Contestación a unas preguntas

81. La reencarnación

Pregunta: ¿Qué puede decirse acerca de la reencarnación, que es una creencia que defienden los seguidores de ciertas religiones?

Respuesta: Nuestro propósito en lo que vamos a decir es expresar la verdad y no denigrar las creencias de otros; es meramente explicar la realidad y nada más. Por lo demás, ni nos sentimos inclinados a rebatir las creencias profundas de nadie ni aprobamos semejante conducta.

Has de saber, entonces, que los que creen en la reencarnación son de dos clases. Los primeros no creen en las recompensas y castigos espirituales del mundo venidero. Sostienen, en cambio, que la persona recibe su castigo o recompensa mediante la reencarnación y retorno a este mundo; consideran que el cielo y el infierno están limitados a este dominio material; y no creen en el mundo del más allá. Este grupo se divide a su vez en dos: un sector sostiene que, como castigo severo, el ser humano puede en ocasiones asumir la forma de un animal al volver a este mundo y que, después de soportar este doloroso tormento, pasa del reino animal al mundo humano; y a esto lo denominan transmigración. El otro sector sostiene que el hombre vuelve al mismo mundo humano de donde partió, y que las recompensas y castigos de la vida anterior los experimenta a su regreso, y a esto lo llaman reencarnación. Ninguno de estos dos sectores cree en un mundo más allá de este.

El segundo grupo de defensores de la reencarnación cree en la existencia del mundo venidero y ve la reencarnación como el medio para perfeccionarse, por cuanto la persona adquiere perfecciones partiendo de este mundo y volviendo de nuevo a él, hasta alcanzar la cima de la perfección. Es decir, el ser humano está compuesto de materia y energía: al principio, o en el primer ciclo, la materia es imperfecta pero, tras volver repetidamente a este mundo, progresa y adquiere refinamiento y delicadeza hasta llegar a ser como un espejo bruñido; y, entonces, la energía, que consiste en el espíritu, se hace plenamente efectiva dentro de él, con todas sus perfecciones.

Esta es una breve descripción de las creencias de los defensores de la reencarnación y la transmigración. Si entrásemos en los detalles, se perdería mucho tiempo, de modo que basta con este resumen. Estas personas no tienen pruebas o argumentos racionales a favor de su creencia, que se basa en meras conjeturas e inferencias circunstanciales, y no en pruebas concluyentes. Lo que se debe pedir a los que creen en la reencarnación son pruebas, no inferencias, conjeturas o presentimientos.

Pero me has pedido pruebas y argumentos respecto de la imposibilidad de la reencarnación, y por tanto hemos de explicar las razones de su imposibilidad. La primera prueba es que lo exterior es la expresión de lo interior; el dominio terrenal es el espejo del reino celestial; y el mundo material está en consonancia con el mundo espiritual. Ahora, observa que, en el mundo perceptible, las muestras de la Divinidad no se repiten, pues ninguna cosa creada puede ser idéntica a otra en todos los sentidos. La señal de la Unidad Divina está presente y es visible en todas las cosas. Si todos los graneros del mundo se llenaran de trigo, te sería muy difícil encontrar dos granos que fuesen absolutamente idénticos e indistinguibles en todos los aspectos: debe haber forzosamente alguna diferencia o distinción entre ellos. Pues bien, dado que la prueba de la Unidad Divina existe dentro de todas las cosas, y la unicidad y singularidad de Dios es visible en las realidades de todas las cosas, la recurrencia de la misma señal divina es totalmente imposible. Por tanto, la reencarnación, que es la manifestación repetida en este mundo del mismo espíritu con su esencia y condiciones anteriores, supondría exactamente la misma señal, lo cual es imposible. Y, puesto que la recurrencia de la misma señal divina es imposible para las cosas materiales, la repetida adopción de la misma posición, ya sea en el arco de descenso o en el arco de ascenso, es asimismo imposible para los seres espirituales, pues el mundo material se corresponde con el mundo espiritual.

Sin embargo, con respecto a las especies, el retorno y la recurrencia son claramente visibles en las realidades materiales; es decir, los árboles que durante años han producido hojas, flores y frutos producirán las mismas hojas, flores y frutos en años venideros. Esto se llama recurrencia de las especies. Si alguien alegara que la hoja, la flor y el fruto se han descompuesto, han descendido del mundo vegetal al mundo mineral, y han regresado de nuevo a aquel, y que por tanto ha habido una recurrencia, responderíamos que la flor, la hoja y el fruto del año anterior se descompusieron, y que sus elementos constituyentes se desintegraron y dispersaron. No es que las mismas partículas de la hoja y el fruto del año anterior que se habían descompuesto se hayan vuelto a combinar y hayan regresado, sino que la esencia de la especie ha retornado a través de la combinación de nuevos elementos. De la misma manera, el cuerpo humano se desintegra completamente después de la descomposición y dispersión de sus partes constitutivas. Si este cuerpo regresara del mundo mineral o vegetal, no tendría exactamente los mismos constituyentes que la persona anterior, pues sus elementos se descompusieron, desintegraron y dispersaron en el espacio. Después, otros elementos constitutivos se combinaron y se formó otro cuerpo. Y, si bien puede ser el caso que ciertos constituyentes de aquel cuerpo entraran en la composición de este, aquellos constituyentes no se han conservado de forma exacta y completa sin añadidura ni disminución, para de nuevo componerse y dar origen a otro individuo mediante su composición y combinación. Por tanto, no puede deducirse que este cuerpo ha regresado con todas sus partes constitutivas; que aquel individuo se ha convertido en este; y que, por tanto, ha tenido lugar una recurrencia, que ha regresado ese mismo espíritu, igual que el cuerpo, y que, tras morir, ha vuelto a alcanzar este mundo.

Y, si afirmásemos que el propósito de la reencarnación es lograr la perfección, de modo que la materia adquiera más pureza y refinamiento y se refleje en ella la luz del espíritu con la máxima perfección, eso también sería pura imaginación. Pues, aun si aceptásemos esa suposición, la renovación de la existencia de un objeto no puede producir la transformación de su esencia. Ya que, con el regreso, la substancia de la imperfección no se convertirá en la realidad de la perfección; la oscuridad total no llegará a ser una fuente de luz; la deplorable debilidad no se convertirá en fuerza y poder, y una esencia terrenal no llegará a ser una realidad celestial. Por muchas veces que regrese, el árbol infernal jamás producirá un fruto dulce, ni el árbol bueno producirá uno amargo. Es claro, entonces, que la recurrencia y el retorno al mundo material no constituyen el medio de alcanzar la perfección, y que esta suposición no se basa en ninguna prueba ni evidencia; es simplemente una conjetura. Al contrario, el logro de la perfección depende, en realidad, de la gracia de Dios.

Los teósofos creen que la persona regresará una y otra vez por el arco de ascenso hasta que llegue al Centro Supremo, donde la materia llega a ser como un espejo inmaculado, la luz del espíritu resplandece en la plenitud de su fuerza, y se alcanza la perfección esencial. Sin embargo, quienes han investigado a fondo las cuestiones del espíritu saben con certeza que los mundos materiales culminan al final del arco de descenso; que la posición que ocupa el ser humano está al final del arco de descenso y al comienzo del arco de ascenso, en el polo opuesto al Centro Supremo; y que, desde el comienzo hasta el final del arco de ascenso, los niveles de progreso son de naturaleza espiritual. El arco de descenso se denomina el de la «generación» y el arco de ascenso, el de la «nueva creación». El arco de descenso termina en las realidades materiales, y el arco de ascenso, en las realidades espirituales. Al trazar un círculo, el punto del compás no invierte su movimiento, ya que eso sería contrario al movimiento natural y al orden divino, y alteraría la regularidad del círculo.

Además, este mundo material no tiene tanto valor ni beneficio que uno que se haya liberado de su jaula quiera dejarse atrapar de nuevo en sus redes. Al contrario: mediante la gracia eterna de Dios, la verdadera capacidad y receptividad de la realidad humana se hace clara y manifiesta al atravesar los grados de la existencia, y no por medio de la recurrencia y el retorno. Basta con abrir la concha una sola vez para ver si esconde una perla reluciente o bien materia sin valor. Basta que la planta crezca una sola vez para ver si da flores o espinas: no es necesario que crezca de nuevo. Aparte de esto, caminar y avanzar a través de los mundos en una dirección y de acuerdo con el orden natural es la causa de la existencia, y desplazarse a contracorriente del orden natural y la disposición de las cosas es la causa de la extinción. El retorno del espíritu después de la muerte es incompatible con el movimiento natural, y contrario al orden divino.

Por tanto, no es posible en modo alguno llegar a la existencia mediante el retorno: es como si el ser humano, después de ser liberado del mundo de la matriz, tuviera que regresar a él. ¡Observa lo infundadas que son las concepciones de los que creen en la reencarnación y en la transmigración! Consideran el cuerpo como un recipiente y el espíritu como su contenido, como el agua y el vaso, y que el agua se vacía de un vaso y se vierte en otro. Esta es realmente una noción infantil: no reflexionan con suficiente profundidad para darse cuenta de que el espíritu es algo absolutamente incorpóreo, que no entra ni sale y que, a lo sumo, está conectado con el cuerpo como el Sol lo está con el espejo. Si el espíritu pudiese en efecto atravesar todos los grados y alcanzar la perfección esencial mediante el retorno repetido al mundo material, habría sido mejor que Dios hubiese prolongado la vida del espíritu en este mundo material a fin de que adquiriese virtudes y perfecciones y, en consecuencia, no tendría necesidad de probar la copa de la muerte para entrar en esta vida por segunda vez.

Esta idea tiene su origen en el hecho de que algunos creyentes en la reencarnación imaginan que la existencia está limitada a este mundo fugaz y niegan que haya otros mundos de Dios, cuando, en realidad, son infinitos. Si los mundos de Dios culminaran en este mundo material, toda la creación carecería de sentido, y la existencia misma sería un juego de niños. Pues el resultado último de este universo sin fin, la nobilísima realidad del hombre, iría de un lado a otro durante unos cuantos días en esta morada efímera, para recibir sus recompensas y castigos. Al final, todos llegarían a la perfección, la creación de Dios con sus infinitos seres quedaría completa y consumada y, por ende, la Divinidad del Señor y los nombres y atributos de Dios cesarían de tener efecto e influencia alguna sobre los seres espirituales que ahora existen. «¡Lejos está de la gloria de tu Señor, el Todoglorioso, lo que Sus criaturas afirman acerca de Él!».

Las mentes limitadas de los filósofos de la antigüedad, como Ptolomeo y otros, sostenían que el reino de la vida y la existencia estaba limitado a este globo terráqueo, e imaginaban que este espacio infinito se hallaba contenido dentro de las nueve esferas celestes, todas las cuales estaban desiertas y vacías. ¡Fíjate qué estrechos eran sus pensamientos, y cuán deficiente su razonamiento! Los que creen en la reencarnación imaginan, igualmente, que los mundos espirituales están limitados a los dominios que la mente humana es capaz de concebir. Algunos de ellos, como los drusos y los nusairíes, llegan a imaginar que la existencia está limitada a este mundo material. ¡Qué suposición más ignorante es esta! Pues en este universo de Dios, que muestra la mayor perfección, belleza y grandeza, los cuerpos luminosos del universo material son infinitos. ¡Detente a deducir lo infinitos e ilimitados que deben ser los dominios espirituales de Dios, que constituyen los fundamentos mismos! «¡Prestad atención, oh gentes de perspicacia!».

Pero volvamos a nuestro tema original. En los libros santos y las escrituras sagradas se menciona un «retorno», pero los ignorantes no han logrado comprender sus significados y han imaginado que se refiere a la reencarnación. Pues lo que los Profetas de Dios han querido decir con «retorno» no es el retorno de la esencia, sino de los atributos; no es el retorno de la Manifestación misma, sino de Sus perfecciones. En el Evangelio se dice que Juan, el hijo de Zacarías, es Elías. Estas palabras no significan el retorno del alma racional y la personalidad de Elías en el cuerpo de Juan sino, más bien, que las perfecciones y atributos de Elías se hicieron claras y manifiestas en aquel.

Anoche se encendió una lámpara en esta habitación; cuando se enciende otra lámpara esta noche, decimos que de nuevo brilla la luz de anoche. Cuando el agua que ha dejado de manar de una fuente vuelve a manar, decimos que es la misma agua que fluye de nuevo; o decimos que esta luz es la misma que la anterior. Asimismo, durante la primavera pasada brotaron flores y hierbas fragantes, y se produjeron frutos deliciosos; el año que viene diremos que han vuelto esos frutos deliciosos y esos capullos, flores y hierbas fragantes. No es que los mismos elementos constitutivos de las flores del año pasado se hayan vuelto a combinar y hayan retornado, después de descomponerse. En absoluto; lo que queremos decir es que la misma frescura y delicadeza, el mismo grato perfume y maravilloso color que caracterizaban a las flores del año pasado se encuentran exactamente en las flores de este año. En resumen, lo relevante es la semejanza y similitud entre aquellas flores y estas. Este es el «retorno» que se menciona en las escrituras sagradas. Bahá’u’lláh lo explica perfectamente en el Libro de la Certeza: remítete a él para informarte de la verdad de los misterios divinos. Contigo sean mis saludos y mi alabanza.