz y alegría.

Es muy distinto el caso de la raza humana, donde uno encuentra la mayor opresión e injusticia. Así, por un lado, puedes observar a una sola persona que ha amasado una fortuna, ha convertido un país entero en su propia colonia, ha obtenido una inmensa riqueza y se ha asegurado una corriente incesante de ganancias y beneficios y, por otro lado, a cientos de miles de almas indefensas, débiles, imposibilitadas, y que no tienen ni siquiera un mendrugo de pan. Observa cómo, en consecuencia, la paz y la felicidad general se han vuelto tan exiguas, y el bienestar de la humanidad ha mermado hasta tal punto que las vidas de una inmensa multitud de personas han resultado infructuosas. Pues toda la riqueza, el poder, el comercio y la industria están concentrados en manos de unos cuantos individuos, mientras que otros laboran bajo el peso de interminables fatigas y dificultades, están privados de ventajas y beneficios, y permanecen desprovistos de comodidad y paz. Por lo tanto, deben promulgarse leyes y reglamentos que moderen las fortunas excesivas de esos pocos y satisfagan las necesidades básicas de la miríada de millones de pobres, de modo que se logre cierto grado de moderación.

Sin embargo, la igualdad absoluta es asimismo insostenible, pues la igualdad completa en la riqueza, el poder, el comercio, la agricultura y la industria desembocaría en el caos y el desorden, alteraría los medios de vida de las personas, provocaría descontento universal y socavaría la gestión ordenada de los asuntos de la comunidad, de modo que la igualdad injustificada también está plagada de peligros. Así pues, es preferible que se logre cierto grado de moderación; y con moderación se quiere decir la promulgación de leyes y normas que impidan la injustificada concentración de riqueza en manos de unos pocos y satisfagan las necesidades básicas de la mayoría. Por ejemplo, los propietarios de las fábricas obtienen fortunas cada día, pero el salario que reciben los pobres trabajadores ni siquiera cubre sus necesidades diarias: esto es sobremanera injusto, y sin duda ninguna persona ecuánime puede aceptarlo. Por lo tanto, debieran promulgarse leyes y normas que les garanticen a los trabajadores un salario diario, así como una participación en una cuarta o quinta parte de las ganancias de la fábrica, de acuerdo con las posibilidades de esta, o que permita a los trabajadores participar equitativamente de los beneficios de alguna otra forma, junto con los propietarios. Pues el capital y la gestión provienen de estos, y el esfuerzo y el trabajo, de aquellos. A los trabajadores podría garantizárseles un salario que cubriera de manera suficiente sus necesidades diarias, así como el derecho a una participación en los ingresos de la fábrica cuando estén lesionados, incapacitados o no puedan trabajar, o bien podría fijarse un salario que permitiera a los trabajadores satisfacer sus necesidades diarias y ahorrar un poco para tiempos de debilidad o incapacidad.

Si los asuntos se dispusieran de esta manera, los propietarios no amasarían diariamente una fortuna que no les sirve de nada —ya que, si la fortuna de uno crece de manera desmesurada, siente el peso de una abrumadora carga, se ve sujeto a dificultades y problemas extremos, y le resulta muy difícil y físicamente debilitador administrar fortuna tan excesiva— ni tampoco los trabajadores tendrían que soportar tantos esfuerzos y privaciones que los incapacitaran y, al final de la vida, los hicieran víctimas de la mayor indigencia.

Por lo tanto, queda claramente establecido que la apropiación de excesiva riqueza por parte de unos cuantos individuos, a pesar de las necesidades de las masas, es arbitraria e injusta, y que, a la inversa, la absoluta igualdad también trastocaría la existencia, el bienestar, la comodidad, la paz y la vida ordenada de la raza humana. Siendo ese el caso, la mejor opción es, pues, buscar la moderación que, para los ricos, supone reconocer las ventajas de la mesura en la adquisición de ganancias y mostrar consideración por el bienestar de los pobres y los necesitados, es decir, fijar un salario diario para los trabajadores y asignarles también una parte del total de los beneficios de la fábrica.

Resumiendo, en lo que se refiere a los derechos mutuos de los propietarios y los trabajadores, deben promulgarse leyes que permitan a los primeros adquirir ganancias razonables y proporcionar a los segundos los medios para vivir en el presente y cubrir sus necesidades futuras, de modo que, si quedan incapacitados, envejecen, o fallecen y dejan huérfanos a hijos pequeños, ni ellos ni sus hijos padezcan extrema pobreza, sino que reciban una pensión modesta de las ganancias de la propia fábrica.

Por su parte, los trabajadores no deberían hacer demandas excesivas, ser porfiados, pedir más de lo que merecen ni ir a la huelga. Deberían obedecer y cumplir, y no exigir salarios exorbitantes. Los derechos equitativos y mutuos de ambas partes deberían fijarse y establecerse en conformidad con las leyes de la justicia y la compasión, y cualquiera de las partes que los violara debería ser condenada después de una audiencia imparcial, y someterse al veredicto definitivo dictado por la rama ejecutiva, de modo que se ordenen correctamente todos los asuntos y se resuelvan adecuadamente todos los problemas.

Debe garantizarse plenamente la intervención del gobierno y de los tribunales en los problemas que surjan entre los propietarios y los trabajadores, ya que no se trata de cuestiones particulares, como lo son las transacciones normales entre dos personas, que no atañen al público y en las que el gobierno no tiene ningún derecho a interferir. Puesto que los problemas entre propietarios y trabajadores, aunque aparenten ser un asunto privado, son perjudiciales para el bien común, ya que los asuntos comerciales, industriales y agrícolas, e incluso el quehacer general de la nación, están todos íntimamente ligados entre sí: el perjuicio de uno significa la pérdida de todos. Y dado que los problemas entre los propietarios y los trabajadores son perjudiciales para el bien común, el gobierno y los tribunales tienen, por tanto, derecho a intervenir.

Incluso en el caso de diferencias que surgen entre dos personas respecto de derechos particulares, se requiere de una tercera parte, a saber, el gobierno, para resolver la disputa. ¿Cómo, entonces, pueden desatenderse las huelgas, que trastornan totalmente al país, ya sea que se produzcan a raíz de las demandas desmesuradas de los trabajadores o de la excesiva avaricia de los propietarios de las fábricas?

¡Por Dios! ¿Cómo puede uno ver a sus semejantes hambrientos, indigentes y desposeídos y, con todo, vivir en paz y cómodamente en una espléndida mansión? ¿Cómo se puede ver a otros en la mayor necesidad y, a pesar de ello, gozar de la fortuna propia? Por eso, en todas las religiones divinas se ha decretado que los pudientes aporten anualmente una parte de su riqueza para el sustento de los pobres y la ayuda a los necesitados. Este es uno de los fundamentos de la religión de Dios y es un mandamiento que todos deben seguir. Y, puesto que, a este respecto, uno no está forzado desde afuera ni obligado por el gobierno, sino que ayuda a los pobres movido por el corazón y con espíritu alegre y radiante, semejante acción es altamente loable, aceptable y grata.

Este es el significado de las buenas acciones mencionadas en los escritos y libros sagrados.