Contestación a unas preguntas

82. La unidad de la existencia

Pregunta: ¿Cuál es la naturaleza de la «unidad de la existencia» propugnada por los teósofos y los sufíes, y qué quieren decir con ello en realidad? ¿Esta creencia es verdadera o no?

Respuesta: Has de saber que la idea de la unidad de la existencia es antigua y no se limita a los teósofos y sufíes únicamente. En efecto, fue adoptada por algunos de los filósofos griegos, como Aristóteles, que decían: «La Realidad elemental es todas las cosas, pero no es ninguna de ellas en particular». Aquí, «elemental» se contrapone a «compuesto»; es decir que esa Realidad única, que está totalmente por encima de toda composición y división, ha tomado innumerables formas. Así, la Existencia real es todas las cosas, pero no es ninguna de ellas en particular.

Los que propugnan la unidad de la existencia sostienen que la Existencia real es como el mar, y que todas las cosas creadas son como sus olas. Estas olas, que significan las cosas creadas, son las innumerables formas que asume esa Existencia real. En consecuencia, esa Realidad santificada es el mar preexistente, y las incontables formas de las cosas creadas son las olas que genera.

Asimismo, comparan esto con el Uno y la infinidad de números, por cuanto aquel se ha manifestado en los grados de estos, ya que los números son repeticiones del Uno. Así, el dos es la repetición de uno, y así sucesivamente con los demás números.

Una de las pruebas que aducen es esta: Todas las cosas creadas son objetos del conocimiento divino, y no puede tener lugar ningún conocimiento sin objetos de conocimiento, pues el conocimiento está relacionado con algo que existe, no con algo inexistente. En efecto, ¿cómo puede la inexistencia absoluta obtener especificación e individuación en el espejo del conocimiento? De ahí que las realidades de todas las cosas creadas, que son los objetos del conocimiento del Altísimo, tenían una existencia inteligible, pues eran las formas del conocimiento divino, y que son preexistentes, puesto que el conocimiento divino es preexistente. En la medida en que el conocimiento es preexistente, también deben serlo sus objetos. Y las especificaciones e individuaciones de las cosas creadas, que son los objetos del conocimiento preexistente de la Esencia Divina, son idénticas al conocimiento divino en sí. La razón de ello es que la realidad, el conocimiento y los objetos del conocimiento del Ser Divino deben tener lugar en un estado de absoluta unidad. De otro modo, la Esencia Divina llegaría a ser la sede de múltiples fenómenos, y se haría necesaria una pluralidad de preexistencias, lo cual es absurdo.

De esta forma, razonan ellos, queda establecido que los objetos del conocimiento son idénticos al conocimiento mismo, y que el conocimiento es, a su vez, idéntico a la Esencia, lo cual es como decir que el conocedor, el conocimiento y los objetos del conocimiento son una sola realidad. Cualquier otra concepción llevaría necesariamente a una pluralidad de preexistencias y a una infinita regresión y, efectivamente, a innumerables preexistencias. Y, puesto que las individuaciones y especificaciones de las cosas creadas en el conocimiento de Dios eran idénticas a Su Esencia y completamente indistinguibles de ella, prevalecía la unidad verdadera, y todos los objetos del conocimiento estaban comprendidos e incorporados, de una manera no compuesta ni dividida, en la realidad de la Esencia Divina. En otras palabras, eran, de manera no compuesta ni dividida, los objetos del conocimiento del Altísimo, e idénticos a Su Esencia. Y, mediante la aparición de Dios en forma de manifestación, esas individuaciones y especificaciones, que tenían una existencia inteligible, es decir que eran las formas del conocimiento divino, encontraron existencia efectiva en el mundo exterior y, así, esa Existencia real tomó innumerables formas. Esta es la base de su argumentación.

Los teósofos y los sufíes incluyen dos grupos. Un grupo consiste en la mayoría de ellos, que creen en la unidad de la existencia por mera imitación, y no han captado el verdadero propósito de las enseñanzas de sus renombrados líderes. Pues la generalidad de los sufíes entienden por «Existencia» esa existencia común concebida por la mente y el intelecto del ser humano; es decir, la que este puede comprender.

Sin embargo, esta existencia común es solo un accidente entre otros que son ineludibles en las realidades de las cosas creadas, mientras que las esencias de los seres son la substancia. Esta existencia accidental, que depende de las cosas de la misma manera que las propiedades de las cosas dependen de ellas, no es sino un accidente entre muchos otros.

Ahora bien, la substancia es sin duda superior al accidente, ya que la substancia es primaria, y el accidente, secundario; la substancia subsiste por sí misma, en tanto que el accidente subsiste por medio de otra cosa; es decir, necesita de una substancia por medio de la cual pueda subsistir.

En este caso, Dios sería secundario respecto de Su creación y necesitaría de esta, y la creación podría prescindir completamente de Él.

Para ofrecer mayor ilustración, cada vez que elementos independientes se combinan conforme al orden universal divino, aparece determinado ser en el mundo de la existencia. Es decir, cuando se combinan ciertos elementos, se produce una existencia vegetal; cuando se combinan otros, se produce una existencia animal; y cuando se combinan otros, se generan otras cosas. En cada caso, la existencia de las cosas es una consecuencia de sus realidades. ¿Cómo podría semejante existencia, que es un accidente entre otros y que requiere una substancia a través de la que subsistir, ser preexistente en esencia y la Creadora de todas las cosas?

Pero los verdaderos sabios entre los teósofos y los sufíes, después de reflexionar a fondo sobre esta materia, han concluido que hay dos clases de existencia. Una clase es la existencia corriente que concibe la mente del ser humano. Esta existencia tiene un origen y es un accidente entre otros, en tanto que las realidades de las cosas son las substancias. Pero lo que quiere decirse con la unidad de la existencia no es esta existencia como comúnmente se percibe, sino esa Existencia real que está absolutamente por encima de cualquier expresión, una Existencia por medio de la cual se hacen realidad todas las cosas. Esta Existencia es única; es ese Ser mediante Quien han llegado a la existencia todas las cosas, como la materia, la energía, y esa existencia corriente que la mente humana concibe. Esta es la verdad que hay detrás de lo que creen los teósofos y los sufíes.

En síntesis, los Profetas y los filósofos concuerdan en un punto, a saber, que la causa por la cual se hacen realidad todas las cosas es una sola. La diferencia radica en que los Profetas enseñan que el conocimiento de Dios no requiere de la existencia de las cosas creadas, en tanto que el conocimiento de las criaturas requiere de la existencia de objetos del conocimiento. Si el conocimiento divino necesitara de cualquier otra cosa, entonces sería igual al conocimiento de las criaturas y no al de Dios, pues el Ser Preexistente no tiene equiparación con lo generado, y lo generado es lo opuesto al Ser Preexistente. Aquello que afirmamos de la creación, en el sentido de que es uno de los requisitos de la generación, lo negamos respecto de Dios, pues el estar totalmente por encima y más allá de toda imperfección es una de las características del Ser Necesario.

Por ejemplo, en lo generado vemos ignorancia; en lo Preexistente, reconocemos el conocimiento. En lo generado vemos debilidad; en lo Preexistente, reconocemos la fuerza. En lo generado vemos pobreza; en lo Preexistente, reconocemos la riqueza. De ahí que lo generado sea fuente de todas las imperfecciones, y lo Preexistente sea el conjunto de todas las perfecciones. Y dado que el conocimiento de lo generado requiere objetos del conocimiento, el conocimiento de lo Preexistente debe ser independiente de la existencia de estos. En consecuencia, las especificaciones e individuaciones de las cosas creadas, que son los objetos del conocimiento divino, no son preexistentes. Además, los atributos de la perfección divina no se prestan tanto a los esfuerzos de la mente humana como para permitirnos determinar si el conocimiento divino tiene necesidad de objetos o no.

Resumiendo, lo que se ha mencionado antes es la principal prueba de los sufíes, y si fuésemos a mencionar la totalidad de sus argumentos y responder a ellos, nos tomaría mucho tiempo. No obstante, lo dicho representa la prueba más concluyente y el argumento más claro sobre lo que han propuesto los sabios sufíes y teósofos.

Todos reconocen la Existencia real mediante la cual se hacen realidad todas las cosas, es decir, la realidad de la Esencia Divina por medio de la cual han llegado a existir todas las cosas. La diferencia estriba en el hecho de que los sufíes sostienen que las realidades de todas las cosas son la manifestación del Uno, en tanto que los Profetas dicen que emanan de Él. Y, en efecto, grande es la diferencia entre manifestación y emanación. La aparición mediante manifestación significa que una sola cosa se manifiesta de infinitas formas. Por ejemplo, cuando la semilla —que es una sola cosa dotada de las perfecciones del reino vegetal— se manifiesta, toma las infinitas formas de las ramas, las hojas, las flores y los frutos. Esto se llama aparición por manifestación; mientras que en la aparición por emanación, el Uno permanece trascendente en las alturas de su santidad, y la existencia de las criaturas proviene de Él mediante emanación, no por manifestación. Puede compararse con el Sol: los rayos emanan de él y resplandecen sobre todas las cosas, mas el Sol permanece trascendente en las alturas de su santidad. No desciende; no toma la forma de los rayos; no aparece en la identidad de las cosas mediante especificación ni personificación. El Ser Preexistente no deviene lo generado; la riqueza absoluta no cae presa de la pobreza; la perfección absoluta no se transforma en suma imperfección.

En resumen, los sufíes hablan solo de Dios y la creación, y creen que Dios ha tomado las infinitas formas de Su creación y Se ha manifestado mediante estas, igual que el mar que aparece en las infinitas formas de sus olas. Estas olas generadas e imperfectas son idénticas al Mar preexistente, que es la suma de todas las perfecciones divinas. Los Profetas, sin embargo, sostienen que existe el mundo de Dios, el mundo del Reino y el mundo de la creación: tres cosas. La primera emanación es la efusión de gracia del Reino, que ha emanado de Dios y ha aparecido en las realidades de todas las cosas, al igual que los rayos que emanan del Sol se reflejan en todas las cosas. Y esa gracia —los rayos— aparece de infinitas formas en las realidades de todas las cosas, y se especifica e individualiza de acuerdo con su capacidad, receptividad y esencia. Pero la aseveración de los sufíes requeriría que la riqueza absoluta descendiera hasta la pobreza, que el Ser Preexistente se viera limitado a las formas generadas, y que la quintaesencia misma del poder se reflejara en el espejo de la impotencia y se sometiera a las limitaciones inherentes del mundo contingente. Y esto es un error manifiesto: pues observamos que la realidad del ser humano, que es la más noble de las criaturas, no puede descender hasta la realidad del animal; que la esencia del animal, que está dotado con la facultad de la sensación, no se rebaja al nivel de la planta; y que la realidad de la planta, que es la facultad de crecimiento, no se degrada a la realidad del mineral.

En síntesis, las realidades superiores no descienden ni se rebajan al nivel de las realidades inferiores. ¿Cómo podría, entonces, la Realidad de Dios, que trasciende toda descripción y atributo, pese a su absoluta santidad y pureza, tomar las formas y realidades del mundo contingente, que son el origen mismo de las imperfecciones? Esto es pura fantasía y una conjetura insostenible. Por el contrario, esa Esencia de santidad es la suma de todas las perfecciones divinas y sublimes, y todas las criaturas reciben iluminación mediante Su aparición por emanación, y participan de las luces de Su perfección y belleza celestiales, de la misma manera que todas las criaturas terrenales obtienen la gracia de los rayos del Sol, sin que este descienda ni se rebaje al nivel de las realidades receptoras de esos seres terrenales.

Hemos concluido la cena y, en vista de lo tarde que es, no hay tiempo para más explicaciones.