Contestación a unas preguntas
83. Los cuatro criterios de comprensión
Hay solo cuatro criterios de comprensión aceptados, es decir, cuatro criterios por medio de los cuales se comprenden las realidades de las cosas.
El primer criterio es el de los sentidos; es decir, todo lo que percibe el ojo, el oído, el gusto, el olfato y el tacto se llama «perceptible». Actualmente los filósofos europeos sostienen que este es el criterio más perfecto. Alegan que el mejor de todos los criterios es el de los sentidos y lo consideran sacrosanto. Sin embargo, el criterio de los sentidos es deficiente, pues puede equivocarse. Por ejemplo, el más importante de los sentidos es la vista. Sin embargo, la vista toma un espejismo por agua, y cree que las imágenes reflejadas en los espejos son reales y existentes; ve objetos grandes como si fueran pequeños, un punto que está girando lo percibe como si fuera un círculo; imagina que la Tierra está inmóvil y que el Sol está en movimiento, y está sujeta a muchos otros errores de naturaleza similar. Por lo tanto, uno no puede confiar en ella sin reservas.
El segundo criterio es el del intelecto, que era el principal criterio de comprensión para esos pilares de sabiduría que eran los filósofos de la antigüedad. Deducían las cosas a través del poder de la mente y se apoyaban en argumentos racionales: todos sus argumentos están basados en la razón. Pero, a pesar de ello, discrepaban enormemente en sus opiniones. Hasta cambiaban de opinión ellos mismos: durante veinte años habían deducido la existencia de algo mediante argumentos racionales, y posteriormente refutaban lo mismo, de nuevo mediante argumentos racionales. Incluso Platón probó primero la inmovilidad de la Tierra y el movimiento del Sol mediante argumentos racionales y, más adelante, estableció la centralidad del Sol y el movimiento de la Tierra, de nuevo mediante argumentos racionales. Luego tuvo amplia difusión la teoría ptolemaica, y la teoría de Platón quedó totalmente olvidada hasta que un astrónomo moderno la recuperó. Así han discrepado los matemáticos entre sí, aun cuando todos se han basado en argumentos racionales.
Asimismo, en un momento establecían algo mediante argumentos racionales, y en otro momento lo refutaban, de nuevo con argumentos racionales. Así, un filósofo defendía firmemente un punto de vista durante un tiempo y aducía una serie de pruebas para apoyarlo, y posteriormente cambiaba de opinión y contradecía su postura anterior con argumentos racionales.
Por lo tanto, es evidente que el criterio de la razón es imperfecto, como lo prueban las discrepancias existentes entre los filósofos antiguos, así como su falta de coherencia y su propensión a cambiar de punto de vista. Pues, si el criterio del intelecto fuese perfecto, todos habrían estado unidos en su pensamiento y de acuerdo en sus opiniones.
El tercer criterio es el de la tradición, es decir, el texto de las sagradas escrituras, como cuando se dice «Dios dijo esto en la Torá», o «Dios dijo esto en el Evangelio». Este criterio tampoco es perfecto, ya que las tradiciones deben ser comprendidas por la mente. Y, puesto que la mente misma puede errar, ¿cómo puede decirse que alcanzará la verdad perfecta y no se equivocará en la comprensión y deducción del significado de las tradiciones? Pues está sujeta a errores y no puede llevar a la certeza. Este es el criterio de los dirigentes religiosos. Sin embargo, lo que entienden del texto del Libro es lo que sus mentes pueden comprender, y no necesariamente la verdad de la materia; pues la mente es como una balanza, y los significados contenidos en los textos son como los objetos que se pesan en ella. Si la balanza no es fiel, ¿cómo ha de comprobarse el peso?
Por tanto, has de saber que lo que las gentes creen y tienen como verdad está expuesto a error. Pues, si al probar o refutar una cosa se presenta una prueba obtenida a través de la evidencia de los sentidos, este criterio es claramente imperfecto. Si se aduce una prueba racional, ocurre lo mismo; e igualmente si se presenta una prueba basada en la tradición. Luego queda claro que el ser humano no posee ningún criterio de conocimiento que sea fiable.
No obstante, la gracia del Espíritu Santo es el verdadero criterio respecto del cual no cabe duda ni incertidumbre. Esa gracia consiste en las confirmaciones del Espíritu Santo que le son concedidas al ser humano y mediante las cuales se logra la certeza.
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